sábado, 30 de abril de 2011

Oportunidad crítica


Con el actual caudal de posibilidades nefastas en manos de gestores tan cínicos y obtusos, una chispa creativa bastará para hacer de los desastres de diseño el negocio más próspero del futuro.

viernes, 29 de abril de 2011

La secundaria



En una ceremonia marcada por el boato y el fasto, el comprometido papel del actor secundario consiste en poner una nota de verdad en la almibarada composición de imágenes. Su irrupción suele ser breve, sin opción a la recreación del personaje. La naturalidad es su mejor baza, la única que aportará una señal de buen juicio en medio de tanta locura. Seguramente a ningún adulto del común le sería permitido posar con un gesto de infinito hartazgo como el mostrado por esa niña en la escena final del beso. Felizmente infiltrada en ese sublime instante, da al cuadro real un punto de discreta pero radical disidencia. Al igual que ella soportamos esa corona florida como si fuera de espinas.

jueves, 28 de abril de 2011

El Perseo jaqués


Temible cabeza de la Peña Oroel © autor
A medida que uno desciende del Pirineo, y más si se dirige hacia levante, empieza a recibir noticias y a sentir poco a poco, al paso por las simas que se esconden bajo tremendos peñascos, el rastro sulfúreo de fogosos dragones. En algunos lugares el divertido peregrino los encontrará a sus anchas, más o menos domesticados, festejando y vomitando fuego sobre las criaturas en carnavales y correcalles. En otros escuchará el relato del caballero que desafía al monstruo, ya sea en su versión céltica genuina o en otras más bendecidas, con San Jorge o San Miguel como paladines.

Hoy es el día en que me he asomado a uno de esos oscuros abismos. Lo regenta hoy una virgen, que denominan de la cueva, y que supongo actual dueña de la estancia que antes habitó un horrible dragón. Me entero de que fue allí, bajo la gigantesca mole rocosa, donde el dragón Oroel fue sacrificado por un valeroso caballero jaqués. El cuento debe ser antiguo, porque de la virgen no se hace mención y son las brujas de la montaña las que le asisten en su empeño. Su consejo es que pula bien su escudo hasta que la imagen se refleje como en un espejo y que en el combate evite la mirada del espantoso dragón, porque quedaría hipnotizado. El final con el desalojo y muerte del dragón es bien sabido. Estoy convencido de que de caminar hacia levante iría encontrando historias parecidas. El cuento parece haber dado mucho de sí y de hecho sus iconos siguen presentes en los museos e iglesias aragonesas y catalanas. Pero el caso de la peña Oroel es un poco particular, al dejar ver un poco mejor la trama primera. Aunque en el escenario de la sima tenemos al héroe y el dragón, falta la virgen. Además hay dos elementos singulares: las brujas consejeras y el escudo.


Perseo de B. Cellini,
según dibujo de J. Rotherham.
A poco que se aten cabos, todo queda en un pálido reflejo de la aventura de Perseo, cuando noblemente se ofrece a traer como regalo nupcial al falsario Polidectes la cabeza de la gorgona Medusa. La impedimenta del bravo Perseo parece más completa. No sólo dispondrá del escudo pulimentado y de una hoz mortal, sino de unas sandalias aladas con las que huir, de un zurrón mágico en el que llevar la cabeza y de un yelmo que le hará invisible. El consejo que recibirá para su empresa es también más nutrido. Hermes le dará el arma y le instruirá en su manejo, Atenea aportará el escudo pulimentado y le encaminará a las ninfas estigias, las cuales custodian los otros tres objetos. Las similitudes saltan a la vista: si el escudo pulimentado vale contra la Medusa, valdrá contra el dragón; si las ninfas consejeras viven en la laguna Estigia, algo tendrían de sabias y brujas. Queda por encontrarle pareja al belicoso Hermes y por saber si se tomaría a blasfemia convertir en virgen y cristiana a la astuta Atenea.


miércoles, 27 de abril de 2011

Sus calles


Calle de Solsona, Foto: Carme Roura (2007)
Las calles de una pequeña ciudad siempre esconden planes para los que no fueron concebidas. Nacieron para dar paso a la convivencia y muchas de ellas se ven agobiadas por su supervivencia. Hoy a algunas no les queda otro plan que convertirse en escenarios visitables. Con el argumento de que la ciudad no debe ser un espacio para la aventura bohemia, sino para la acogida, y consiguiente oferta y venta de servicios, la autoridad invita a los necesitados de feliz encuentro a un sugerente plan de travesía, sin riesgo de pérdida ni mayor incomodo, por ese dédalo de confusas e intrincadas calles en el que se mueve con aire ausente el vecindario.

