jueves, 31 de marzo de 2011

Breves temores y dudas


Observo con temor que, sin mejorar ni añadir más fundamento en mis entradas, su tamaño se me ha empezado a ir de las manos. La promesa de brevedad que campea en el título de este blog debería algunos días ser tomada a broma. Creí en alguna ocasión que con mi manía lapidaria estaba predestinado al Twitter; vamos, que se había inventado para mí. A día de hoy no lo he intentado. En estas cosas, además de la utilidad, miras a ver cómo puedes manejar el truco. Y no lo veo. Me imagino llegando al tope de 140 caracteres entre el cabreo y la sorpresa o, peor aún, arañando las frases para que me quepan. Con el Facebook tengo incluso más reticencias. La principal, que mi vida social es limitada y que la de los demás apenas me interesa. No sé si haría muchos amigos, tampoco sé si ahí dentro me esperan. Imaginándome como usuario, me veo frente a la pantalla como quien va al muro de las lamentaciones para ver si alguien le recuerda.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La despedida de Marisol Aríztegui


Con ella había charlado circunstancialmente, tanto antes como después de saberse de su enfermedad. Los cambios, aunque fueran los que dieron un giro inesperado a su vida, no alteraron del todo su estilo. Realmente, poco más que esos cambios podría yo haber percibido. Pero no, no daba la impresión de vivir amedrentada, a lo sumo afligida por no dar salida a la lista de tareas aplazadas. Aún seguían vivas en ella las huellas de la responsabilidad y del oficio. Por lo demás, en el último encuentro que recuerdo, transmitía naturalidad y afecto sincero, el calor propio de las despedidas. No parecía hecha a evadirse con suspiros o a quedar en suspenso, prefería llevarnos al terreno de las palabras sencillas. No vi ningún ánimo de entrar en evocaciones o de anunciarnos su ausencia, sino un ejercicio de respeto a lo cotidiano, más valioso si cabe en su situación. Una situación de la que a decir verdad es más lo que imagino que lo que realmente conozco. Leí, no obstante, la entrevista que le hicieron en el periódico dos semanas antes de su muerte como enferma terminal de cáncer. Es un gesto para el que hace falta mucho coraje: una cosa es admitir en privado y otra distinta es declarar en público tu final. Con lo que allí contaba, y con lo que previamente de ella había conocido, tuve tiempo para meditar sobre esa llegada inminente de la muerte. Son cosas que uno debería de aprender y que lamentablemente no se enseñan. Tres fueron las que más se me quedaron. Había algo de sistemático, pero poco de artificial, en su organización de la espera, con la cotidianidad como hilo conductor y permaneciendo, en la medida de lo posible, a la escucha de la naturaleza. Había en ella una voluntad de transmitir, al borde del umbral, afecto y comprensión para quienes nos quedábamos y pienso también que quería morir enseñándonos muy humildemente un nuevo camino. Había en esa voluntad de contar, una confianza ciega en las palabras, que para ella serían, junto a otras armas paliativas, un gran consuelo, el último contacto con los suyos, el escenario final de los afectos. Anteayer nos reunimos un montón de gente a modo de despedida en una sala de conciertos. Algunos recordaban con su imagen proyectada en pantalla otros momentos y épocas. Sonó la música de un cuarteto, hubo lágrimas y desahogos. A la salida unos y otros nos quedamos charlando. Por encima de los recuerdos, muchos nos fuimos con la sensación de que gracias a ella algo muy valioso habíamos aprendido.

martes, 29 de marzo de 2011

El hilo infinito



Tomado de la web es.xckd.com, versión de la original XKCD de Randall Munroe

De la teología en activo, las matemáticas constituyen su rama más vigorosa.

1. Pitágoras y Platón.- Sorprende menos esta afirmación, de aceptarse que con su ramaje la teología no busca tanto a los dioses como al infinito. Y si el infinito es el tema, lo primero será intentar ver cuál es su alcance. Por la vía empírica el infinito revela sobre todo incapacidad, incapacidad para darle medida a todo lo que podemos nombrar. Nombrar se nos antoja un ejercicio gratuito, pero numerar es algo que no tiene límite. Esto hace que contar o medir puedan llevarnos de cabeza al infinito, más allá de lo comprensible, a las sombras de la ignorancia. Sin embargo, como no nos faltan luces, esa oscuridad en la que se oculta el infinito ha resultado ser el recreo mental más estimulante.

2. Anselmo y Aquino.- De entrada, con ayuda de nuestra imaginación podemos decidir si avanzamos hacia el infinito o si por el contrario se nos aproxima, y encontrar en cada caso motivo para nuestra esperanza o nuestro temor. Instalados en esta dinámica bilateral, la desmesura infinita empieza a cobrar cuerpo en los mitos como sombras que responden con medidas a nuestras emociones. Calificar a esta dinámica mítica de teológica sería lo propio en sus versiones más recientes, en las que la atribución de entidad a una única sombra vigilante y ubicua ha condicionado nuestra conducta y dado sentido moral a esos vaivenes del infinito.

3. Spinoza y Descartes.- Si en sentido laxo denominamos teología a todas las dinámicas del infinito, es posible encontrar en la exploración de la oscuridad nuevas variaciones teológicas. Podemos entonces dar una medida distinta de nuestra situación respecto al infinito e imprimir a la sombra un giro especulativo: el infinito nos envuelve. Ni se acerca ni se aleja, vivimos en él y su dinamismo es simultáneo y proporcional al nuestro. Por tanto podemos servirnos de él como pantalla de proyección de nuestra realidad. Aceptar este dinamismo paralelo dejaría fuera de juego esas emociones confusas que actúan como distorsiones frente a esa gran pantalla del infinito.

4. Newton y Euler.- A partir de ahí los acontecimientos se precipitan. Esa dinámica selectiva lleva a pantalla formas cada vez más delineadas y expresivas de nuestra realidad. Hay quien en ese juego intercambia diálogos con la pantalla, y concede, como hacían los antiguos teólogos, palabra y entidad a una razón estática y absoluta. Esa razón sostiene para ellos la realidad y ese infinito engloba con su medida a la naturaleza entera. Pero siempre hubo espectadores más atentos a la evolución de las formas que al blanco de la pantalla. En esas formas reconocían el dinamismo interno de lo posible, enmarcado en la razón evidentemente, pero ajeno a interpretaciones de legalidad natural. En ese dinamismo las formas del infinito vendrían a representar las nuevas medidas de la realidad.

5. Weyl y Gödel.- Para quien se adentra en el mundo de las sombras, el infinito matemático ha pasado a ser un recurso sumamente útil para caminar por los mundos interiores de la imaginación y encontrar salidas inesperadas en los exteriores. No obstante, las prolongadas estancias en tinieblas y la pérdida del pálpito emocional suelen llevar a algunos a proyectar ese infinito como figura grandilocuente de fondo. Ese retorno a la vieja tradición teológica puede verse como una renuncia tácita a dar medida de una realidad cada vez más lejana, pero también confirma la continuidad del infinito como hilo conductor que va de la teología a las matemáticas.


lunes, 28 de marzo de 2011

Sujetos combinados


Evolución de un sistema atractor
de Lorenz con "efecto mariposa".
Que el resultado de un juego esté abierto al azar, sin adivinarse origen ni causa aparente, no hace a los juegos ni más absurdos ni más inocentes que muchos de nuestros actos. En aquellos como en estos, donde uno ha de poner el punto de mira es en el resultado, pero no para intentar darle alguna explicación causal sino algún tipo de encuadre discursivo.

En el discurso el efecto de juegos y leyes puede quedar mejor ilustrado si tomamos cuatro palabras, dos pares de opuestos como rutina/sorpresa y causa/efecto. En el repaso que propongo se contrasta primero mediante conjunciones simples el equilibrio de la combinación y se intenta después captar el tono del resultado. Vayamos enumerando casos:

-La rutina de los efectos y la sorpresa de las causas.
Este sujeto parece moverse entre la regularidad de la ley natural y el descubrimiento de su clave, imprime un estilo científico inequívoco.

