jueves, 30 de septiembre de 2010

Libros y heridas


Fue hace algunos años. Escribí un libro con el que pretendía dar sentido y concreción, al menos durante algún tiempo, a cuestiones que venía estudiando desde hacía mucho y que me sentía libre de afrontar en probable perjuicio de otras más regulares y reconocidas, toda vez que de éstas apenas llegaba a obtener ni satisfacción ni reconocimiento alguno, más bien lo contrario. El proyecto se convirtió en urgente necesidad, en terapia de choque, a fin de aliviar el daño que, tras esa elección, me dejó una odiosa y gratuita humillación pública. Fue costoso, pero empeñado en sacar la cabeza, en salir a flote, conseguí mantener el impulso hasta el final. El libro tuvo escasa distribución y alguna crítica sangrante. Aún así pude escribir en primera página del volumen editado, en la dedicatoria a un amigo, algo así como «Ya ves, las heridas que nunca sanan pueden ser milagrosas». Creo ahora que esa conclusión, por poco que valiera y valga como sentencia, resumía mejor que las quinientas páginas el valor de aquel libro.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Galarraga, el médico



En su consulta recibe Benito Galarraga, doctor en Medicina y Cirugía, a su viejo amigo Remigio al que acompaña Fermín, un primo del pueblo aquejado de un extraño y persistente dolor, más que nada para sobrellevar con él el penoso trance médico, ayudarle a hacerse entender y de paso saludar a Beni. Con voz débil y entrecortada cuenta que el mal se le presenta «como una sombra aquí delante, en la caja, como a media altura». Mientras el doctor se prepara para explorar al balbuceante paciente, Remigio se coloca detrás de su primo para ir insuflándole ánimos. De los consejos pasa a calentarle la oreja con encendidos elogios y exageradas alabanzas sobre las muchas y reconocidas dotes y buen hacer de Galarraga, que enfrente resopla molesto a medida que se va poniendo los guantes. En esto entra la enfermera empujando un carrito con un descomunal artefacto del que cuelgan tubos de goma y unos cables. Palidece repentinamente Fermín, da un respingo y retrocede.
—No temas— le serena Remigio, —aquí todo te va a ir como si estuvieras en manos de los ángeles custodios.
Al oírle Galarraga, ya pronto a poner la mano en el paciente, se detiene y se dirige serio hacia Remigio:
—Creo que ya puedes irte tranquilo y cederme su custodia. Pero en lo que haga, bien o mal, respondo sólo de mí, no de esos méritos, que son muy pesadas esas alas que me pones.
Tras despedirse de Remigio como quien emprende un viaje incierto, Fermín se extiende como un cordero sobre la camilla y cierra los ojos. Al momento siente una ráfaga, parece el vuelo inconfundible de San Miguel arcángel, y nota que son sus manos diestras y angelicales las que le palpan y exploran.


martes, 28 de septiembre de 2010

Mínima 23


Corren tiempos en que somos muchos y si no le faltas a nadie, lo más seguro es que sobres.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Poesía china


Carácter Han para poesía
Si he entendido bien a mi profesor de chino Wang Jian, el carácter chino 讠 (1) colocado a la izquierda de otros constituye un radical, que deriva del carácter 言 (2) y lo simplifica. Este último refleja pictográficamente a una palabra saliendo de la boca, que está ahí representada con 口 (3). El significado de讠(1) vendría a ser entonces tanto palabra hablada como hablar. Dicho radical puede ir acompañado del carácter 寺 (4), cuyo origen y significado son bien distintos. En el carácter 寺 (4) destaca como componente inferior 寸 (5), que representaría una mano en actitud de ofrenda, por lo que el primero toma el significado de templo o monasterio. Al combinar los dos caracteres, 讠 (1) y 寺 (4), se obtiene el carácter 诗 (6), con el cual se expresan habitualmente nuestras palabras poesía y poema.
A la vista de todo esto, mirando a su raíz etimológica o ideográfica, la palabra china para poema parece tener su origen remoto en las expresiones proferidas con alguna intención mágica o ritual, o en un marco propicio para ello. Entregarse a partir de aquí a conjeturas y buscar alegremente posibles equivalentes occidentales en palabras como oración, plegaria o conjuro sería con toda seguridad un ejercicio arbitrario. No obstante, resulta intrigante que en sus inicios a la expresión poética china -por lo que sabemos no muy alejada de la oda épica-se le confiera ese carácter ritual e invocador que ha quedado transcrito en el ideograma.

Esta concepción se aleja bastante de la que rige tras nuestra palabra poema, o mejor tras poesía y su raíz etimológica. Sabemos que esta última palabra tiene su origen en la griega ποίησις (poiesis) y que para la sabia Diotima, que habla por boca de Sócrates en el Banquete platónico, la palabra tenía algo de múltiple, al poder ser vista con un prisma natural, social o formal, aunque siempre bajo la inspiración del principio de creación. Ya sea con la asistencia de un engendrador o con la de un artífice, lo que cuenta en la ποίητiκή (poietika) es el acto creador. Eso es lo que se nos ha transmitido con la palabra, algo cercano a la fabricación y a la generación a partir de la nada. Gracias a la herencia griega lo que se define mediante la palabra poética tiene más de acto libre y gratuito de creación expresiva que de testimonio o motivo de celebración ritual.


Nota: Los caracteres o hanji aludidos en el primer párrafo son los que se muestran numerados en la tabla. Para verlos directamente hay que habilitar antes el ordenador para la visualización de los idiomas orientales, en este caso el chino simplificado.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La mano de barniz


—Pero, ¿de quién coño habla este hombre?
—Se supone que de sí mismo.
—Si no para de decir « nos pareció...» y «vimos...».
—Pero a él parece que contarlo así le gusta.
—Sí claro, mientras a los demás nos despista.
—«Mi testimonio sincero y directo» pone aquí.
—Testigo será, pero no hay quien le siga el rastro.
—Bueno, es que a todo le pasa una manita de barniz.
—¿Y no sería mejor que se retratara con su «yo»?
—Lo que pasa es que hay gente que así no se ve favorecida.
—Pues que no escriba memorias, que empiezo a estar harto.
—Sí, ya te veo desde hace días, bien pegado al libro.
—Sí, metido en la pelea con el pegajoso barniz.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Fotogenia