Con todo, no siempre prosperan estos planes y el visitante busca hacer valer su propia idea. Los más osados se imponen como meta llegar hasta los circunspectos vecinos y salvar las distancias establecidas entre quienes circulan por las calles, entre el paseante intrigado por sus maravillas y el vecino que vive encerrado en su red urbana. Pero lo cierto es que al ritual de admiración derrochado por el primero en un gesto de cortesía, responde el segundo con una mezcla de descreimiento y resignación. Es natural que no cale, en quien a diario ve los altos muros de su muralla, esa intriga monumental que al visitante fascina. En su versión de la intriga trata de imaginar qué clase de monumental aburrimiento es el que ha arrastrado a ese transeúnte hasta su ciudad. Por eso se ve francamente sorprendido cuando el visitante, preso de una desorbitada emoción, le envidia una vida que a buen seguro desconoce y que tiende a sublimar, cautivado por el sosiego de sus calles vacías.

No es probable que llegue el vecino a sentirse dueño de tanta fortuna, pero es casi seguro que pronto dará media vuelta ante quien se la pretende endosar y desaparecerá de su vista. Lo más seguro es que vaya rumiando sobre su suerte, mientras recorre las estrechas calles típicas, llega al umbral de su pintoresco y vetusto portal y se adentra en su profunda oscuridad cotidiana. Cuando luego reviva ese encuentro, quizá busque la ocasión de atrapar esa rara fortuna, hasta que desquiciado se asome a la ventana, mire a sus calles de siempre y se le revuelvan las tripas.


martes, 26 de abril de 2011

Cosas del iris


Baix Berguedà © autor
Cosas que te enseña la foto. Ni siquiera la daría por buena. Es sólo ese efecto, ese momento en que los colores bajan a tierra y el cielo queda sumido en una amenazante oscuridad. Nada pasó luego, fue sólo un juego de colores. Un juego de rayos irisados, de esos que no fulminan, sino que fecundan.

Asomado al alero


Imagen de El cielo sobre Berlin, W. Wenders (1987)
Las alas parecen aupadas por un soplo de aire sobrenatural cuando se descubren tras los hombros del humano. Ese soplo mágico infunde en el alado una suerte de equilibrio que lo aleja y al mismo tiempo lo reconcilia con su estado natural. El ángel viene a ser un humano, pero ajeno a sexo y medida, siempre sobrio y suspendido en un mundo virginal. De ese equilibrio imposible no responde la teología sino la física, enmendando la nuestra con otra naturaleza posible, quién sabe si perdida en algún lance divino o simplemente desconocida. Para el humano entraña años de estudio afianzar ese equilibrio primero y convertirlo en severas ecuaciones. En ellas son los símbolos sucintos los que sobre el papel revolotean incesantes. De lo sobrenatural a lo natural pasando por lo subnatural. Así llegan las alas finalmente a su equilibrio, guiadas por una simbólica igualdad: el mundo parece querer cambiar, el cielo un poco menos.

lunes, 25 de abril de 2011

Sorteo de obstáculos


De las leyes que afectan nuestro avance, ninguna tan decisiva como la denominada ley de lateralidad compensada, según la cual cuando te enfrentas a un obstáculo y crees haberlo dejado a un lado, no tarda en aparecer ese mismo obstáculo al otro lado para ofrecerte nuevas vistas. Los cambios sucesivos de perspectiva, que resultan de la ley, acaban concediéndole al obstáculo una carácter nuevo, al tiempo que lo hace más familiar y conciliador. Sigue siendo un real obstáculo, pero, como consecuencia de la ley, en la práctica avanzamos como si estuviéramos hermanados a él. Todos conocemos individuos, que llevados al límite de su velocidad vital tratan de evitar esos regates avanzando a tientas fundidos en fraterno abrazo a su entrañable y polifacético obstáculo. Muchos no llegan a dar ese tierno espectáculo, pero con esta ley son mayoría los que desembocan en una parálisis, en equilibrio enfermizo a medida que se van identificando con sus rémoras personales, y lo experimentan además como una agradable sensación de alivio.


domingo, 24 de abril de 2011

Mundo sin días



Son espejismos que amanecen como días, días en que contemplas el mundo pasmado, como quien está ante una obra acabada, destinada a celebrar la gloria de los viejos días, días cada vez más extraños y ajenos, atacados de esa hueca solemnidad, tan fácil de reconocer en los falsos días, días a los que crees volver para revivir y en los que sólo encuentras un sórdido retrato de lo posible, de aquellos mundos una y otra vez repetidos, que atenazan a este necesitado mundo, del que empiezas a sospechar que se ha quedado sin días.