-Los efectos de la rutina y las causas de la sorpresa.
Se habla aquí de emociones, de su posible evaluación y de su presumible diagnóstico, por lo que parece apelarse a lo psicológico.

-La rutina de las causas y la sorpresa de los efectos.
Las causas invocadas parecen inscribirse en el uso común, mientras que los efectos son excepcionales, como en el ámbito jurídico.

-Las causas de la rutina y los efectos de la sorpresa.
Los dos aspectos insisten en la naturalidad y ambos pares se aceptan sin ofrecer contraste, como si se hablara de algo esperado y cotidiano.

Combinando los cuatro hilos iniciales, hemos pasado de una entrada de aspecto científico a una anodina, pero no es cuestión ahora de sopesar verdades, porque ahí nada se ha afirmado. Quieren ser conceptos y sólo buscan acomodo lógico en un contexto adecuado. Esa tensión hará que a veces le impriman al discurso un marcado sesgo de partida, mientras que en otras pueden forzar un discurso tan extraño que resulte realmente inviable.


De sobresaliente


Sobresaliente, Andrea Horna / Mateblogico
Hemos llegado a un punto en que quien no aparece entre los cien primeros en algo puede darse por actor fallido. Por eso buena parte de los esfuerzos de la gente se centra en dar con su ventaja natural, a la espera de que le sirva de catapulta. ¿Hacia dónde?, ese es un asunto menor, una vez que deja atrás a los mediocres, levanta el vuelo y planea. El cien, como el diez o el mil, es un sello de calidad que lucen con orgullo los escogidos. Entre el mérito y el método se pone en circulación una versión redonda de lo cuantitativo. Lo que se pierde en números y precisión se gana con el retorno al olímpico mundo de lo cualitativo, donde se comparte de nuevo espacio con las virtudes. Si la frivolidad de medir se compadece mal con la bondad, la sensatez o la belleza, lo mismo se debe esperar de esa virtud que el recién llegado exhibe como el mejor entre los humanos, o al menos como uno de los cien mejores. Y así, con su título de sobresaliente, pronto juzga y determina que no deberían los héroes como él someterse a tan toscos calibres.

Mínima 38


Orden de amar: el prójimo se desmarca y la fantasía huye.

domingo, 27 de marzo de 2011

Enigmas modernos


Kryptos (1990), J. Sanborn
Cuartel CIA, Langley (USA).
Los enigmas se suelen inspirar en un equívoco, pero no siempre les acompaña la escandalosa disolución del ponente en su flagrante contradicción. De hecho, lo enigmático puede ser muy cauteloso y deslizarse en un simple adverbio. Viene esto a cuento de la palabra «oficialmente». Como otras similares, esta palabra se lleva en la caja de herramientas lingüísticas para sellar las inconfesables fugas del discurso político. Imaginemos que el titular dice: «Oficialmente el gobierno está en manos de sus ciudadanos». ¿Qué debemos creer?, ¿que está, que no está, o que no hay razones para remover el asunto? La corriente general de pensamiento se acoge a la tercera vía, con lo que no hay solución oficial al enigma. No oficialmente se admite que, allá donde se cuela, el «oficialmente» permite palpar a las claras el curtido pellejo legal bajo el que se oculta el dolorido músculo que mueve el mundo real.

sábado, 26 de marzo de 2011

Banderas de sangre



Estos días en que la primavera hace aletear a los poetas, habrá que cargar las tintas y colocar en su débito las metáforas entregadas al poder, aquellas que hicieron fortuna al ser difundidas con la pompa propia de los ritos sagrados. De entre todas ellas iré a la que me parece más significativa y odiosa, a la de las «banderas de sangre». De esa metáfora fundacional del tercer Reich, participaban todas las insignias y estandartes del Estado a través de ceremoniales de consagración. Se evocaba en ellos el carácter bautismal de la sangre derramada por los «caídos» en la intentona nazi de Munich de 1923. En aquellas parafernalias simbólicas se acunaron fervores gregarios y se educó la agresividad colectiva de las masas, conviene recordarlo. No es la de las banderas una metáfora aislada, nace junto a otras hasta formar un lenguaje poético con el que se dio aura mítica a la acción política y con el que periódicamente se renovaba con vigor militar el culto a los muertos.

No sé si Goebbels tenía alma de poeta, pero supo ver en ese lenguaje un instrumento de captación y propaganda persuasivo. El pasado reanimado con toda esa imaginería se convertiría en terreno fértil para las organizadas emboscadas de aquel presente. En él se pasaba sin dificultad de la crónica histórica a la epopeya, a base de instalar lo memorable en la edad de los héroes. Algunos de los bardos aposentados en aquel ministerio de propaganda, lejos del papeleo de los comunicados, se entregaron al diseño litúrgico. Con esa consagración de la sangre derramada, la metáfora venía a recrear un nuevo culto a los muertos, que legitimaba, en nombre del mito, las decisiones del primer abanderado, del profeta del imperio venidero. El oscuro papel del poeta como «bengala que ilumina el pasado con sus lúcidas y agudas metafóras», como maestro de ceremonias en las que se «forjó la férrea y decidida voluntad del pueblo», dice poco de esas luces y de ese hierro, pero lo dice todo del que con su juego de palabras cómplices, con su veneno poético, lanzó a un ejército de sonámbulos al atropello.


viernes, 25 de marzo de 2011

La verdad del cínico


Diogenes Sinopius, comisario informativo
de la cadena XYZ, relajándose en la sauna
Siempre a la sombra de los hechos, apoyado en su perpetua hipótesis, sospecha, acusa e informa al servicio de sus amables lectores. La verdad aún no le pertenece, y lo dice, como dice también que es patrimonio indisoluble de todos. Si de seguir su pista y de alcanzarla se trata, ningún medio es para él más fiable que el plebiscito publicitario, allá donde el público se pronuncia con su propio sueldo y deja huella de su cotidiana verdad. Esa, y no otra, es la realidad verdadera, la que componemos todos, fruto de nuestros constantes y libres intercambios, de nuestras pérdidas y ganancias, de nuestra evolución consecuente en la diaria lucha con la naturaleza intransigente y despiadada. Cualquier otra vía hacia la verdad sería especulativa, incluso científica quizá, pero en ningún caso más democrática que la abrumadora verdad de la clientela al completo.


jueves, 24 de marzo de 2011

Donde hay confianza...



En esta época con tecnología de avanzada en que la transparencia obligada y general ha trillado la intimidad personal para hacer de ella tierra baldía y llana. En esta época en que para cualquier asomo, sospecha o hipótesis que rodee a un individuo se obtiene una cascada de evidencias palmarias, de datos contrastados y de pruebas fehacientes. En esta época en que la lógica del poder puede ser a la vez conspicua, perspicua, transpicua e inspicua con grados de convicción y coacción regulables mediante técnicas de control robusto y remoto. Pues bien, por raro que parezca, en esta época no hay otro valor de respeto formal que la confianza. Que un valor personal por naturaleza acabe determinando posiciones en un mundo tan global, sólo se explica teniendo en cuenta el potencial intimidador de su negación. En esa negación de lo personal aparece como contravalor universal la desconfianza, que sirve a los estrategas de los poderes económico y político como instrumento de amenaza. Ejemplos bien recientes no nos faltan. Necesitamos más transparencia, nos dicen, de lo contrario no habrá suficiente confianza. Pero lo cierto es que en la lógica de esa negación ilimitada, en la lógica de la desconfianza, la transparencia nunca bastará como garantía personal de confianza. Como individuos convendría que  empezáramos a preguntarnos hasta qué punto necesitamos de su confianza, o de su desconfianza.