Los fotógrafos advierten de que una pose farruca puede perjudicar seriamente tu saludable imagen a perpetuidad. Pero hay también otras recomendaciones que nadie da y que pueden afectar severamente a tu anhelada proyección de futuro. Ante las cámaras conviene que te quedes con estas dos: La primera, no te busques y evítate sobre todo en falsa armonía; y la segunda, no te ilusiones imaginando ojos cómplices detrás del visor. Por decirlo brevemente, hay gente que en la foto no sale de sí y otros que apenas saben entrar en sí. Cuento entre los primeros, por ejemplo, a aquellos espíritus envarados cuyas rectas convicciones sólo les dan para un gesto, firme por supuesto. Entre los segundos el resultado es más variado y divertido, aunque también los hay patéticos. Sin ir más lejos, el artista que cubre risueño su lujoso diván poniendo cara de exquisito perdedor o la actriz que, aun descabezada, empeña su palmito para ganarse una vida de pantalla.

viernes, 24 de septiembre de 2010

En pasando las furias


Cartel de Le testement d'Orphée
Película de Jean Cocteau (1960)

No quisiera ofender, pero me he sentido bastante ofendido leyendo las innumerables torpezas que ilustran el repertorio con el que se promocionan los músicoterapeutas. Componen su catálogo de primeros auxilios una serie de cortes o extractos musicales a los que, podados de la obra original con intención de brevedad, se atribuyen asombrosas facultades sanadoras. Ya sabemos que hay situaciones en que es muy útil remover y estimular la capacidad del individuo para reconocer y propiciar su propio empuje. La música actúa en esos casos como una sólida palanca que ayuda a levantar el ánimo, o también a hundirlo. Llevar estos vagos principios generales a propósitos clínicos me parece complicado, pedir honorarios por ello lo veo más propio de rufianes. Pero siempre quedan las indicaciones bienintencionadas, esas que por escrito hacen doctrina. En una de esas estaciones de apoyo para espíritus afligidos, veo melodías indicadas para males tan diversos como la anorexia o el insomnio, por haber las hay hasta para la epilepsia. Pasado mi enojo, voy a contribuir a esos benignos propósitos, poniendo aquí al alcance de todos noticia de algo que, según dicen, es mano de santo para los pacientes de alcoholismo y de asma (sic). Se trata de un pasaje del segundo acto de la ópera Orfeo ed Euridice, en el que tras encandilar Orfeo a las furias alcanza los campos elíseos. Todo muy bien traído, y mejor si uno se aplica al oído una buena interpretación de la partitura de Gluck. Aún quedará la melodía más al desnudo —lo que quizá mejore incluso sus virtudes terapéuticas— si se elige la pulcra transcripción al piano que de ella hizo Wilhelm Kempff.


Danza degli spiriti beati.
Orfeo ed Euridice (1762), C. W. Gluck.
Versión piano, W. Kempff. Deutsche Grammophon, 1976.


jueves, 23 de septiembre de 2010

La mina de Irazabaleta


Balsa de Iratzetako Larre (Mezkiritz)
Cuando dejes atrás el último caserón de Mezkiritz, debes de atacar con ímpetu la empinada cuesta. El camino va haciendo quiebros entre el follaje hasta que al rato alcanza una pista que circunda como palco de preferencia el amplio fondo del valle. Por allí podrás transitar a pie llano, mientras contemplas un poco más abajo perezoso y recostado todo su caserío. Te intrigarán los pasos que al otro lado se internan en la espesura. Si aciertas con el desvío, te llevará por un bosque prieto hasta una encrucijada despejada, que llaman Iratzetako Larre. El helechal que le daba nombre ha quedado confinado al borde del bosque. Probablemente en otro tiempo el camino llegó hasta la cercana mina de cobre. Lo que ahora queda a la vista desde el punto en que se pierden las huellas es un paisaje algo desfigurado. Debajo de la cumbre, donde se detienen las hayas, una enorme trinchera cubierta por el brezo cruza la ladera desarbolada, que se ve invadida por los helechos. No me atrevería a comprobar si allí, escondida en el fondo de esa brecha, nos espera impaciente una boca de entrada. Si es verdad, como dicen, que esa puerta conduce a las entrañas del monte, al refugio de esos genios fabulosos, que celosos y protectores asaltan al paseante ingenuo, prefiero no saberlo. Hay rastro de escoria que parece haber quedado oculta en una zona aledaña, metida ya en el arbolado, donde el suelo se vuelve más oscuro y con corros muy negros. Quizá la pequeña balsa, a campo abierto junto al camino, sirviera en su día de lavadero. Aunque el claro de alrededor es extenso parece desangelado y solitario, como un verde pozo hundido entre las cumbres. A poca distancia del estanque y la encrucijada se elevan dos pronunciadas vertientes, una herbosa y otra boscosa, y por los extremos contrarios el terreno se desliza a profundas hondonadas, que a la vista se antojan inexpugnables, dominadas por densa maleza y de la que emergen unas rocas grises que dan al paraje un aire de profunda ruina. En medio de todo ello queda lo que fue en su día como un gran patio, un lugar por el que rondarían los carros con sus bueyes, acarreando picos y barrenas, poleas y caballetes. Algún techado habría también para guarecerse y debajo múltiples voces, unas destempladas alzándose a gritos y otras departiendo en alegre compañía. Sólo los pájaros siguen fieles, cantando lo que otros cantaron, trinos viejos, anuncios de tormenta y cantos de alborada. Los demás hace tiempo que se fueron.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Irse de oído


Antes de quedarnos sordos oímos los astros del cielo, como campanas lejanas. Confundidos en ese revuelo los imaginamos pájaros zambulléndose entre cristales. Surgen entonces gemidos que se lleva el murmullo, como en el cuento del amante viajero, mecido por dulce tormento. De repente un trueno ahoga los cantos y nos remueve un tumulto de vísceras. Se oyen unas tripas estridentes, con sus risas, aire chirriando furioso en los pulmones y un terco latido de fondo. Luego la tierra reclama silencio, y el cuerpo acallado le sigue obediente, confiado solamente al eco de su propia voz.

martes, 21 de septiembre de 2010

Géneros caducos


Busto de Fontenelle
por E.Lemoyne
Como secretario perpetuo de la Académie des sciences desde 1697 hasta 1740, Bernard Le Bovier de Fontenelle tuvo ocasión de escribir hasta 69 elogios fúnebres de personajes bastante diversos ligados a la institución, que hoy se presentan reunidos en un volumen de sus obras completas. Repasando la nómina, aparecen en ella matemáticos como Ozanam, Newton y Leibniz, filósofos como Malebranche, médicos como Littre e incluso el Zar de Rusia, Pedro I, en calidad de académico. Como es natural después de haber hecho oficio en ese género no faltan frases de compostura que el muerto haría bien en agradecer muy sinceramente. Si bien junto a esas, atentan otras a su buena memoria sin malicia alguna, lo que resulta aún más perverso. Al final esos dislates tienen la virtud de retratar al redactor sobre ese fondo gris que marca el tono general de sus elogios.