sábado, 23 de abril de 2011

Desde la inercia


Marcas postales de Pamplona (s. XVIII).
Enciclopedia Auñamendi
Los despachos de los corresponsales de prensa siguen incluyendo en su encabezado, junto a su nombre, el del lugar de origen y la fecha de la noticia. Siguiendo la misma regla, la mayoría de los escritores encabezan en sus diarios las entradas citando la localidad y fecha en la que escriben. Esto da pie a un recorrido que, a lo largo de las páginas, puede resultar fascinante: Venecia, Salónica, Cochabamba, Buenos Aires, Alejandría, Berlin, New York... Más modestamente, en día como hoy, mucha gente habrá encabezado sus impresiones de viaje de igual modo, e incluso, para dar fe de su presencia allende, habrá incorporado una instantánea en la que posa relajado junto a una estatua o un monumento local. Estos usos se han visto trastocados en los blogs, donde se mantiene la fecha, mientras que la localización ha sido sustituida por un título más o menos anodino. Por complicado que resulte titular las entradas, esa nueva convención en el encabezamiento no deja de suponer un alivio. De seguir en el antiguo régimen, me vería ante la tácita exigencia de registrar un día tras otro, en cabeza de mis entradas, y obsesivamente: Pamplona, Pamplona, Pamplona,... No hay nada más absurdo que este tipo de crueldades convencionales y gratuitas, sobre todo cuando recargan esa sensación de ahogo que va madurando uno mismo.

viernes, 22 de abril de 2011

Mínima 39


Santo y bueno, ¿no será mucho pedirle a un humilde mortal? ¿no será mejor que te apuntes al santoral cuando tengas un buen día?

Rebajemos el tono


Frente a los que creen que a través de soterrados criterios cognitivos, ahora estadísticamente al descubierto, ciertas personas se ven necesariamente convocadas a la fe, el polemista inglés alegaba con razón: «La idea de un dios amoroso en un mundo atormentado no es una paradoja constructiva, es una lectura errónea e interesada de los hechos».

jueves, 21 de abril de 2011

Eco rasante


               Si en el vuelo terco planeas,
                es inútil que busques presa.
                Nunca serás cazador,
                en tus ojos libran batalla tus sueños.
                Y como nada pesan, se levantan con tus alas,
                abiertos al azote de los vientos,
                atentos a las voces extraviadas
                en el encendido cielo del deseo.


miércoles, 20 de abril de 2011

El cerebro y el cabello


Últimamente el empeño, siempre razonable, de divulgar la ciencia se enfrenta al peligroso juego de la jibarización. Corre el cuento de que buena parte de la jerga que envuelve a las grandes teorías científicas es prescindible y que, en consonancia, el esfuerzo intelectual dedicado a entenderlas podría ser mejor empleado en ocio más productivo. Como en el caso de las diminutas cabezas que los jíbaros guardaban como trofeos, parece que la miniaturización intelectual podría servirnos como garantía de conservación de nuestro órgano supremo, el cerebro.

En la proclamación de su línea editorial, un conocido editor apunta como tarea básica para su último proyecto de divulgación «hacer comprensibles las teorías científicas más importantes e intrigantes», un propósito muy loable e impecable, pero nada nuevo. A partir de ahí comienza su auténtico reto, al pretender explicar «las teorías más complejas en medio minuto, utilizando no más de dos páginas, 300 palabras y una imagen». Curioso lo de la imagen, que más parece un ancla en ese oscuro y proceloso «océano» de 300 palabras. Bastaría, puestos a ahorrar en imágenes, con una estampa fija de San Alberto Magno, indiscutible patrón y celestial asistente en lo tocante a las ciencias.

Llegados a este punto, parece inconveniente preguntarse cuáles son las teorías susceptibles de quedar en ese molde encasilladas, y más propio imaginar cuántas podrá asimilar por hora el lector conservando su sano juicio. El programa del editor es «intrigante» y también ambicioso: «teoría del caos, unificación, teoría de la relatividad, el gato de Schrödinger, las leyes del movimiento...» . Para evitar su pronta fuga, al lector remiso, a ese que cree que ya lo sabe todo, se le coloca ante esta ingrata tesitura: «¿sabes lo suficiente para poder participar en un debate informal o sorprender con tus conocimientos?». La respuesta es no, nunca sabemos lo suficiente y a casi nadie ya sorprendemos con nuestra ignorancia, pero para cruzar esa ominosa frontera bastan 300 cómodos pasos, además de coger el libro y pasar por caja, claro.