Comienza la danza


Coreografía de la chacona
Si uno se deja llevar por la danza, acaba viéndose arrastrado a un estado hipnótico en que la música manda. No es una consecuencia fortuita, es fruto de la primera intención y es también la primera lección. El estado de vigilia no está hecho a movimientos audaces o a saltos en el vacío. Si uno pone de por medio, no digo ya la razón, sino sus instintos de alerta vital, el baile no prospera y el incipiente éxtasis desaparece. De hecho, estas expansiones sólo aparecen en quien está fuera de peligro: esa sería la segunda lección.

Aquello de que el movimiento es una forma de expresarse, es una verdad relativa. En una danza los gestos deben de seguir un código preciso. Serán tan gráciles y ligeros como los ritmos que se impongan. En un extremo estarían esos ritmos tenues y variados en los que la hipnosis se convierte en concentración y exige el paso justo. Pero eso no vale para las multitudes. En tales casos lo que se impone es un ritmo bien marcado y una propuesta melódica tan breve como pegadiza.

Para marcar esos ritmos se suelen emplear percusiones de fondo, que sobreviven sin problema al alboroto del gentío. Seguramente ahí el corro de danza ya no pretende servir de palanca mística o de círculo ritual, sino que actúa a modo de lanzadera en juegos de aproximación y galanteo. Algo así debió suceder con los ritmos traídos a Europa desde el nuevo mundo, cuyos impenetrables rituales, si alguna vez existieron, se dejaron a un lado para aprovechar sus tonos insistentes y dar variedad al ambiente festivo.

Al menos en España, el siglo XVI debió de ser una época de cambios en amores y danzas. Muchas de las que más tarde se difundirían por toda Europa encuentran ahí su primer impulso popular. Hablamos de zarabandas, chaconas, pasacalles o folías. El lugar de paso es Italia y el marco artístico en el que quedarán fijadas sus características musicales es el barroco. La chacona podría servir de ejemplo. Las primeras se cantan con verso en España, pero como género musical alcanza cierto esplendor con los compositores italianos de inicios del XVII: Rossi, Cazzati, Merula. De ahí tomarán el relevo Händel, Bach o Purcell, que acabarán imponiéndole una estructura canónica.

Tratar de resucitar los ritmos antiguos siempre es un ejercicio aventurado. Puede que mejor que recorrer el camino del musicólogo sea acudir al primer destello de esa danza, a esos momentos de frescura en que el juego musical surge espontáneo y los pies comienzan a moverse. Me he fijado en la ciaccona de Cazzati, atraído sobre todo por la interpretación de Christina Pluhar y la alegre tropa de L’Arpeggiata. Lo maravilloso de esta genuina descarga al modo barroco es su juego instrumental, en el que ya parece anunciarse el concierto. Como punto de partida la tiorba marca las ocho notas que señalan la melodía con el apoyo del contrabajo. Las primeras variaciones corren a cuenta de los violines que insisten en ella tejiendo un vibrante dúo. Viene luego el contraste de timbres en el que sobresale la magia oriental del salterio. Del empaste de las violas surge después suntuoso el violoncello, al que se suma el clavicordio, entrándose en un concerto di tutti con la danza  lanzada a una suerte de frenesí que pronto se reduce a silencio.



Ciaccona (s. XVII), Maurizio Cazzati,
Christina Pluhar & L'Arpeggiata.
Vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=L_vrBLedI9E


miércoles, 23 de marzo de 2011

Penitencia


Humildemente, en silencio y contrito, reconozco los errores que nadie consigue atribuirme y con especial prontitud y entereza aquellos que nadie castiga.

Fraguando un soneto


Museo minero, Gallarta (Bizkaia)
                   Si tengo algún proyecto, me pregunta.
                   ¿Y dónde quedaría eso?, yo le digo.
                   —Allá por donde tu futuro apunta.
                   —Por ese punto nunca ver consigo.
                  —¿De dónde sales, pues, mi ciego amigo?
                  —Tiempo llevo solitario en mi fragua.
                  —¡Pronto, este hombre necesita agua!
                  —Aquí lo que echo en falta es más abrigo.
                  —¿Fraguas algo nuevo en esas sombras?
                  —Con hierro voy templando mis ideas.
                  —Todas esas que a oscuras merodeas.
                  —Para que perduren firmes las obras.
                  —Quizá en ellas tus proyectos veas.

                  —Al menos si eso entregas, vas y cobras.

martes, 22 de marzo de 2011

El cuadro que miras


De fondo, mural de Richard Wright, Turner Prize 2009.
Frente a un cuadro nunca digas que lo entiendes, porque hay chistes que se estiran y te meten de palurdo en el juego. Que no lo entiendes, pues simplemente se confirma, ya eras palurdo y estás fuera de juego. No se entra en ese juego por palurdo sino por sobrevenido, ni se entra en el cuadro por entendido sino por sobrentendido. Y como sobrentendido te quedas inmerso en él, mirando fijamente desde el otro lado, a ver si por fin ese palurdo que enfrente tienes enfrente acaba entendiendo el chiste.

lunes, 21 de marzo de 2011

Demasiado encogido


Cripta de S. Anastasio Novelli (s. VIII), Asti.
Al penetrar en esas atmósferas creadas ex profeso para dar impulso a lo transcendente e inspirar con alguna visión la entrada en mundos sutiles, uno piensa en el esperanzado vidente que, sumido en ese ambiente de recogimiento y atraído al abismo de su dañada conciencia, pronto se convierte en cautivo, en adicto a esos estados de entreluces permanentes. A la promesa inicial de que en medio de esas sombras su espíritu se edificará lentamente, le sigue el peso creciente de esa armadura que intangible y oscura se le implanta. Todo ello debería ser suficiente aviso como para hacerse a la luz natural del día, a esa claridad frágil pero intensa que sigue reanimando primaveras. 

domingo, 20 de marzo de 2011

Un valle perdido


Valle al pie de Borrokosko (Urraul) © autor
Con el sol de poniente a mis espaldas, era ya media tarde cuando logramos finalmente contemplar, desde los faitíos de Ozkioz y en toda su longitud, el estrecho y profundo valle que se acurruca, como si atrapado estuviera, entre la larga cadena de afiladas crestas de Atxarte y las armoniosas laderas boscosas de los montes de Areta. Los verticales paredones lanzan sus alargadas sombras durante casi todo el día sobre las dos orillas de las corrientes del fondo. Desde las inmediaciones de la peña Ozkioz veíamos nacer la regata Atagorri, de la que se adivina su paso por entre el follaje cuando diligente fluye al encuentro del río Areta que baja desde Borrokosko y Ezpondarri justo en la otra punta. Ese encuentro se produce frente al gran poche, frente al Pontarrón, una estrecha abertura que rompe el largo encadenamiento calizo y da entrada a este mundo recoleto, a esta olvidada reliquia. Su historia natural es la del perpetuo fluir de las aguas en busca de esa única salida.