Un primer ejemplo de estos asomos del oficiante podría ser el de Jacques Ozanam, a quien en el trance de buscar esposa, le regala Fontenelle la siguiente entrada: «Era joven, bastante bien formado, bastante alegre, y aunque matemático, le vinieron a buscar aventuras de galanteo». Caso distinto es el de Isaac Newton. En la larga y monocorde exposición que le dedica, apenas hay ocasión entre tanto logro para el sobresalto, salvo en el avieso párrafo final, con el que se apostilla que «deja en bienes muebles alrededor de 32.000 libras esterlinas», y aún añade «setecientas mil libras de nuestra moneda». Con Alexis Littre, acaso por ser médico, adopta tintes sombríos la descripción de su declive senil. Pretendiendo elogiar su fidelidad a la Academia, lo muestra apagado, ido, aunque asiduo a su sillón en todas las sesiones. Tan silencioso lo presenta, que lo convierte en acusmático al decir «parecía un discípulo de Pitágoras».

Tampoco es extraño que estos elogios hayan merecido elogios. El carácter distante del autor, su tono comedido, su aseada presentación convierten estas semblanzas en inofensivos juicios finales y a Fontenelle en un amable Caronte. Para otros, sin embargo, las mortajas que maneja son de tan escasa vivacidad que empiezan a ser hediondas apenas colocadas. Como sin brillo es difícil soportar este género funerario, los académicos han reconvertido al elogiador nombrándolo adelantado promotor de la historia de las ciencias.


lunes, 20 de septiembre de 2010

Paseando el reloj


Tienen algunos la extraña facultad de alumbrar nuevas ideas sin proponérselo, como felices parteros. Es el caso de Claude Perrault, hermano de Charles, el de los cuentos. Hombre de múltiples facetas, como médico entró en la Académie des sciences de la mano de Leibniz. Lo imagino aburrido en una de esas plúmbeas reuniones académicas, desentendido de la cháchara con la que gustaban enzarzarse los matemáticos, jugueteando sobre la mesa con un reloj y su cadena como inocente divertimento. Fue su ocurrencia estirar la cadena  sin levantarla y mover el conjunto tirando poco a poco del extremo hacia un lado y en dirección perpendicular a la línea inicial de la cadena. Y así el delicado reloj fue arrastrado con elegante trayectoria hasta acabar con la cadena alineada sobre la perpendicular. Por arriba la curva lograda no podía ser hipérbola y por el remate no podía ser parábola. Sorprendido por su hallazgo, levantó la vista de la mesa y solicitó la atención de los presentes. Ante su mirada curiosa repitió el gesto de la mano y el viaje del reloj. Cuando acabó, se volvió hacia ellos preguntándose: «Bueno, ¿qué clase de curva es ésta?».



Desde 1676, año de este suceso, la cuestión estuvo en la agenda de asuntos geométricos pendientes, donde se conocía como el caso de la curva tractriz. A él dedicaron su atención algunos de los más diestros. De las manos de Leibniz pasó a las de Newton y Johann Bernouilli, pero fue el veterano Christian Huygens, añoso ya con sus 63 otoños, el que dio del asunto cuenta completa. Tampoco fue un tratado, ni siquiera un opúsculo sucinto, fueron unas diez hojas sueltas fechadas entre el 29 de octubre y el 20 de noviembre de 1692. Contienen algunas notas manuscritas y unos esbozos representando un instrumento con el que trataba de mecanizar la tracción de la mano en la trazada. Con esta descripción de la solución se desató cierta pasión por la resolución de problemas similares con máquinas tractrices. El propio Leibniz intentaba un año después, en 1693, generalizar con otra máquina el método de construcción de Huygens en un artículo publicado en Acta eruditorum.

El problema inicial y los contemplados por Leibniz, tienen algo de singular y se conocen como de tangente inversa. En el caso que nos ocupa, el segmento que va del punto de tangencia al eje de desplazamiento del tractor tiene longitud constante, por lo que la curva se llama también equitangencial. De esta condición sobre sus tangentes se parte para dar con la ecuación de la trayectoria, es decir con la curva. Se invierte, pues, el proceso común en que conocida la curva se determinaba la tangente a través de la derivada. Aquí mediaría un proceso inverso, la integración, encubierto en una ecuación de las llamadas diferenciales, que se obtiene de la condición de las tangentes. Para ello basta ajustar los ejes coordenados de modo que el eje X sea el de tracción y el Y el del alineamiento inicial de la cadena, y tomar a como longitud de la cadena. Al estudiar la pendiente en un punto P(x,y) cualquiera, se obtiene que por un lado es la derivada y por otro es la razón entre y y la subtangente CD. De todo ello resulta como ecuación diferencial que representa a la tractriz la que se muestra en el recuadro.


domingo, 19 de septiembre de 2010

Encomio de Labordeta



En un lugar donde muchos han conseguido hacerse un oficio afilando la navaja, donde los sueños nunca acaban de despegarse de la gomina, donde se bendice el aire con labia burda y salpicante, pues bien, en ese afamado corral de la logomaquia tenían por palurdo y bronco a quien tuvo a bien presentarse tal y como era. Pasan estas cosas en las cortes milagreras y también pasa que asomar en ese foro con impecables modales de aldeano viejo, lejos de imponer, mueve a chufla, celebrándose entre codazos como si fuera un membrillo revenido en alforjas tocineras y con revuelo de moscas. Que un diputado llegue ceñido con ancho refajo y guarde en él leyes y enmiendas ofende muy hondo a quienes lucen fajín de seda. Como, además de tosco, este espécimen libertario se jactaba de cargar desde la izquierda, nunca hubo indulgente silencio sino acoso, provocación y recochineo. Y hubo réplica, y no podía ser fina ni diplomática, mucho menos huera, tenía que ser transparente y sobre todo directa. A alguno le pareció contundente, pero, claro, había que parar a tanta acémila. Fue todo soltar un «soooo» jupiterino y al punto quedó confusa la caballería, aunque algo mohína y espesa. Hoy el hombre que contagiaba su humanidad hasta a estas tenaces bestias se nos ha ido. En ese corral seguro que echarán en falta su ánimo y buen temple, y aquella mano maestra con que hacía cacarear a tribunos tan redomados como si fueran gallicos de pega.