Pero esto me lleva a lo del principio, a ese ejercicio de reajuste de esfuerzos en el que vamos eliminando periódica e higiénicamente lo que parecen inservibles capas de corcho mental. Todo aquí me recuerda a la vieja paradoja de sorites, en aquella versión del hombre pelirrojo que, dotado de refulgente y encrespada cabellera, decidió sacarse pelo a pelo algún dinero vendiéndolos como amuletos. Nunca puso reparo a quienes le pagaban por cada uno de sus cotizados cabellos y nunca creyó tampoco que se quedaría calvo. Pero lo peor de todo es que ¡nunca se enteró de cuándo se había quedado calvo!.


martes, 19 de abril de 2011

El pico de la gallina


Por un conocido catálogo montañero me entero de que por fin ha sido localizado en Cantabria el pico de la Gallina, de lo que se da fe en una de sus fichas con la correspondiente foto y sus coordenadas al completo. Rodea a esta montaña una intrigante historia acerca de su emblema, un poco distinta de las que habitualmente corren sobre aves fabulosas. Tan evasiva ha resultado esa cima que llegué a confiar en que nunca atraparían los catálogos a esa gallina de leyenda. El caso es que, según cuentan, es la misma que un buen día, de mañana, comenzó a ascender a la montaña para intentar conocer al poderoso gallo que a diario atronaba al romper el alba. Con ilusión y entusiasmo juveniles, pero cada vez más fatigada fue poco a poco subiendo las largas cuestas. Gastó en ello casi todo el día y finalmente alcanzó la cima cuando el sol ya se ponía. Allí arriba, a medida que se hacía de noche, esperó pacientemente el canto de un gallo que nunca aparecería. Al día siguiente unos pastores encontraron en aquel lejano pico su cuerpo yerto. En medio de la conmoción que les produjo este hallazgo fatal, tuvieron aún el coraje de formar un sencillo cortejo y acompañarla a su última morada. Una vez abajo, a las puertas de la cofradía les recibió el hermano mayor, que actuaba de maestro de ceremonias, vestido de blanco riguroso y coronado con el gorro propio del ritual. Tomó el cadáver en sus manos y con aplicada soltura lo desplumó. A continuación abrió en canal la criatura, para ver si los auspicios eran buenos, y tras retirar las vísceras, alzó los restos en ofrenda. Cuando levantó la tapa del metálico sepulcro, desde el fondo subió un denso aroma y un animado borbor. Como gesto de solidaria hermandad, lanzó entonces una mirada cómplice a todo aquel coro de afligidos acompañantes. Acto seguido se volvió hacia los fogones y dejó que la gallina se hundiera solemnemente en la olla. Conmovidos aún por su desaparición, trataban todos de encontrar entre sus lamentos consuelo, y era deseo y esperanza común que el ave sepultada fuera de las gallinas buenas. Deseaban que pudiera así disfrutar de su merecido paraíso, mientras a ellos tocaba aprovechar los despojos, que en este mundo ingrato había abandonado su cándido pero esforzado espíritu. La historia parece acabar aquí, pero como ya le indiqué al geógrafo del catálogo, estas historias siempre reservan su final. Bien podría suceder que alguien allá arriba la volviera a encontrar y que siguiera el anterior protocolo. Por eso le advertí: «Que sean cautos quienes se sienten de comensales, no vaya a ser que les pille en la mesa el canto del gallo y cuando vayan a tirar de cuchara les resucite en la sopera la gallina».

Posdata: Ficha del pico cántabro en www.mendikat.net.


lunes, 18 de abril de 2011

Apeles y sus sombras


Mosaico de Alejandro Magno
en la batalla de Issos.
Aunque es poco lo que conocemos de Apeles de Cos, su memoria ha sobrevivido envuelta en un puñado de anécdotas. Pintor de cámara de Alejandro Magno, Apeles alcanzó en sus pinturas niveles de perfección insospechados. Al menos eso es lo que nos cuentan las crónicas, que se hacen eco de informes más o menos directos sobre su vida y obra. Pero lo cierto es que, más allá de lo contado por los informantes, sus pinturas hace siglos que desaparecieron. Un destino demasiado cruel para quien un día dijo: «Yo pinto para la eternidad». Quiso creer, como tantos otros, que la perfección técnica aseguraría la perdurabilidad de su trabajo. Y es cierto, perdura, pero como un eco o una sombra a la que los expertos persiguen en pinturas posteriores. «Aquí vemos la huella del inmortal Apeles» dicen, sabiendo que nadie se aventurará a contradecirles. Amarga ironía con la que el tiempo saluda a la retórica. Porque en pura retórica se quedan las obras resucitadas para hacer de ellas historia. Hace siglos, con el Renacimiento, se crearon otras nuevas inspiradas en la descripción de las originales. Y a partir de la Ilustración, han sido los frescos y mosaicos antiguos, los llamados a engrosar esa larga cadena de posibles copias de una copia de la copia. Faltan las obras, pero nadie, se dicen los ilusionistas, puede impedirnos hacer historia, aunque parezca retórica. Seguramente Apeles nunca imaginó su eternidad de esa forma.