Dentro rige un ambiente húmedo y fresco, de envolvente naturaleza, pero férreamente sometido a los rigores del clima y a los ritmos del día. Al pie de las crestas los pacos se asientan en el fondo del valle durante buena parte de la mañana. A eso de mediodía los rayos rebasan esas crestas e invaden el espacio sin pudor. Pasado ese momento de gloria, pronto los rayos se refugian cada vez más tensos y agotados en los carasoles al ceder su terreno a las sombras. Durante el día, quienquiera que ascienda por las soleadas pendientes del Borrokosko quedará encantado mientras ve precipitarse las aguas que discurren por barrancos y quebradas. Arriba aún impetuosas se mueven entre el hayedo, abajo llegan más sosegadas a los alisos y robledales. En vertiginosas carreras, a los saltos suceden las cascadas, a las cascadas los rumorosos rápidos. Su inevitable caída se aplaza cuando se remansa sin tiempo en minúsculas pozas y badinas. Llegas a las afluencias y te sorprende el estruendo de ese abrazo entre torrentes, te acercas un poco más y te ves envuelto en una nube de fina e irisada lluvia. Tras sumar todas esas entregas, la caudalosa regata escapa con su encargo, alegre y ciega, para perderse por el bosque abajo, en busca de ese último portillo que se abre a las luces del atormentado mundo de los hombres.

sábado, 19 de marzo de 2011

Luna dominante


La luna esta noche en Glastonbury Tor (England).
Foto: Ben Birchall / PA, tomada del Guardian.
Son las siete y media cuando esto escribo. Espero con ansiedad que se haga la noche y caiga ante mis ojos el telón final del día. En breve veremos llegar y envolvernos por completo la ubicua oscuridad. Confío que esos relieves que me atacan la vista de frente se vayan desvaneciendo, y espero sinceramente que esto no tarde demasiado. Hago acopio para escribir, y no lo oculto, de lo más sentido del emocionario crepuscular: imágenes lentas, aburridas, morosas en las que debería acabar estancado cualquier deseo. Concentro ahora mi fe en la escritura, convencido de que si persevero en estas letras tan banales pronto aparecerá la luna. Son ya las ocho menos cuarto, y a duras penas consigo sobreponerme a la tensión de esta espera. Quizá haya pasado ya ese período de estiramiento insistente y agotador del tiempo. Algo parece que se adivina, puede que esté llegando, aunque discurre tan parsimoniosamente que no logro mantenerme en calma. Miro esperanzado al fondo del cuadro donde aún permanecen visibles los tonos anaranjados de un inoportuno y fastidioso crepúsculo. Lo de siempre, el orondo disco luminoso se queda recostado haciéndose querer, y sigue durante un lapso interminable cómodamente instalado en el vago perfil de nuestras dóciles montañas. Cuando aburrido vuelvo la cabeza, veo en el azul flotar un globo de aspecto plasmático, cuyo blanco va cuajando y tomando tonalidades grises ante mis sorprendidos ojos. Al dictado de una repentina emoción, en la que creo haber perdido pie, veo la luna presentarse imponente. Otra vez está ahí, pero muy grande y próxima. Han dicho que hoy está extremadamente próxima, y que se dejará sentir. He esperado durante toda la tarde el preciso momento, para recibir algo de su influjo. Ha habido inquietud, probablemente la de la espera, pero también cierto recelo y temor a que nos alcance su luz y no sepa soportarlo, a que la emoción espectral simplemente se dispare, a que ese espejo esté tan cercano que todo sea realmente distinto.


En plan de invitado


Es halagador que te dediquen muestras de confianza, que te correspondan con gestos de comprensión y más que te hagan confesiones en una ambiente de franqueza. Todo eso está muy bien: tenemos que vivir abiertos al mutuo entendimiento, que mostrarnos solidarios con nuestros semejantes, que compartir sus alegrías, sus penas, sus proyectos. En voz más alta: aquí estaremos siempre para lo que se nos necesite, somos así. Viene luego el tono menor frente a quien con aire azorado y gesto indeciso te confía: «Escucha, tengo un plan».
Parece obligado suponer que con ese plan se te busca. Y es notorio que nadie te ha tenido al tanto de él. Y es evidente que esa maquinación, de la que probablemente eres pieza vital, se ha urdido a tus espaldas. Y es meridiano que se ha pensado en ti por tu pronta disposición a compartir. Resumiendo: se te reclama para un ambicioso plan del que desconoces viabilidad y beneficios, un plan que llega a ti seguramente tras una larga cadena de rechazos, renuncias y abandonos, un plan devaluado que sólo tú puedes salvar con tu apoyo valioso. Eso es lo que él viene en definitiva a decirte. La respuesta es inmediata: «No entraré en ninguno por menos del cincuenta por ciento».


viernes, 18 de marzo de 2011

Mínima 37


Si el ingenio reside en poner cada día un huevo de distinto color, antes echaremos en falta a las gallinas que a los ingenieros de los huevos.

Diseño de tartanes


Hay quienes consideran el vestido si no el primero, sí el signo más visible de su identidad. Como si la única posibilidad de mantenerla viva y no verse confundido en este mundo estuviera restringida a lucir vestidos exclusivos. Una cosa es que el ropaje tenga virtualidad distintiva y otra diferente es que deje huella indeleble en quien lo lleva. Esta cuestión del traje y su influencia en la identidad me recuerda vagamente a la que llevó a Saul Kripke a distinguir en materia de nombres entre los designadores rígidos y los flexibles.

En los trajes la flexibilidad es lo común. Esto vendría a significar que casi nadie concede carta de identidad al traje que llevamos, por entender seguramente que puede encontrar otro igual a la vuelta de la esquina. Porque la variedad tampoco es ilimitada, pues poca opción hay más allá de los márgenes que marcan la industria y el comercio textil, por no irme hasta las materias primas. Dentro de ese marco intentamos mostrarnos al mundo exhibiendo cierto estilo propio con el que nos vamos adaptando con flexibilidad a muy diversas situaciones. Otras veces la flexibilidad no surge del criterio personal y el cambio de atuendo, depende más bien de la función que nos veamos obligados a desarrollar.

Las cosas empiezan a cambiar cuando la función es relevante socialmente. Entonces el traje no sólo forma parte de la presentación personal sino que quiere representar a quienes ejercen esa función. En el caso extremo el uniforme viene a ofrecer la muestra más clara de rigidez en el vestir y con ella una propuesta de identidad como grupo. Pero no es solamente la función la que acaba desarrollando identidades. Los propios grupos las alientan como estrategia de cohesión y defensa. La identificación se convierte en estos casos en un requisito básico para su conformación. Son muchas las sociedades, tribus y clanes que adoptan marcas en la piel o en el ropaje como signos distintivos propios.

Esta combinación de identidad y defensa la encontramos con efectos territoriales en las bandas adolescentes de ciertas urbes, pero han existido de siempre. Basta mirar al caso de los clanes escoceses. Entre ellos se ha desarrollado uno de los más elaborados medios de identificación. En el traje tradicional, al haberse mantenido al margen las variantes funcionales y contando siempre con la lana como recurso, el diseño del tartan tradicional ha jugado con las coloraciones de los hilos entretejidos. Esta proximidad entre diseños hace que, siendo libre cualquiera de hacer el suyo propio, resulte impropio vestir los que no le corresponden por vínculo familiar, regional o corporativo. Se mantiene por tanto la rigidez identitaria de los grupos y se preserva un uso común del patrón original, concediéndose a partir de ahí flexibilidad para que cada cual encuentre en él su propio estilo.

Muestra de tartanes: 1. Black Watch, 2. Clan Campbell
3. Clan MacLean, 4. Distrito Catalán.
En el muestrario superior aparece una variante del tartan más común, probablemente también el más cercano a los antiguos diseños y en cierta época el único permitido, el black watch. Le siguen los de dos clanes representativos, los Campbell y los MacLean, en una de sus variantes. Por último se muestra uno de los muchos diseños que han resultado de difundir el patrón del tartán en países y corporaciones ajenos a su dominio inicial.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Despedida y pago


Suelen los novelistas contar que, pasados los dolores que conducen al parto, sus personajes avanzan a lo largo del relato por todas las encrucijadas y encuentros ganando en autonomía, y que al final cobran incluso vida propia. Por eso cuesta entender que, disponiendo a su libre arbitrio de estas identidades colaboradoras, mucho más fascinantes y poderosas a veces que la del propio narrador, casi nunca merezcan del autor gesto alguno de reconocimiento. No haría daño a la fábula que después del desenlace se deshiciera la trama hasta los flecos y que sus marcados rasgos poco a poco se desdibujaran. Con la obra desleída podría el autor del engaño dar por fin el debido crédito a sus ayudantes e intérpretes, a los que el lector vería de ese modo despedirse y perderse lentamente en esa ocasional colección de páginas.