* Caricatura tomada del blog entredossiglos.blogspot.com.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Sueño fallido


Si te pones al frente de tu sueño, mejor que te salga bueno, aunque te estrelles, porque si es malo te acabará persiguiendo y amanecerás en él.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Kal Nidré


Palabra inicial de Kol Nidrei
de un Mahzor o libro de oraciones (s. XIV)
Oxford, Bodelian Library
Cuando la culpa se asume de forma colectiva y se encauza a través de un acto de expiación general y multitudinario todo resulta más fácil que cuando se hace de manera individual, aunque tal vez resulte más incomprensible. Atraídos socialmente al rito, son muchos los que se ven involucrados en ese acto de rendición de cuentas sin llegar a reconocer su cuota en un daño poco visible. Unos aceptan la situación de buen grado, como un gesto de renovada fidelidad hacia Aquel al que sus ancestros faltaron, otros la toman como seña de identidad y pertenencia a un pueblo fundado en costumbres milenarias estrictas. Estas fórmulas rituales, al situar sus efectos entre ese cargo de conciencia y la renovación de una identidad finalmente política, han servido para abusar con naturalidad de la conciencia social y buena fe del individuo y para mantener ardiente el crisol religioso en el que se funden las conciencias individuales.

Mañana es Yom Kippur, una de estas festividades. El pueblo elegido, el único que invoca sin mediadores el favor divino, necesita anualmente reconstituirse como una unidad, y para ello necesita purificarse, y para ello necesita declararse culpable. Hoy mismo, antes de que ese momento llegue, con el último rayo de luz, su comunidad, el pueblo de Israel, se reunirá para entonar el Kal Nidré, esa extraña oración con la que se implora a Yahvé para que todos los votos (kal nidré) traicionados en el año les sean abrogados. Se abre la celebración, pues, haciendo a Dios juez de aquellos juramentos en los que se le invocó como a un falso testigo. Un modo sin duda solemne de humillarse, si bien un poco equívoco para quienes los vieron jurar en su día y para quienes ajenos a su fe les aceptaron la palabra.

Como otros piyutim, o poemas litúrgicos, su forma varía según la tradición en que se insertan. En la askenazi la versión es en arameo, mientras que en la sefardí es en hebreo. La melodía dirigida por el hazan también es distinta en ambos casos. La askenazi es la más conocida, ha quedado además canonizada con unas variaciones para cello y orquesta de Max Bruch. La de la tradición sefardí tiene un aire más primitivo y resulta más próxima al estilo mediterráneo. En ella se conserva el diálogo entre el cantor y el coro, tan característico de la música monacal, y en general del canto gregoriano. Como quiera que la de Bruch es fácilmente localizable, propongo una interpretación de la versión sefardí llena de sencillez y recogida en las sinagogas marroquíes.



Versión sefardí de Kal Nidré, Eyal Bitton.
http://www.youtube.com/watch?v=0SjVRAIDbz4


La disciplina del devoto



Si la penitencia quiere ser un acto de reserva, contención y reflexión puedo llegar hasta entenderla. No así cuando ese acto atenta contra el cuerpo y lo mortifica con ánimo de templarlo, someterlo y anularlo. Ese giro me parece aberrante y me pregunto dónde puede quedar la dignidad del individuo cuando carnalmente se cuestiona y desdobla su identidad moral hasta convertirse en enemigo de sí mismo. Educados por el cristianismo en la confusión entre el sacrificio personal y el ritual, nos hemos hecho a la idea de que el espíritu sólo sobrevive con enormes costos penitenciales. Ha habido que importar de Oriente una nueva idea de disciplina y meditación para darle algún sentido al sacrificio personal y para no dejarlo expuesto a la brutalidad propia de quienes se obligan a la redención. Aunque también es verdad que, siendo una opción personal, cada cual debería ser libre de adoptar esa actitud, al menos hasta un extremo en que exhibirla no constituya una estúpida exaltación de la crueldad o la tortura.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Mínima 22


De palabra puede uno honrarse con lo que será, pero proclamar su futuro no le redimirá en su deshonra.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Cultura en futuro


Abdessatar Jmei, Caligrafía (2006)
inspirada en el Generalife de Granada
Muestro esta preciosa caligrafía no sólo por sus cualidades artísticas, sino porque ha sido el origen de una reflexión que quisiera compartir. Tentado he estado de escribir sobre el arte de la caligrafía, pero algo había en ella que impedía un tratamiento frío y distanciado del tema. Su autor, un artista tunecino naturalizado francés, se presenta como calígrafo y pintor. Sólo esto ya representa una ruptura respecto a una tradición estricta y poco complaciente con las representaciones en la que algo habrá tenido que ver probablemente su contacto con las artes plásticas europeas. El otro de los aspectos que me llamaron la atención es que el motivo inspirador había sido el Generalife granadino y sus jardines.