Reconstrucción del mosaico de la Batalla de Issos,
de la Casa del Fauno en Pompeya, reproducción
de una pintura atribuida a Apeles, o quizá a Filoxeno.


domingo, 17 de abril de 2011

Palabra continua



Al tomar con el tiempo distancias, resulta bastante cómico ese acopio de énfasis que impacientes hacemos antes de tomar la palabra. En cuanto nos toca el turno, todo lo cargamos en ella como quien deposita ahí su confianza, cuando de sobra sabemos que toda palabra ha de ser interpretada. El final es un poco decepcionante, porque el futuro de esa enfática primera palabra queda reservado al que la interpreta. Y no suele dudar en decir su última palabra sobre aquella que hasta entonces teníamos por nuestra.


sábado, 16 de abril de 2011

Lo firme puede ser delicado


Cuando sobre una melodía la voz se alza libre, no siempre agrada asistir a su precipitada entrega a otras voces acompañantes. Puede que su desembocadura en el coro refuerce el volumen que la melodía no conseguía, pero dejará en evidencia el corto alcance de aquella primera voz. Si por el contrario, la voz sale al encuentro de ese mismo coro, o de un grupo de instrumentos concertantes, pronto asistiremos a un contraste de timbres y de tonos que sólo el buen oficio armónico logrará equilibrar, estructurar y encauzar. Y es que, acostumbrados en esto de la música a explorar el registro emocional, se nos olvida que hay en sus obras mucho de argumento arquitectónico, de debate más o menos tenso entre las voces participantes.

A la obligada pregunta de qué queda de toda esa arquitectura cuando sólo hay una voz, la mejor respuesta sería la espléndida voz de Maddi Oihenart. Sin más respaldo que el contrabajo, ella sola disipa ese espejismo de que una voz en solitario siempre sabrá a poco y confirma que la voz libre es un argumento musical poderoso. En ella obra e interpretación prácticamente se confunden y ofrecen una resolución musical del todo personal. Eso no implica un canto llano, monocorde y carente de relieve, sin argumento armónico. Si una voz libre encuentra, como en este caso, las palabras justas, escuchamos en la melodía el aliento de su intérprete. Con una entonación firme y bien afinada, pronto ese aliento queda prendido en el discurso melódico, alternando la intensidad con gráciles quiebros de la voz. Todo ello completa un juego vocal sobrio y elegante, resumen de un estilo muy propio, con resonancias en el canto popular, más en concreto en las pastorales suletinas, pero cercano también a la canción urbana, a los cantantes parisinos de los 60.

Con todo es imposible disociar a  Maddi Oihenart de su valle pirenaico, de su Zuberoa natal, de su entorno vital vasco. La canción, basada en el poema Ikusiko dira berriz de la escritora labortana Itxaro Borda, quiere ser una invitación a la esperanza en un mundo mejor, en el que las penas más resistentes y cercanas pronto podrán quedar aliviadas. Canta así Maddi en su primera estrofa:

         Ikusiko dira berriz,                  Veremos de nuevo
         Osto berdeak igitzen,              las hojas verdes temblar,
         Erreka idorrak erriz,                los ríos secos reír 

         Gerezitziak lilitzen.                 y los cerezos florecer.



Ikusiko dira berriz, Maddi Oihenart,
Txema Garcés, contrabajo,
Album: Hari Biru, 2007.


viernes, 15 de abril de 2011

La voz de la verdad


Iglesia de San Miguel, Ayapa (Tabasco). Peachbkg/Flickr.
Decir que la voz de la verdad, o que la voz verdadera, corre peligro de extinguirse suena a catástrofe filosófica. Lo cierto es que ese suceso se avecina, aunque sus consecuencias a casi nadie importen. Es posible que la dimensión de la pérdida no sea espectacular, pero conviene tener en cuenta que hablamos de una verdad. Ninguna verdad puede considerarse pequeña, por diminuta que sea la lengua en que se exprese. Si una voz contiene la verdad, será capaz de expresar a través de ella el mundo entero. Si esa voz desaparece, el mundo cuya verdad sustenta se irá con ella.

El irónico destino ha hecho que esas voces verdaderas sean hoy dos, las de los últimos hablantes de una lengua, el ayapaneco, que desaparece, y que su verdad, aunque casi muda, esté en disputa. Dicen que tanto Manuel Segovia como Isidro Velázquez son gente reservada, dicen también que están mal avenidos y por eso no se hablan. Su lengua, la que ellos denominan Nuumte oote o la «voz de la verdad», ya no fluye y la verdad, que ambos representan frente al mundo, ha quedado en suspenso. Han decidido desoír la antigua voz que recibieron y llevarla a su final en silencio. Hay quien dice que no será gran trastorno, que era una verdad reducida, que es un mundo pequeño. Cuando su camino concluya, deberemos también concluir que sin esa mirada nuestro mundo también será un poco más pequeño.