Seguidismo



Como los análisis tontos están tan al día, sin ánimo de acertar, pruebo a rascarme un granito cada vez más irritante que me ha ido levantando el espeso y sofocante mundo audiovisual. Constatemos para empezar que cada vez quedan menos espacios sin esa cobertura y que tampoco se observan actitudes numantinas o respuestas violentas en las zonas más castigadas y de mayor exposición a los rebufos mediáticos. No pudiendo paliar los efectos, sacudirnos la mugre o al menos protegernos de todas esas pantallas, todo gira en torno a dos acciones facultativas: ver y quejarnos. Bien es verdad que con esas opciones, en el momento de la verdad, cuando las pantallas lanzan su producto, caben pocas combinaciones.

1. Si no lo ves y te quejas, alguien te dirá que hablas de lo que desconoces, que nada puedes criticar yendo de oídas. Así pues, pecas de ligero, de charlatán, de criticón, y de seguidista.
2. Si lo ves y te quejas, alguien te dirá que ya sabías a lo que ibas, que nadie se apunta a ciegas a pagar por tonterías. Así pues, pecas de manirroto, de bobo, de amargado, y de seguidista.
3. Si lo ves y no te quejas, alguien te dirá que no debes avergonzarte de haber visto un vibrante documento sociológico. Así pues, pecas de insensible, de pusilánime, de vergonzoso, y de seguidista.
4. Si no lo ves y no te quejas, alguien te dirá que te paseas por el limbo, que poco sabes ya de la vida misma. Así pues, pecas de zombi, de asceta, de fatuo, de pirado, por no cumplir con esos medios que te asisten y te informan, y que igual te crees un intelectual, por no ir de seguidista.


martes, 15 de marzo de 2011

A vueltas con los pies


Ilustración de Lynne Chapman
Uno puede mirar los pies sobre los que se alza como si se tratara del último resto visible de su infancia. Puede que entonces comprenda más fácilmente cómo le marcan su camino. Vaya donde vaya su cabeza, sus piernas le irán convenciendo de que todo encuentra su impulso allá abajo, en esos diminutos motores. Manteniendo esa convicción infantil siempre tendrá presente su pasado. Es más difícil entonces perder la cabeza en senderos paralelos, porque uno ya sólo entiende su camino sin despegar de la tierra sus pies.


De cara al futuro


Ha querido el azar que de forma simultánea irrumpan ante nosotros dos visiones del futuro, cada una de las cuales está firmemente sostenida por evidencias dispares. La primera visión está ligada a la realidad y al presente de forma dramática. Ver como las fuerzas de la naturaleza humillan a una de las potencias tecnológicas mundiales es algo más que un aviso, es una obligada ocasión de repensar el futuro, seguramente en términos de límites, de crecimiento, de consumo, de ocupación, de abuso,… A escala personal será necesario asumir con la pérdida algún tipo de cambio y reconducir la ansiedad, tan bien alimentada por nuestra cultura, que nos invita a ignorar los límites. En realidad los límites siempre pueden ser traspasados, por eso son límites, pero puede darse el caso de que al otro lado nosotros ya nos seamos los mismos.

Esa urgente y necesaria percepción de los límites me lleva a la segunda visión del futuro, escenificada y debatida en el festival geek y multimediático por excelencia, el SXSW (South by Southwest), que esta misma semana se está celebrando en Austin. Se da en él por sobrentendido que el empuje evolutivo de la tecnología viene a situar nuestra realidad en el marco confuso de una virtualidad generalizada. Lo que ayuda a entender mejor la solemne declaración de que el límite entre lo real y lo virtual lleva camino de ser superado. Poco cuesta ver que en ese nuevo marco seremos a la vez transparentes y anónimos, vulnerables ante el abuso de poder y opacos para nuestro prójimo. Y que en ese estado personal (si tal identidad tiene aún sentido) cualquier solidaridad será necesariamente virtual. Es posible, y probablemente sea lo máximo esperable, que a través de las yemas de nuestros dedos, desde el teclado, como nodo de una extensa e invisible red, nos llegue la invitación a participar en novedosas estrategias colaborativas y a fomentar en ese tejido nuestros sentimientos de empatía. Sin embargo, no estamos obligados a responder.

La cuestión es si se puede afrontar con todo eso la pérdida del mundo real, de nuestro entorno natural, de nuestra comunidad, de nuestra familia..., sumergida en un maremoto o por la apatía. Parece inconveniente repetirlo, pero hay que contar con que a veces la realidad se hace presente a través del dolor. Es difícil entonces evadirse al escenario virtual y llegado a él, a ese estancado mundo etéreo, suele ser inútil el intento de erradicar ese dolor. De nada servirá el mismo tratamiento que un día nos salvó del aburrimiento y nos llevó a ese estado de ilusión asistida y permanente. Ahora la ilusión que se necesita debe remontar los hechos y recobrarse en común para salir adelante. Ese sentimiento juega con afectos compartidos, y se mantiene gracias al compromiso inmediato, físico, gracias a la presencia y a la comunión (hagámonos ya con esta palabra tan pervertida) de todos. No le vayas a quien se ha visto zarandeado y arrojado al suelo, a quien está postrado y hundido en el barro con las ilimitadas posibilidades de las estrategias tecnológicas emergentes o con el salvífico recado de un mundo volátil.


lunes, 14 de marzo de 2011

Día clave


Le empiezan a faltar días al año ante la profusión de conmemoraciones anuales, ya sean sagradas o profanas. El de hoy es uno de los casos más sorprendentes, al haber sido declarado por la Cámara de Representantes estadounidense Día Pi. En la resolución legislativa que esa cámara aprobó el 12 de marzo de 2009 se introducían los siguientes considerandos sociomatemáticos:
Considerando que la letra griega Pi es el símbolo de la razón entre la circunferencia de un círculo y su diámetro;
Considerando que la razón Pi es un número irracional, que continuará infinitamente sin repetirse, y que ha sido calculado por encima del trillón de dígitos;
Considerando que Pi es un constante recurrente que ha sido estudiada a lo largo de la historia y que es central tanto en matemáticas como en ciencia e ingeniería;


A estos tres primeros considerandos de tono informativo o escolar, y en los que se incorporan conceptos tan exóticos desde un punto de vista legal como número irracional o continuidad en el infinito, le seguían otros ocho en los que se valoraba el interés educativo del número Pi. La clave del asunto se reservaba, sin embargo, para el último considerando que rezaba así:
Considerando que Pi puede ser aproximado como 3,14, puede ser el 14 de marzo de 2009 un día adecuado para Día nacional de Pi.

Gracias a todos los considerandos señalados, acumularon los legisladores razones sobradas para finalizar su resolución con:
Se resuelve que la Cámara de Representantes
(1) apoye la designación de un
Día de Pi
y su celebración en todo el mundo.