Quizá no sea tan extraño que el despuntar de esa nueva cultura europea que sigue la tradición islámica, y que empieza a hacerse notar en diversos países, pase prácticamente desapercibido en Andalucía. La admiración, cercana a la fascinación, que por el viejo mundo andalusí se profesa entre los musulmanes europeos despierta en Andalucía toda clase de sospechas. Todos sabemos que la reversión de la historia, y la subsiguiente recreación de un pasado mítico, es un ejercicio intelectualmente estéril, aunque políticamente muy rentable. Aun así, cualquier viajero de paso por de Andalucía suele quedar asombrado cuando ve que los monumentos granadinos, argumentos culturales nada míticos sino arquitectónicos, se muestran al visitante entre innumerables signos de desdén y beligerancia hacia sus autores y constructores. Al visitarlos se acaba con la impresión, quizá como en ningún otro sitio, de que el estrangulamiento del mundo en que cobraron vida esos lugares, unido a su explotación turística, los ha convertido en un parque temático orientalizante y grotesco. Nadie en la ciudad de los conversos parece considerarse heredero de esa cultura, salvo para recoger las pingües rentas que esta versión exótica de conjunto ofrece. Y evidentemente no hablo de todo ese desdén para lamentar el abandono de los ritos y costumbres musulmanas, sino para denunciar la ignorancia interesada de que existieron en esa ciudad como cultura viva en otro tiempo. No sé si es timidez o vergüenza el sentimiento que urge superar para presentar la tradición árabe como un importante legado de la cultura andaluza. Hemos visto apelar a Séneca y a Trajano con un orgullo que desaparece al citar a cualquiera de los Abd al Rahman.

Desde luego es complicado hablar de culturas, mucho más llevarlas a concertación y seguramente es inútil pretender dirigir su evolución. Pero esto no debe hacernos olvidar que existe una realidad demográfica incontestable: un sector de la población actual está alineado con esa tradición islámica, que empieza en algo aparentemente tan neutro como la lengua, y ve en esas obras el escenario de un pasado glorioso. Un pasado que interpretan desde la afirmación personal y que a falta de mejor postor sentimental hacen suyo. Sabiendo que el estado no es en este punto neutro, puede acabar siendo dramático y absurdo que el fomento de esta conciencia cultural se haga desde fundaciones religiosas animadas por un espíritu de reclusión musulmana. No estoy seguro de que la carencia de contacto histórico con culturas islámicas o la aconfesionalidad constitucional, propias de países como Holanda o incluso Francia, favorezcan la aparición de una tradición cultural ajena a mitos y creencias, y capaz de reforzar la diversidad europea. Creo más bien que de llegar a darse una beligerancia abierta podrían esos movimientos convertirse en cabezas de playa de una versión más apostólica y menos permeable de esa cultura, que se traducirá en enquistamientos religiosos y, lo que es peor, en viejos problemas.


martes, 14 de septiembre de 2010

Delirios pitagóricos


Leonardo da Vinci, Hombre de Vitruvio (1492)
Galleria dell'Accademia, Venice
El pasaje de Vitruvio en el que Leonardo se inspiró para componer aquel homo quadratus que describe las proporciones humanas, nunca llegó a tener tanta difusión como la figura leonardina. Sin embargo, ésta deja entrever el atractivo radical que el tema poseía para quienes entendían el cuerpo como espejo de la naturaleza. De su lectura se desprenden los principios inspiradores del humanismo renacentista, y una versión vitruviana del principio de Protágoras ---aquel según el cual «el hombre es la medida de todas las cosas»--- que deja literalmente al desnudo su deuda pitagórica. En el capítulo 1 del Libro tercero de De architectura, tras describir la imagen que quince siglos después Leonardo dibujaría, introduce Vitruvio la siguiente analogía entre hombre y templos:

«Por tanto, si la naturaleza ha formado el cuerpo humano de modo que sus miembros guardan una exacta proporción respecto a todo el cuerpo, los antiguos fijaron también esta relación en la realización completa de sus obras, donde cada una de sus partes guarda una exacta y puntual proporción respecto a la forma total de su obra. Dejaron constancia de la proporción de las medidas en todas sus obras, pero sobre todo las tuvieron en cuenta en la construcción de los templos de los dioses, que son un claro reflejo para la posteridad de sus aciertos y logros, como también de sus descuidos y negligencias».

Resumamos entonces los principios vitruvianos:
1. Los templos como morada de los dioses deben ser un espejo de armonía natural.
2. En el hombre, privilegiada imagen de la naturaleza, se observan las proporciones en que se basa esa armonía.
3. El hombre y los templos deberían ser un reflejo de la armonía que rige el universo.

Concluyamos a partir de ellos sobre el sentido del hombre:
El ser humano aporta una escala natural desde la que los templos se proyectan como marcos de armonía. Esa armonía surge del equilibrio entre las potencias naturales que se manifiestan a través de los dioses. En este sentido el hombre es reflejo y medida de la armonía universal, y por eso en las proporciones que presenta está la clave para la comprensión de todas las cosas.

Especulemos por libre y apaguemos fuegos fatuos:
La circunferencia sería una representación del universo y nuestras extremidades intentarían integrarlo en nosotros a través de las sensaciones. El cuadrado establece la medida del hombre e introduce un principio racional de orden destinado a encuadrar todas esas sensaciones. No puede haber armonía si las sensaciones ansiadas no se corresponden a la medida de las posibilidades humanas. Cuadrar el círculo alrededor del hombre vendría a ser como si en él estuviera la clave de esa armonía universal. A través de las matemáticas, el propio hombre ha concluido que esa cuadratura es imposible, por lo que quizá no sea el hombre la clave de la armonía o quizá la armonía sólo sea una idea ilusoria.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Al vuelo


A veces creo, ingenuo de mí, que puedo coger una frase al vuelo, meterla en una luminosa jaula y hacerla cantar como un pajarito.

Leonardo da Vinci, Dodecaedro hueco
in Divina Proportione de Luca Pacioli (1509)


domingo, 12 de septiembre de 2010

Afinando el estudio



Con su caprichosa caligrafía el veterano plutócrata dejó escrito para la posteridad: «Antes de acabar seré breve, y después aún más». Mucho se ha escrito sobre el significado real de esta breve sentencia pronunciada antes de acabar sus días, y aún más después de pasar bajo la rigurosa lupa de los académicos. A día de hoy las propuestas más firmes que se barajan para la sentencia de marras serían que en ella debe leerse:
a) un aviso,      b) un epitafio,    c) una asíntota,     d) una conclusión,
e) un gatillazo, f) una amenaza, g) un testamento   h) una frase.


sábado, 11 de septiembre de 2010

La crianza del lector


Osip Mandelstam
En El rumor del tiempo dedica Osip Mandelstam palabras de un reconocimiento sincero y cercano a la veneración a V. V. Guippius, aquel profesor de su infancia que en lugar de literatura le enseñó «una ciencia mucho más interesante: la furia literaria». Al cabo de los años se presentan en nuestra memoria, por el mismo trayecto que han seguido nuestros pasos, aquellos profesores a los que debemos el primer impulso, un impulso tan vivo aún en nosotros que podemos decir inagotable.