jueves, 14 de abril de 2011

Mercado natural


La naturaleza siempre ha sido un mercado pródigo. Más allá del dominio de hombres, animales y tierras, que es gratuito a la fuerza, estaría el asombro mágico que siempre ha estado en venta. Con él antes se lograba atrapar los confines, en lo que hoy son ya tierras de frontera. Los colonos encuentran a precios de saldo paraísos y los infiernos se alquilan por temporadas a los poetas.

miércoles, 13 de abril de 2011

Al origen


Nuestra indefinición, nuestra falta de respuesta a las situaciones, hace tiempo que nos ha convertido en un valor de cambio homologado, en algo equivalente al papel moneda. Esto ha facilitado la aparición en torno a nosotros de percepciones globales para las que sólo somos activos comerciales empaquetables en unidades superiores, donde el interés empieza a ser más claro y definido que el representado por las simples personas.

La reacción personal a este estado de cosas, siempre tímida y juvenil, se ha venido encauzando por la vía de la diferencia. Una necesidad urgente, y a veces patética, de distinguirse se ha ido instalando, en muy diverso en grado, en cada uno de los sujetos sometidos. Pero ese afán de distinción no asegura por sí mismo ni la relevancia ni la supervivencia de la propia singularidad, y menos cuando esta se hace derivar de un ente superior con el fin de remitirla a algún origen distinguido e indiscutible.

Autoritratto (1936), Alberto Savinio,
Galleria civica d'arte, Torino.
Vamos viendo que ese afán y la necesaria derivación se concretan en la búsqueda y el reconocimiento de un origen. Hablando del origen en su Nueva enciclopedia, Alberto Savinio defendía la opinión de que la resolución de esa búsqueda nunca ofrecerá al individuo originalidad sino servidumbre, y lo hacía con un argumento etimológico: «originalidad debería significar en puridad que uno tiene en sí mismo su propio origen». Partiendo de ahí todas esas derivaciones en las que el falso original encontraba sostén vendrían a ser formas de sumisión, formas de acogerse a una entidad dominante. Un dominio que la originalidad, y a costa de grandes esfuerzos, nos concede únicamente sobre nosotros mismos.


martes, 12 de abril de 2011

Mirando al diccionario




Analizar es imponerse cierto grado de penetración, libre de prejuicio o temor, en algún cuerpo de conocimiento. El bisturí puede darse por bien empleado cuando sin daño irreparable, es decir sin dar lugar a equívocos, se alcanza el meollo de las definiciones. Este imaginado cirujano suele mostrarse cómodo y aseado en labores superficiales, en aquellas que no exigen desmembrar o identificar nudos complejos. Más difícil le resulta la tarea cuando el conocimiento abarcado quiere ser profundo y general, y más aún cuando la propia tarea obliga a definir el objeto de esa tarea. Es como si en esa situación el cirujano se viera lentamente sumido en un agujero insondable que reclama nuevos instrumentos con tan solo las viejas destrezas. Los más complejos de analizar serían los casos en que el propio proyecto obliga a definir la voz o la expresión que lo identifica. Entre los más comunes estarían los diccionarios, las enciclopedias y en cierto modo también los almanaques.

Quedándonos en los primeros, si uno acude a buscar la voz «diccionario» en los diccionarios más comprensivos, puede quedar francamente decepcionado. Basta observar el caso del DRAE, donde únicamente constan estas dos acepciones:

1. m. Libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada.
2. m. Catálogo numeroso de noticias importantes de un mismo género, ordenado alfabéticamente. Diccionario bibliográfico, biográfico, geográfico.

Si no supiéramos lo que es un diccionario, creo que difícilmente nos haríamos idea de qué tenemos entre manos, pero como en general lo sabemos, quedamos más bien confusos ante las referencias a «libro», a «catálogo», a «noticia importante». Es cierto que el criterio ordinal se señala en la segunda, pero nada se dice de ese orden alfabético en la primera, lo que daría a entender que cualquier orden vale en los diccionarios y que los habitualmente usados deberían ser precisados como diccionarios alfabéticos, dejando así muy amplio espacio semántico a otros posibles órdenes que aún desconocemos.

Creo que el propio diccionario de la RAE encaja mal en la segunda acepción y muy vagamente en la primera, donde sólo tolerando cierta holgura semántica —improcedente en este tipo de obras— se puede confundir «explicar» con «definir» y dejar «ciencia» o «materia determinada» en tan triste situación que ni al propio diccionario ampara.