Al igual que las cifras de Pi, este tipo de invenciones parece no tener fin. Al Día Pi, con su interpretación de la fecha en clave anglo (3/14), le ha seguido el Día de aproximación de Pi, que se celebra el 22 de julio, lo que en clave europea vendría a ser 22/7. Esta expresión puede ser interpretada como una división y dar una aproximación de Pi que se remonta a los egipcios. Tras estas victorias institucionales se espera con ansiedad el Día Pi del año 2015, puesto que ese día se podrá escribir como fecha 3/14/15, con las cinco primeras cifras del número Pi. En realidad Pi con su caótico libramiento de infinitas cifras decimales daría para reducir cada uno de los días del año, y hasta del siglo, a algún ingenioso anagrama. La difusión del hallazgo vendría después, colando la ocurrencia en algún Congreso académico o legislativo para que acredite de algún modo su interés.




domingo, 13 de marzo de 2011

Dirección única


Lo fatídico de una situación se hace evidente cuando toda la lógica posible se reduce a una flecha, a una dirección. A través de ella la situación camina inexorable a una solución imperativa, aireada además como la única razonable y expeditiva. En esa dinámica rigurosa no queda otra que cuestionar la situación, que dudar de su alcance y de su urgencia. Luego, si todo se concreta, si vemos que esa flecha es certera, si aceptamos que apunta a una salida, si resulta además que es única, deberíamos confiar en que al menos sea remota.

sábado, 12 de marzo de 2011

Rebajar el vuelo


Al perder de vista a las águilas, se quedaron absortos los héroes con el vuelo de las moscas.

viernes, 11 de marzo de 2011

Mínima 36


Las escenas cotidianas nos ganan como actores y nos dictan el papel. Luego la vida va estirándose y multiplicando sus argumentos, pero el desenlace es siempre el mismo.

jueves, 10 de marzo de 2011

El marcaje


Marcas para ganado
La elegancia se impone. Ahora de etiqueta, o mejor etiquetados, vamos todos. Lo que dos palabras y un gesto permiten entrever al chismoso, presentado como analista de ocasión, basta y sobra para que te haga vestir de humilde sayón e intuir en tus maneras obediencia, pleitesía y toda clase de reverencias políticas. Con esa etiqueta, con esa pretendida filiación, te lleva de boca en boca sin necesidad de mejor argumento. Porque aquí lo que uno haya escrito, o incluso lo que haya hecho, vale de poco frente a «lo que todo el mundo sabe». Hay larga tradición en esto de etiquetar y hay gente avezada en estas labores de marcaje por cuenta ajena. Sin embargo ahora prefieren ser vistos como observadores extraterritoriales, que alardean de olfato fino y de intuición clínica, o como profesionales competentes, capaces de leer en una cara y sin despeinarse la biografía completa y hasta seis tratados del interfecto con sus correspondientes apéndices. Decir que pululan como animales de compañía, dedicados a amedrentar y mantener en el redil a quienes frecuentan parajes más abiertos, sería dignificar su papel en exceso. Realmente lo suyo es seguir el rastro a quienes se aventuran y mantener al día las listas, para cuando sea menester.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Alas poderosas


Ala en marfil cubierto de oro (de IX a VIIa.C.),
procedente de la ciudad asiria de Nimrud.
British Museum. Foto: Tony Kyriacou.
La delicada factura de esta miniatura de marfil de unos 3 centímetros me ha animado a indagar un poco sobre su procedencia. Esta pequeña ala forma parte de una colección de 6000 piezas encontradas en la llamada «sala de marfiles» del palacio de Asurnasirpal II en la ciudad asiria de Nimrud. Entre 1949 y 1963 corrió la excavación del yacimiento a cargo de Max Mallowan, que contó con la entusiasta colaboración de su mujer, la novelista Agatha Christie. Del material extraído una parte fue a parar a Londres, donde quedó depositada en la Escuela de Arqueología de Irak (luego Instituto para el Estudio de Irak) hasta 1987, fecha en la que fue trasladada al British Museum. A título de compra el British Museum se hizo con un tercio y a título de donación recibió del mismo Instituto otro tercio, devolviéndose el tercio restante a los museos iraquíes.

Lamassu de Jorsabad
En las escasas muestras de esta colección que están a la vista en la red aparecen piezas con influencia, y a veces con la huella evidente, de culturas algo alejadas como la fenicia e incluso la egipcia. Pero no parece este el caso del ala mostrada. El estilo en ella observado es más propio de la cultura asiria y emparenta a la figurita, salvando la desproporción, con los lamassu, los fabulosos toros alados que custodiaban la entrada a palacios y templos, algunos de los cuales se exhiben en el propio British Museum.

El cultivo del detalle, tan manifiesto en esas grandes esculturas y en los bajorrelieves, tenía forzosamente que alcanzar un alto grado de perfección en las miniaturas. Las alas pretenden dotar a esas imágenes de poderío, pero sin descuidar su diseño ni un tratamiento minucioso de las plumas. Algo de esto se percibe también en la pequeña talla. La exquisita filigrana del plumaje nos lleva a imaginar algún ave emblemática extendiendo sus espléndidas alas doradas sobre alguna dignidad dirigente. Tengo la impresión de haber estado viendo el elegante trazo de este ala en toda la iconografía clásica. Y como icono, creo adivinar en esta antigua miniatura lo mismo que en otros símbolos alados más recientes, la  imperiosa presencia del cielo como marco protector del poder.


Marzo entrado


Marzo entrado, abre el cielo paseos inciertos, entre flores que amanecen y vientos que claudican.

martes, 8 de marzo de 2011

De las ciencias vitales


Todo es un poco más complejo de lo que siempre se nos había dicho. Nada se aprende de la victoria, pero tampoco se ve claro qué ganamos abrazando el fracaso. ¿Acaso nos hará más sabios? Si hoy avanzamos, mañana seguramente nos replegaremos, así es la ciencia vital. Quizá la historia sea otra cosa. Que no esperen mucho de la lógica quienes repasen nuestros confusos recorridos, marcados siempre por lo contrapuesto y resumidos en lo contradicho. A quienes se acercan al núcleo amoroso, les urge hacer llegar su verbo directo. Pero el amor es un argumento arbitrario y envolvente, atento únicamente a los ecos de la música. Y aún así, es atroz lo que resuena. Como golpes cruzados llegan a la pluma los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, aquella mujer encendida.

           Al que ingrato me deja, busco amante;
           al que amante me sigue, dejo ingrata;
           constante adoro a quien mi amor maltrata;
           maltrato a quien mi amor busca constante



Sonoro clarín del viento (s. XVIII), Manuel Mesa,
Villancico de Sor Juana Inés de la Cruz, interpretado por Ensemble Elyma.


lunes, 7 de marzo de 2011

Malestar en la dirección correcta



El ejercicio de la autoridad transforma radicalmente los caracteres apocados y medrosos; o mejor aún, los afianza, estabiliza, sosiega. Es una terapia que moviliza alrededor del pusilánime importantes recursos humanos, normalmente ociosos, con un esfuerzo muy económico y de forma siempre ordenada y sencilla. El paciente beneficiario llega a sentirse dueño de una personalidad serena, solvente y ecuánime, generosa con quienes le apoyan y desdeñosa con quienes le eluden. En estos últimos sólo logra ver al persistente desagradecido, al desaprensivo que con sus absurdos retos desajusta el curso apacible de los acontecimientos que él con templada mano dirige. Y esa ingratitud le duele y aflige llevándolo a una crisis severa en la que amanece desairado y feroz, dominado por el miedo y señalando por doquier culpables. De poco sirve que estos brotes sean explicables, si con su frecuencia le imponen un tormento intolerable y precipitan la recaída. Sabe que depende de su voluntad y por eso recurre a ella para hacer pie en la ajena. En ese estado enfermizo y frágil debe también afrontar, con ira más que razonable, el desafecto y la huida de los inconstantes. A punto de sucumbir al marasmo, le llega al fin la lucidez, el convencimiento declarado de que una alianza coyuntural con los canallas nunca podrá hacerle olvidar la inquina que le producen. Le consuela, sin embargo, ver comer de su mano a esa disciplinada tropa de descarriados, llevados a la batalla bajo el lema soberano de que siempre es más lo que a todos nos une que aquello que nos separa. Descansa en la seguridad de que nada podrá mejorar esa unión mientras quede al amparo temible del gobierno que preside.