Y nos viene entonces a la mente todo aquel entusiasmo encendido, que se verá después traducido en hábitos de potencia arrolladora. Ese canibalismo lector, que nos llevaba a devorar páginas y que con la edad se torna indigesto, o ese dejarse arrastrar por la furia literaria, que nos sacaba de la rutina para empujarnos hasta el ensueño y el delirio. Han sido esos dos turbadores pechos los que nos han ido nutriendo para crecer como tierra literaria fértil. Amorrados al primero sorbíamos ávidos las emociones, creando una sensibilidad despejada y glotona. Al segundo nunca le fuimos fieles, pues tan pronto como las ansias se fundían en ese pecho, renacíamos libres por encima del frenético lector hacia nuevas latitudes.

Ese agradecimiento profundo de Mandelstam es también el mío cuando vuelvo a oír de labios del P. Beñarán, con imponente entonación en medio de un sepulcral silencio, el texto literal de las obras de Faulkner, Ionesco y Beckett. De aquellas fuentes, hablo de los años 60, llega esta encrespada corriente literaria. Desde esta orilla saludo emocionado la figura lejana y borrosa del cura que se adivina oscuro en la otra. Junto a ella, la de todos los que nos animaron a abrirnos paso furiosos, a vivir abiertos a las palabras y a componer con ellas mundos libres. De nuevo coincido aquí con Mandelstam: «¡Qué bueno fue para mí haberme encariñado con la pelirroja llama de su furia literaria y no con el fuego de las lamparillas litúrgicas!».


viernes, 10 de septiembre de 2010

Sombra de tu voluntad


En el espacio que asombras viven cautivas las voluntades que mueves.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Moras



No decimos mucho si anunciamos con rebuscada tontería que estamos en tiempo del rubus fruticosus. A ver, hablamos de la zarzamora, o de las zarzas sin más, y sí ciertamente ahora es su tiempo, pero también lo es en febrero, cuando de paseo y pasada libramos con ellas feroces batallas, de las que salimos con los calzones a jirones y con algún rasguño más o menos severo. Lo que pasa es que a esas zarzas, tan malvenidas cuando avanzas sin poder ganar tu camino, les llega estos días de septiembre su fruto, esas brillantes moras, tan tiernas y en sazón.

Hay algo de arcaico en el gesto de coger la cesta e ir a buscar una fruta que, a diferencia de la mayoría, crece espontánea y gratuita. Arcaico, porque hablan además los arqueólogos del consumo continuado de moras, fresas y frambuesas desde hace unos 8.000 años. Si a éstas les añadimos las endrinas, las ciruelas y las manzanas silvestres, y también las avellanas y las bellotas, veremos que aquel bosque nutriente primigenio proporcionaba una dieta completa.

Con este recuerdo de los orígenes hay quien se remonta a nuestros primeros padres y al paraíso, pero hoy lo que de verdad se lleva es sacudir nuestras conciencias con los benéficos efectos de esta fruta. Así nos dicen que a la mora le da su característico color morado oscuro la antocianina, un potente antioxidante que «nos ayudará a mantener protegidas nuestras células frente al ataque de los radicales libres». Justo lo que necesitábamos oír antes de engullir una generosa dosis, porque no debemos de tolerar que esos radicales nos arrebaten el buen tono, y aún menos nuestro atávico y genuino disfrute de la fruta.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Grace Slick


Grace Slick
La idea de que si se escogen los parámetros adecuados todo es comparable, medible y finalmente ordenable en una lista de preferencias forma parte de nuestra cultura de consumo, pero ha creado hasta tal punto afición que no falta día en que no nos hablen de la mejor película de la historia, de la canción favorita de los 90 o de la lista de chocolates más apreciados. Y todo ello obviamente sin indicar que esas proclamaciones han sido hechas con los criterios marcados por quienes emiten la distinción. Son abusos que se conceden a crédito de una globalización cultural dirigida, un tanto plana y de interés claramente mercantil, pero tampoco deberían retraernos o asustarnos a la hora de mostrar nuestras preferencias.

Sin ir más lejos, el otro día cuando repasaba una lista de canciones me dio por pensar cuál sería mi lista. Pronto se me ocurrieron varios títulos. Localicé algunos y después de muchos años los volví a escuchar. Había uno que nunca llegué del todo a olvidar y que, pese a datar de 1967, resistió sin problemas la prueba del tiempo. Me refiero a Comin' back to me, una canción de Jefferson Airplane en la voz de Grace Slick. Ha llovido mucho desde entonces y se ha distorsionado casi por completo la imagen de aquella generación. Para muchos jóvenes de hoy todo aquello, con Woodstock incluido, es mayormente ridículo.

Sin embargo, aquella sigue siendo una maravillosa balada que, contra lo que pudiera suponerse, tiene poco de lisérgica. Empieza evocando el fin del verano y el ciclo de vuelta a casa sin la compañía de quien se fue buscando mundos nuevos. Sobre un bucólico arreglo de flauta dulce y guitarra acústica va surgiendo íntimo y profundo el fraseo de las estrofas, un fraseo que se torna desgarrador en el estribillo. Pocas veces se ha dado voz a ese sentimiento de ausencia con tanta intensidad. La confusión y la melancolía que se traslucen en la letra parecen despertar como fruto del anhelo pero pronto dominan ante esa sombra que se resiste a volver. Ella canta entonces:

Strolling the hill,                       Paseando en la colina,

Overlooking the shore,              Con vistas a la costa,
I realize I've been here before.  Me doy cuenta de que he estado aquí 
                                                                                            [antes.
The shadow in the mist              La sombra en la niebla
Could have been anyone...        Podría haber sido cualquiera...
I saw you, I saw you,                 Te vi, te vi,
Coming back to me.                  Volviendo a mí.