Sabe mal afear por contraste, pero quisiera dar cuenta de que la tarea de definir «diccionario» ha sido afortunadamente posible. El diccionario Merriam-Webster propone cuatro acepciones, la primera de las cuales (probablemente la más precisa) traduzco:

Fuente de referencia en forma impresa o electrónica conteniendo palabras normalmente en orden alfabético junto con información sobre sus formas, pronunciaciones, funciones, etimologías, significados y usos idiomáticos.


lunes, 11 de abril de 2011

Inquisitoria


¿Sería mucho pedir que no nos juzguen por lo que no hemos conseguido? Ellos no consiguen degradarnos, y aun así ni nos molestamos en juzgarlos.

Amores herculanos


Orpheus singing (1948), G. Marcks.
Adornado por silvestres galas, en busca de urgente tálamo donde ahondar con ímpetu fogoso, es Hércules quien llega y con alardes a todos desprecia. A la tierna música se declara sordo y a las calenturas propenso, mal si las ventila a mano pronta, peor si corto de pulso se agarra firme a las cuerdas y pretende como Orfeo tañerlas. Agotado entre estridencias, cae rendido el pupilo, y de súbito Hércules en la floresta despierta con el garrote bien tenso, devorado por dos panteras.

domingo, 10 de abril de 2011

Alto en el camino


Camino de Ilarraundi (Goldaraz) © autor
Esperas el domingo para salir de la rutina y el domingo te ofrece lo que le llega. Hoy, lluvia. Incomoda al principio, pero luego te vas haciendo al camino y pronto lo olvidas. Lo que no ha podido ser con el tiempo, suele ser posible al elegir destino. Es verdad que esa es una elección un poco más desvaída, menos trascendental que antes, una elección que ha perdido parte de sus exigencias. Contaba mucho, por ejemplo, la altura de la montaña y sus vistas, un posible encuentro con otra gente, la novedad del lugar, el paisaje y hasta la comida. Ahora con lo que tengo a mano cerca de casa casi me basta, aunque siempre se agradecen nuevos horizontes. El destino empieza a ser el camino. Uno elige el camino y confía en que el entorno y el ambiente —que no son lo mismo— vayan dando réplica a su esfuerzo. Estoy por decir que he perdido casi mi obsesión por las panorámicas y que, pese a mantener viva la curiosidad, ya no tengo ese interés jupiterino por abarcarlo todo con la vista. Y eso que hasta hace cuatro días, como quien dice, repasaba y saludaba desde la cumbre, y con sus nombres, cada uno de los montes a la vista —una pedante lección que acogía con admiración el párvulo de ocasión y con indisimulado deleite yo mismo. Ahora va uno a otra cosa, a otro tipo de detalles, y si conoce el camino aún más. Que si aquel recodo, que si aquí empieza la cuesta, que si llegamos al árbol del muérdago, que si este año no han salido aún los narcisos... A veces te giras para avisar: ¡cuidado, barro!, ¡ojo, que se resbala! o ¡por aquí, a la derecha! Pero el momento que más esperas es sin duda ése en que se oye un rumor entre los arbustos, y ahí te detienes de repente, miras hacia atrás excitado mientras señalas el vacío con la mano y preguntas entonces a media voz: ¿lo has visto, verdad?

sábado, 9 de abril de 2011

Bach se despide de su hermano


Cembalo, J.D. Dulcken (1745)
Kunsthistorisches Museum, Wien.
Con el ancla echada aquí frente al teclado, a uno se le escapan suspiros al enterarse de los viajes del prójimo, viajes que su imaginación inevitablemente convierte en una gráfica sucesión de escenarios y episodios maravillosos. Es tan tosca, sin embargo, mi óptica en estas visiones que el viajero que hiciera su entrada en la plaza del mercado de Leipzig en poco se diferenciaría del que recorre las frondosas selvas del Nuevo Mundo. Al final afinar en este punto es una cuestión de escalas y la imaginación casi nunca las corrige. Podrá corregirla a la vuelta el viajero con su relato, cuando cuente que no fue todo realmente tan maravilloso, que fue instructivo sí, y sorprendente, y dramático, y a ratos arriesgado. Igual añade que, estando tan expuesto al azar, esas maravillas no eran para disfrutarlas y que en nada quedaron, y que afortunado soy yo de tener tan cautivadoras vistas desde mi cómoda penumbra. Puede que tenga razón, pero hay algo que no le digo por no abrumarle con cargas inútiles: si él no viajara, yo tampoco viajaría, y se esfumarían esos mundos tan animosa y rápidamente levantados. Porque éste es un juego serio, que tiene ganancias y que también tiene pérdidas. A cambio de esos viajes que generosamente el prójimo te regala, pierdes su compañía, aplazas paseos, sobremesas y conversaciones, y te quedas en tu cámara a media luz, mientras te van llegando imágenes de aquellos mundos lejanos, templando tu teclado con la música. Pudiendo elegir con ella una figura, nada mejor, dada la ocasión, que una fuga.