domingo, 6 de marzo de 2011

Flotando


The Wreck Buoy (1847), J. W. Turner,
Walker Art Gallery, Liverpool.
Hay un momento en que descubres pocas cosas nuevas. Descubres más bien el valor de lo que te acompaña, de lo que te ha venido acompañando desde hace tiempo. Aunque quizá no sea descubrimiento la palabra más adecuada para ese reflotamiento de lo que el tiempo ha ido devaluando y creías perdido. Es sorprendente y emocionante ver levantarse al primer roce imágenes, canciones, sabores, lenguas, libros, paisajes de todo ese bagaje fantasma. Sólo estás recordando, me dicen por aquí para traerme a mandamiento, recordando lo que dentro de ti se quedó. Puede ser, puede que haya venido teniendo otra idea de lo que es un recuerdo y que lo haya confundido con uno de esos rescates memorísticos ganados con laborioso esfuerzo pero de muy pálida emoción. Comparado con este tipo de recuerdos, el reencuentro con aquellas sensaciones inmateriales apenas te afianza. Sigues a la deriva y a lo sumo te acompañan, son como los despojos que al náufrago sirven para mantenerse a flote en el temporal, con la cabeza en alto como una boya erguida.

sábado, 5 de marzo de 2011

Cuestión de forma


Casi nadie se atreve con una definición intemporal de la forma artística, por lo que lo normal es remitirse al propio arte y a seguir en las obras su evolución. Si no te conformas, te ves obligado a seguirle a Aristóteles en sus meandros metafísicos y a resbalar en un descuido hasta el mundo platónico de las formas entre las risas de los sabios que te acusarán de advenedizo y de no haberte enterado de nada. Me arriesgaré. Aristóteles, si he llegado alguna vez a entenderlo, hace que la forma se despegue de la materia en el curso de gestación o creación de los entes y no llega a admitir una separación que le dé curso propio. Incluso en el lenguaje, la forma parece reservarse enlaces más o menos explícitos con lo discreto y lo concreto, con el orden elemental, aunque haya otros que sigan creyendo oportuno descubrirla como un arcano impreso en alguna suerte de suelo axiomático.

A Hugo von Hofmannsthal no se le podría colocar entre estos improvisados descubridores de formas. Con gran lucidez describe la gestación y el sentido de la forma literaria en un breve pasaje de su Carta de Lord Chandos donde la comprensión de la forma fluye de «aquella forma interior, auténtica, profunda que sólo puede intuirse más allá del terreno acotado de los artificios retóricos, la forma de la que ya no se puede decir que ordena lo material pues lo penetra, lo neutraliza creando ficción y verdad al mismo tiempo, un juego de alternancias eterno, una cosa maravillosa como la música y el álgebra». En esa frontera entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo ficticio, parece andar el juego formal de las palabras cuando en Lord Chandos alcanza su más deslumbrante nivel. Ese instante de plenitud dará paso a la progresiva inmersión de su mundo literario en lo inefable con un resignado silencio. Tampoco el estilo de Hofmannsthal, donde esa forma ficticia encontró su última expresión, parece haber sobrevivido.


Vuelta al punto de salida


Máscara azteca que representa
la muerte y el renacimiento
Es complicado hablar del carnaval, de la oportunidad de renacer a través de una máscara, de la necesidad de ir al vértigo de lo imposible para encontrar auténtica vida. A muchos nos resultan extraños e incómodos sus alborotados festejos rituales, aunque nos parezca al mismo tiempo indispensable cualquier remedio que nos revitalice y nos ayude a salvar los cambios. Debería saber, sin embargo, el que por un medio u otro aspire a renacer que en estos renacimientos vitales se enfrenta a un obligado acto de fe que atenúa aún más su ya maltrecha razón. Ha de contar con la creencia imperiosa, con el firme convencimiento —que no se aplica en el nacimiento genuino— de que en el renacimiento hay algún espacio a donde salir. Quizá sea esa la razón por la que el carnaval de máscaras se ve obligado a ganar la calle y a confirmarla como espacio para el renacimiento de los enmascarados en una nueva vida.

viernes, 4 de marzo de 2011

Aristóteles y los esclavos felices


Hace un año más o menos, bajo el título «Moisés enseña el juguete», publicaba aquí una entrada sobre la presentación de la tableta de Apple por Steve Jobs, mascarón de proa de esa compañía. Pues bien, ha vuelto a hacerlo, a subirse al escenario digo, para presentar una nueva versión del chisme. En aquella ocasión me quedé con la sensación de haber forzado la mano al darle un toque mesiánico al titular. Esta vez me he dejado guiar por la autorizada opinión de la prensa del ramo para no recaer. Pero, al volver en esa dirección mi mirada, encuentro para mi sorpresa al pueblo cautivo de la tableta, y también al pueblo llano, atónito en medio de un tremendo clamor que no llega de los felices o defraudados usuarios, sino de un nutrido corifeo de radicales devotos.

El estado de posesión mental de estas vanguardias snobs (quizá fuera mejor sjobs) es tan preocupante que urge encontrar a todo esto una explicación. Ellos mismos se sienten tan ansiosos que buscan las claves de su incontenible emoción. Sorprende de entrada que no acudan para ello al frenópata sino que prefieran las razones del experto en comunicación. Con el manual de marketing en manos de un orate escuchan arrobados palabras que les suenan a consuelo: «En realidad, con una Stevenote [se refiere simplemente al acto de presentación] como la de ayer estamos asistiendo a un espectáculo, a una representación de la realidad como podría serlo ir al cine, a una misa o a una ópera». Para mejor albardar su engrudo mental van y solicitan una segunda opinión, que abunda en esa línea de interpretación y de la que se deduce que: «lo que vemos [cuando este señor presenta su aparato] es una representación teatral que cumple al pie de la letra los preceptos aristotélicos de la persuasión y que busca crear el máximo de publicidad».

Echó muy bien los cimientos el californiano. Ahora resulta que con el invento y por el mismo precio aprovechas los viejos esfuerzos de Aristóteles, dedicado últimamente por la empresa a explorar beneficios y vender los hipnóticos artefactos en el mercado sublunar, mientras toca al fundador, guiado por un íntimo impulso, proyectar su difusión y penetración en las más alejadas órbitas del mundo supralunar.


jueves, 3 de marzo de 2011

Los forasteros



—¿Porqué se los llevaron?
La verdad, no llegué a enterarme.
—Pero, ¿vivían en tu escalera, no?
Sí, ya sabes, gente un poco retraída, antipática.
—Coño, sería que andaban con miedo.
Igual, pero cuando así es mejor darse a conocer.
—Sí hombre, e invitar a merendar a los cotillas.
¿Qué crees, que les íbamos buscando las vueltas?
—No sé. Creo que os parecían una amenaza.
Mira, te digo la verdad: yo no los denuncié.
—Pues alguien vería algo raro.
Hombre, no había más que verlos a ellos.
—No me digas entonces que no les seguías la pista.
Pues no. En realidad tenía, y tengo, otras cosas que atender.
—Claro, siempre hay donde mirar cuando no quieres ver.


miércoles, 2 de marzo de 2011

El niño me cuenta...



El hijo de un alto funcionario inglés instalado en el «continente» le confesaba con sorpresa a su padre: «¿Sabes lo divertido que es hablar en alemán? Sabes exactamente lo que estás diciendo, pero nadie más lo sabe». La boutade infantil admite diversas lecturas: una que atiende a las cualidades descriptivas del alemán, otra al estatuto superior del inglés y una tercera al sentido británico del humor. Lamentablemente nos faltan datos para determinar cuál de ellas debería ser la preferente. Sería útil, por ejemplo, conocer la edad del protagonista para calibrar el grado de ironía, y el tamaño de su arrogancia. Sería también necesario despejar dudas sobre su entorno bilingüe, que tan propenso lo hace a ese enfermizo ensimismamiento. Aun con estas precisiones, lo mejor, pero lo más difícil, sería entender ese extraño sentido de suficiencia que acaso lleve al muchacho, alentado por sus espíritus protectores, a instalarse en esa broma sabia de por vida.