Comin' Back to Me (Marty Balin),
de Surrealistic Pillow, Jefferson Airplane, 1967.
http://www.youtube.com/watch?v=hziG-cLZW1Y


martes, 7 de septiembre de 2010

I was there


Festival Woodstock (1969)
Durante el verano nos han venido colando imágenes con muchedumbres presas de euforia, inmersas en fervores de estreno. En realidad es la edad de los implicados lo único que aporta algo de frescura a un ritual que generación a generación se repite sin demasiados cambios sensibles. En conciertos de rock, que es el caso más común, todos asemejan versiones provincianas de aquel mítico Woodstock del 69. Acudir a ellos no pasa de ser un moderno rito de paso para jóvenes crecidos en un jardín de normas fijas y con ganas de alcanzar su punto de arrebato. Las cámaras con sus reporteros deambulan por los agostados prados, complacidas ante la variada galería de entusiasmos y entusiastas, en los que se adivina una suerte de felicidad tan abstracta y perimétrica, que les obliga a vagar de un lado a otro buscando sexo de fortuna o un paraíso en renta. A veces en ese rastreo la cámara se detiene inopinadamente frente a un sujeto anónimo, con pinta de haber sido atrapado, al que se enfoca y se lanza sin compasión a antena mientras es sometido al rigor del cuestionario. Aunque no escuchamos la pregunta ni suele darse a conocer, ardua debe ser al mostrarnos al interpelado llevándose la mano al mentón y quedándose por un momento en suspenso antes de contarnos con entrecortada voz:

---Te digo la verdad. Ahora mismo no somos capaces de asimilar todo esto. Habrá que esperar unos años para llegar a enterarnos, pero enterarnos de verdad. Igual el día que tengamos nietos, les diremos `mira, pues yo estuve ahí'. Y entonces será cuando realmente disfrutaremos.

A mí todo esto de los nietos y de contar cómo de joven nos metimos a celebrar el éxtasis con otros cien mil y del que salimos entonces con el encargo de contarlo ya siendo abuelos para acabar sintiendo de verdad algo, es una fórmula de aplazamiento del pago emocional que no veo del todo clara. Algunos de nosotros este tipo de pagos ya sólo los admitimos al contado. Por otro lado, no veo que participar en acalorados momentos de gloria colectiva, a la espera de vernos providencialmente salpicados por ella, pueda concedernos algún título especial. Sin embargo declaraciones como las del anónimo nos indican hasta qué punto estamos equivocados. Tras su paso por esos festejos algunos cargan con sus encendidas emociones como si fueran una reliquia o un tesoro emocional. Con él dentro, tan sólo necesitarán recitar como una letanía variantes del `yo estuve allí' para conseguir que se ensanche su trivial, pequeño y anodino mundo cotidiano. He ahí lo más fascinante de coleccionar estos cuños festivos, que actúan como salvoconductos en el tiempo y tan pronto nos llevan al pasado como al futuro para desmentir nuestra pesadumbre y aletear gozosos frente a los incrédulos porque un día llegamos a ser felices. En esto también la literatura cinematográfica ha hecho su efecto. Para dar a estas confesiones su matiz escénico son muchos los que se contemplan en la imagen doliente del replicante de Blade Runner cuando en su último trance testamentario recuerda lo de «Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos `c' brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. ¡Es hora de morir!».



lunes, 6 de septiembre de 2010

Bajo la campana


Reina de las campanas (Tzar kolokol)
Kremlin, Moscú

Bajo la campana 
nadie encuentra su estrella,
bajo la campana
rige un sordo silencio,
bajo la campana
pende vivo tu destino,
bajo la campana
o sueñas o cantas o rezas,
bajo la campana
vuelos y aires vencidos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Emanación mental


Entre las agudezas y sarcasmos contenidos en The Devil’s Dictionnary, publicado por Ambrose Bierce en 1911, se cuenta la siguiente definición para la voz mente:

mente, s. Misterioso tipo de materia segregada por el cerebro. Su actividad principal consiste en intentar determinar su propia naturaleza, una tentativa cuya futilidad se debe al hecho de que no cuenta con nada más que consigo misma para conocerse.

El escalpelo irónico acaba dando aquí más luz a la hora de abordar el espinoso compromiso de la definición que la mayoría de las soluciones publicadas de oficio con membretes institucionales. La salida más común para casos críticos como este es el enfoque funcional con el que se lleva la definición hasta los límites fijados por el último análisis científico. Al menos de ese modo se evita una definición doctrinal como la del DRAE, que abre fuego con «\textbf{mente}. 1. f. Potencia intelectual del alma.», dejando en tercera opción, y bajo la etiqueta de \textit{Psicología}, un ensayo funcional que gira en torno a un brumoso «proceso psíquico de carácter cognitivo».

En lugar de estos tonos graves, Bierce se limita a afincar directamente la residencia mental en el cerebro y a sugerir la mente como una emanación material, con la cautela de quien se adentra en un misterio. Detrás de esa cortina de humo, pocas dudas quedan de su intención de desmarcar la mente de las socorridas corrientes animistas. Cuando aborda después el meollo, tampoco se dedica a revisar funciones como los diccionarios actuales, sino que lo hace con un argumento teleológico, que deja la finalidad de la mente en el vértice de su definición, desde donde puede reconocerse con mayor claridad su paradójica impotencia. La broma tiene al final un aire de pirueta, que subraya la limitación de la mente para desentrañar su papel con un estilo similar al del famoso teorema de Gödel: por sí sola la mente sería incapaz de ofrecer una explicación de sí misma.

Lo que la definición viene por tanto a anunciar es que si con la mente pretendemos determinar el fin de esa misma mente, completaremos un círculo referencial improductivo, una declaración de imposibilidad que representa un alivio para las mentes obtusas y que confirma una evidencia para las escépticas.


