jueves, 24 de marzo de 2011

Comienza la danza


Coreografía de la chacona
Si uno se deja llevar por la danza, acaba viéndose arrastrado a un estado hipnótico en que la música manda. No es una consecuencia fortuita, es fruto de la primera intención y es también la primera lección. El estado de vigilia no está hecho a movimientos audaces o a saltos en el vacío. Si uno pone de por medio, no digo ya la razón, sino sus instintos de alerta vital, el baile no prospera y el incipiente éxtasis desaparece. De hecho, estas expansiones sólo aparecen en quien está fuera de peligro: esa sería la segunda lección.

Aquello de que el movimiento es una forma de expresarse, es una verdad relativa. En una danza los gestos deben de seguir un código preciso. Serán tan gráciles y ligeros como los ritmos que se impongan. En un extremo estarían esos ritmos tenues y variados en los que la hipnosis se convierte en concentración y exige el paso justo. Pero eso no vale para las multitudes. En tales casos lo que se impone es un ritmo bien marcado y una propuesta melódica tan breve como pegadiza.

Para marcar esos ritmos se suelen emplear percusiones de fondo, que sobreviven sin problema al alboroto del gentío. Seguramente ahí el corro de danza ya no pretende servir de palanca mística o de círculo ritual, sino que actúa a modo de lanzadera en juegos de aproximación y galanteo. Algo así debió suceder con los ritmos traídos a Europa desde el nuevo mundo, cuyos impenetrables rituales, si alguna vez existieron, se dejaron a un lado para aprovechar sus tonos insistentes y dar variedad al ambiente festivo.

Al menos en España, el siglo XVI debió de ser una época de cambios en amores y danzas. Muchas de las que más tarde se difundirían por toda Europa encuentran ahí su primer impulso popular. Hablamos de zarabandas, chaconas, pasacalles o folías. El lugar de paso es Italia y el marco artístico en el que quedarán fijadas sus características musicales es el barroco. La chacona podría servir de ejemplo. Las primeras se cantan con verso en España, pero como género musical alcanza cierto esplendor con los compositores italianos de inicios del XVII: Rossi, Cazzati, Merula. De ahí tomarán el relevo Händel, Bach o Purcell, que acabarán imponiéndole una estructura canónica.

Tratar de resucitar los ritmos antiguos siempre es un ejercicio aventurado. Puede que mejor que recorrer el camino del musicólogo sea acudir al primer destello de esa danza, a esos momentos de frescura en que el juego musical surge espontáneo y los pies comienzan a moverse. Me he fijado en la ciaccona de Cazzati, atraído sobre todo por la interpretación de Christina Pluhar y la alegre tropa de L’Arpeggiata. Lo maravilloso de esta genuina descarga al modo barroco es su juego instrumental, en el que ya parece anunciarse el concierto. Como punto de partida la tiorba marca las ocho notas que señalan la melodía con el apoyo del contrabajo. Las primeras variaciones corren a cuenta de los violines que insisten en ella tejiendo un vibrante dúo. Viene luego el contraste de timbres en el que sobresale la magia oriental del salterio. Del empaste de las violas surge después suntuoso el violoncello, al que se suma el clavicordio, entrándose en un concerto di tutti con la danza  lanzada a una suerte de frenesí que pronto se reduce a silencio.



Ciaccona (s. XVII), Maurizio Cazzati,
Christina Pluhar & L'Arpeggiata.
Vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=L_vrBLedI9E


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