Impresión y emoción


Si uno escucha la voz de la calle, advertirá que son pocos los que se declaran emocionados. La palabra ha ido desapareciendo del habla, salvo en tono de confesión. Las emociones han quedado afincadas en nosotros como un capítulo reservado, por demasiado revelador. El temor a que, a través de los gestos, demos con ellas señales de debilidad o flaqueza está siempre presente. En consecuencia, ese grado de transparencia personal parece peligroso para cualquiera que se mueva en medios marcados por la competencia. Esto ha hecho que en esas mareas ganen prestigio los que sirven como anclas emocionales. Nos referimos a personalidades muy logradas, impasibles a los altibajos de lo que les rodea, a los que su autocontrol les permite emitir en una única longitud de onda, bien sea la de la entusiasmo o la de la codicia. Sin embargo, la idea de que estos modelos por sí solos transmiten estabilidad e ilusión a su entorno no parece bien fundada. A los que seguimos percibiendo las emociones como señales, esos silencios emocionales nos resultarán a la postre sospechosos.

Ante la ausencia de emociones en esos ámbitos públicos, poco a poco han ido surgiendo sustitutos. Pensemos, por ejemplo, en la impresión, y más en concreto en la diferencia entre el individuo profundamente impresionado y el visiblemente emocionado. La impresión apenas deja huella externa y la interna es sólo presumible, porque no hay reflejo de ella. No es como la emoción, con la que uno alcanza a expresar algo madurado internamente, en un diálogo consigo mismo. Por eso podemos decir en declaración reflexiva que uno se emociona, pero nunca diremos que se impresiona. Podrá mostrarse, sentirse o verse impresionado, pero no puede impresionarse a sí mismo. Hoy los espectáculos, y el arte residual transmitido en ellos, se venden como algo impresionante. Sería económicamente aventurado anunciar un espectáculo bajo promesa de conseguir emociones. Las emociones programadas en emisiones televisadas nacen tan falseadas que nadie las reconoce como tales. Y cuando surgen espontáneas, por ejemplo entre las noticias, la falta de costumbre nos las hace intolerables. Probablemente corresponda al arte preparar en ese terreno emboscadas más sutiles, que no fomenten el sentimentalismo muelle y manipulado, sino que nos empujen a la audacia, a intentar con ayuda de la emoción volver a ser nosotros mismos.


martes, 1 de marzo de 2011

El último tributo del pueblo merague



Diseminadas entre tres o cuatro pequeñas poblaciones, las gentes del alto Terala vivían al amparo del Ngiché, punto culminante de la imponente cordillera del Ngama, justo donde brotan las aguas que lleva el caudaloso Tera. Parece que esa montaña inabarcable y tremenda escondía para ellos un símbolo de salvación, que oculto normalmente entre densas nubes se dejaba ver los escasos días claros del año como un difícil paso hacia otro mundo invisible. De su cultura han quedado testimonios sorprendentes, en particular algunos ritos relacionados con el uso de su lengua, el merague. Quizá sea lo más notable la asamblea que tenían por costumbre celebrar anualmente con la primera luna después del solsticio de invierno. Siempre se celebró en el mismo escenario, un recogido claro del bosque, aún hoy abierto como una cicatriz al pie de la sombría montaña. En los últimos años, al mismo tiempo que su lengua, el rito fue perdiendo el vigor que antaño había tenido.

El antropólogo Abraham Pierce, que estuvo presente en aquellas reuniones, cuenta con detalle cómo se desarrollaba el ritual. Se acudía desde los distintos poblados en procesión, acarreando una variopinta serie de objetos, generalmente utensilios, adornos y trastos de uso cotidiano. Frente a una enorme fogata recibía a la comitiva el chamán o sacerdote y acto seguido los asistentes se iban colocando a su alrededor. Para cada objeto se seguían pautas fijas. Cita Peirce en concreto el caso de una enorme cornamenta de algún tipo de carnero. Fue inicialmente presentada y ofrecida por el sacerdote, con la vista puesta en la montaña, y seguidamente lanzada al fuego. Hasta ahí el protocolo apenas se distinguiría del de otros ritos de purificación. Lo sorprendente venía después, cuando la comunión de los presentes cantaba reiteradamente el nombre del objeto en un tono cada vez más quedo hasta que finalmente se imponía el silencio. Estos pasos se repetían para cada uno de los objetos.

Tuvo ocasión Pierce de interrogar a los meragues sobre el sentido de la ceremonia. Según le contaron, la palabra «cornamenta» ya nunca volvería a aludir a objetos como el que fue pasto del fuego, sino a algo «más alto», que Peirce en un principio no consiguió descifrar. Intrigado por la respuesta, se vio obligado durante algún tiempo a mantenerse a la escucha para ver si la palabra volvía al habla común. Sucedió pasado un tiempo, en circunstancias bien distintas, ya que apareció convertida en algo así como «fuerza» o «potencia». En su informe a la Academia, Pierce daba a este cambio de significado una curiosa interpretación. El rito supondría, en su opinión, una ruptura de la alianza que ligaba a la palabra y al objeto referido, que una vez liberado y sublimado retornaría al seno de la montaña. Era para él sumamente significativo que la salvación representada por la montaña quedara ligada en la ceremonia a su condición de sumidero de lo concreto. Con la reaparición de la misma palabra con un nuevo significado, ajeno ya a lo concreto, se lograría la reinvención de esa voz en otro nivel, lo que vendría a suponer un ejercicio de abstracción, inspirado por el fuego, una vez más depurador universal de concreciones e imperfecciones.

Por osadas que parecieran las teorías de Pierce, el tiempo vino de manera indirecta a confirmarlas. Su discípulo Matthew Finsley tuvo ocasión, unos años más tarde, de seguirle el curso a este proceso de progresiva abstracción. En su cuaderno de notas señaló como momento decisivo en la evolución del lenguaje merague la última reunión celebrada. Para entonces el Terala venía siendo visitado por gentes de otros parajes que imponían las formas de uso y intercambio de objetos propias de las mercancías. Es probable que en algunos meragues se viviera esta práctica como una «degradación de la dignidad inmaterial de los objetos depurados» (en expresión un tanto alambicada de Finsley). En la ceremonia a la que éste tuvo acceso, la última de la que se tiene noticia, el ritual se alteró sensiblemente. Sin entregar objeto alguno, todo comenzó cuando frente al fuego apareció el sacerdote. Reclamó la presencia de una joven y ante ella se arrodilló y humilló mostrando su cabeza desnuda. Tomó la muchacha un corto machete y fue cortando lentamente, con delicadeza, su larga cabellera. Produjo honda impresión entre todos verle despojado del cabello y ofrendando sus restos en una pequeña bandeja antes de lanzarlos impasible al fuego.

En los días siguientes Finsley se mantuvo presto al habla de los meragues. Con creciente frecuencia empezó a escuchar «cabello», pero ahora como un signo de locura. Sin llegar a discernirse su significado, de ahí pasó a asociarse a grados indefinidos de «confusión», en expresiones que cada vez incorporaban más voces de otras lenguas. No hubo tregua para la palabra, que en esos contextos entreverados pasó a denotar la defunción de los objetos, en variadas formas que iban de la «destrucción» a la «aniquilación». Cuenta Finsley que, como consecuencia probable de los recientes flujos e intercambios, los meragues empezaron a preferir las palabras de los pueblos visitantes para hablar de cosas concretas, al no lograr trasladarles, e incluso ver fuertemente rechazado, el uso de cualidades y conceptos. En todas estas situaciones confusas siempre persistía el recurso a hablar del «cabello», presentada como un reducto y como la última palabra, pero tácitamente como fórmula de capitulación. En su memoria Finsley confirmaba este ocaso con un dictamen impropio de un estudioso y recurrente en lo poético: «Nunca lograron desprenderse de la imagen del agotado anciano. El aura en la que crujían sus pensamientos y sus palabras desapareció aquel día en el fuego. Puede que el eco de aquellos apagados cantos de despedida a las palabras siga vivo allá arriba en la montaña, intentando encontrar nuevos mundos a través de las profundas nieblas».