El péndulo


El péndulo es un arma certera. Cargas con mimo la pesa y le prestas formidable impulso. A la ida lo pierdes lentamente de vista, y a su amparo invisible, sin memoria ni plazo, vives confiado tu vida hasta que inesperadamente arremete, te saca del plano visible y concluye triunfante su vuelta.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Moralina intravenosa


Dibujo de Milo Manara homenajeando
la Isla de los muertos de Arnold Böcklin (1883)
Los venenos te abren ventanas, nunca puertas. Entre vapores, inyecciones y elixires siempre serás un cautivo con privilegiadas vistas. Desde ahí tendrás a mano las amables colinas de Arcadia y más arriba los ásperos bosques de Dodona. Avistarás también la isla de San Brandan frente a las costas de Mauritania. Y si miras al cielo, verás la orla de las Miríadas cernirse sobre la oscura puerta de Tannhäuser. Por ver verás hasta tu propio crepúsculo, cuando ahogado por las llamas te hundas en aguas placenteras. Ahí ya navegarás libre y nada te retendrá. No te atraparán con cenefa de flores ni te refugiarás manso a labrar la tierra. No habrá aromas ni caricias, no habrá para ti sueño. Nadie se acordará de tu fugitivo cuerpo. Risas y cantos serán acuáticos murmullos, que unidos al eco de tu tormenta te servirán de cortejo perpetuo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Voces autorizadas


Ante los rebuznos, lo primero no alarmarse. A pesar de su aspecto, este ganado no ataca de primeras y antes de usar la dentadura la enseña. A la mesa no han venido para escuchar argumentos, no toleran gestos o palabras tranquilizadoras, y si te oyen argumentar, echarán directamente las patas por alto como enfurruñados jacos. El público ve nobles corceles en esta pelea y celebra con entusiasmo el momento en que descargan con furia los cascos y arrasan la mesa. Los agudos observadores que contemplan con vuelo crítico la sesión televisada, recuerdan en ese alarde al caballo de Pavía y alaban en el cuadrúpedo esa facilidad para «decir las verdades como puños».

jueves, 2 de septiembre de 2010

Rivera viaja al Norte


Da la impresión de que la estancia de Diego Rivera en los Estados del Norte durante 1931 produjo en él un efecto profundo. Es probable que ese efecto no esté muy alejado del que  afecta a muchos de los que hoy en día viajan a un nuevo mundo, por más que sus circunstancias de acceso sean bien diferentes. De lo que hablo fundamentalmente es de esa fascinación por la gran ciudad, a la que se percibe como foco del progreso. Para el marxista, y Rivera lo era, el eje del progreso sería la clase obrera, y el propio progreso debería ser visto como resultado natural de su emancipación frente a la explotación. La ciudad no llega a cuajar del todo en este discurso, sería más bien un fenómeno colateral. Los efectos visibles de este enfoque nos son bien conocidos: fórmulas de alojamiento industrializado para las masas, concentración de los puntos de abastecimiento y encuentro, y escenificación monumental de los logros colectivos. En esta panorámica gris, el obrero anónimo debería aparecer como actor principal, como el héroe de la nueva epopeya.

Diego Rivera, The making of a fresco, showing the building of a city (1931)
San Francisco Art Institute, California School of Fine Arts
Sobre esa disputa entre ambas percepciones del progreso hay un fresco de Rivera que la simboliza plásticamente, reflejando además la crisis personal derivada de su presencia conjunta. Se trata de la primera obra realizada por él en suelo estadounidense, un año después de su expulsión del Partido Comunista Mexicano. En ella la ciudad y el obrero parecen competir por hacerse con el centro visual y estructural de la composición, pero lo que aún trasciende más es el escenario en el que ambos se exhiben, decididamente marcado por la eventualidad y la transición. En esa propuesta envuelta en su propia dinámica son los constructores de las nuevas realidades, los diseñadores de futuro (maquinistas, proyectistas, pintores, operarios, escultores), situados en la base o sobre el andamiaje, los que reciben mayor atención. Pero no la reciben como campeones anónimos de la clase trabajadora, la reciben por su oficio específico, por su creatividad artesanal. De hecho la mayoría de las figuras representadas en el andamio son retratos de colaboradores que acompañaron a Rivera en la elaboración de ese fresco. Él mismo se presenta de espaldas, sentado y pensativo, apuntando con su cabeza al corazón de ese obrero abstracto, firmemente asido a una palanca y una manilla, y al que toda esa coreografía urbana y la tramoya impresa parecen haber restado el protagonismo con el que en un principio partía.

Mínima 21


El día que te falten palabras, prueba con las que te has ido tragando. O mejor, prueba a escupirlas, pero atinando.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Service note


Está a punto de estrenarse la nueva temporada del Almanaque de breves. Tal y como advertirás el sitio ha sido completa y materialmente renovado con amplias y luminosas entradas que dan acceso a un fascinante vericueto de patios, salones y jardines blogueros por donde podrás pasear y explorar a tu aire, así como encontrar remansos en los que echar una memorable cabezada o llevarte lectura para casa. Te sorprenderán a buen seguro las nuevas secciones incluidas, más incisivas y explosivas de lo que solían las ya viejas y conocidas, unas por fantásticas y otras por polémicas, con toda clase de textos y gráficos, diaporamas y filminas, santos y santillos, pendones y emblemas, música y percusión, cuadros y hasta daguerrotipos. Habrá espacio para la relajación, con inhalación del texto por vía respiratoria, acceso directo a la reflexión sosegada y salida final a la meditación seráfica. Seguiremos divulgando todo aquello que huela a sabiduría, convocando en nuestras citas a autoridades de reconocido prestigio, letradas y científicas pero no menos letradas, gentes de pluma colorida o de pluma bien afilada, abordando las temáticas, las problemáticas y las emblemáticas con ópticas casi rigurosamente inéditas. Un empujón y viajarás también por el frondoso universo Google (que Dios lo dé por registrado) haciendo parada en sus estaciones más excitantes, exóticas y peligrosas. Para los días de excursión dejaremos el habitual buceo en paraísos matemáticos y filosóficos, aguas para el lego casi siempre temibles y procelosas. La idea es también tantear la fidelidad del visitante con algún concurso chispeante y ponerle un punto imaginativo con una dosis de fútbol y sexo, pero sin alterar el tono familiar y amigo de la pantalla. Recuerda, no obstante, amable visitante, que deberás cargar, como hasta ahora, con el monótono día a día del vidrioso y voluble autor de este almanaque, con sus noticias de pacotilla, con sus consabidas manías, con sus fábulas seniles, con sus pesadas pesadillas, con sus lágrimas de cocodrilo y con su eterno y sinsorgo piar. Advertido quedas.