Capriccio sopra la lontananza del suo fratello dilettisimo
en si bemol mayor. Fuga final,
J.S. Bach,
Rudolf Serkin, piano. Concierto en Lugano, Mayo 1957.


viernes, 8 de abril de 2011

Una tontería


El punto fuerte de las máquinas computadoras, el que lleva camino de conferirles auténtico poder es su mimetización del comportamiento humano. Que por el momento esa imitación no se produzca por propia iniciativa es tranquilizador, aunque sin duda es posible, y temible, que pronto aprendan a imitar el muy humano arte de la imitación. En inteligencia artificial algunos de los programas que gobiernan los aparatos se basan en rapidísimos recorridos algorítmicos por complejos árboles de posibilidades efectivas, pero no creo que sea por ahí por donde nos van a pillar. Lo que está bajo lupa es nuestro lenguaje, con su inagotable y flexible repertorio de palabras, giros y trucos. En realidad, donde hoy se mide la inteligencia de las máquinas es en la sintonía que mantengan con él.

Ahí cabe siempre la sorpresa. Si podemos sorprender al humano que tenemos al lado, ¿porqué no vamos a poder sorprender a quienquiera que se encuentra al otro lado del tabique?. En esto se basa el conocido Test de Turing. El autor del interesante The Most Human Human, Brian Christian, que participó en una competición montada sobre este Test, cuenta en la obra detalles de la dificultad existente para discriminar efectiva y correctamente entre humanos y máquinas. Cuenta, por ejemplo, que en cierta ocasión, tan convencido estaba uno de los jueces de estar en contacto con un humano, que no dudó en quedar al final para tomarse unas cañas con él, en una salida sin duda algo tonta. Para su sorpresa, al otro lado del tabique su interlocutor se bloqueó y comenzó a soltar lastre algorítmico y retazos lingüísticos en crudo; en resumen, una confusa réplica de incoherentes tonterías. Visto este caso, entiendo que habría que cultivar ese terreno y desafiarles al juego de la tontería. Tenemos aún grandes posibilidades a la hora de hacernos el tonto, o si se prefiere de simular y modular nuestra ignorancia. Sabemos de gente que tiene dotes innatas en este campo y pienso que reuniendo a los mejores no tardaríamos en distanciarnos de las máquinas con sus inteligentes monotonías.

El líder despega



Hasta quienes hemos hablado desde discretas tribunas conocemos esa sensación embriagadora de las palabras, ese momento en que acompañamos nuestra incontinencia con gestos enfáticos y teatrales, y creemos haber sometido al fantasma que nos amenaza desde el público. Por su parte, el público espectador no siempre es consciente del engaño que acepta al seguir atónito semejante despliegue gestual. No es que no se capte el cambio de tono y la encendida oratoria del poseído, es que la actuación desmedida deja a su locuacidad convertida en un manso arrullo de fondo. Sólo algunos se atreven discretamente a terciar apuntando «¿no os parece que este hombre se celebra un poco cuando se escucha?».

Otra distinta es la perspectiva del tribuno que cree conocer y administrar sabiamente todos esos efectos verbales. El siglo XX ha conocido desde sus inicios líderes de todos los colores cuajados en las tribunas frente a masas militantes, que les otorgaron agradecidas su devoción a cuenta de crédito político. A todos los ha ido encuadrando el tiempo como hijos de su época, reconocibles por semejanzas sospechosas, sobre todo cuando ebrios de palabrería empezaron a perder pie y a hacer carrera de profetas para sus multitudes. Quizá sorprenda ver que fue precisamente Theodor Herzl, el iniciador del sionismo, quien mejor concretó ese crítico momento de despegue en sus diarios: «Veía y oía cómo nacía mi leyenda. El pueblo es sentimental; las masas no ven con claridad. A mi juicio, ya no tienen una idea clara de mi persona. Empieza a levantarse una ligera bruma a mi alrededor, que tal vez se convertirá en la nube en que ando».


jueves, 7 de abril de 2011

La palabra muda


Venus de Brassempouy (23.000 a.C.)
Puede que la palabra nunca se escriba, pero puede también que nunca se pierda, bastará con que en su círculo se mantenga siempre viva. Celebrarla puede ser algo propio de luna llena, mejor aún de año en año, para que la ceremonia tenga testigo solemne y vaya con el devenir de los ciclos. Ellos y ellas, sin distingos, pero de hábito riguroso y a cabeza cubierta, subirán en procesión hasta el calvero más alto. Todo esto empieza al ocaso, con más reflejos que luces, avanzando por el bosque, entre discretos murmullos. Arriba el acto es sencillo. Se cierra en círculo el coro, se encienden las antorchas, se hace un profundo silencio y sale al centro el orate. Al tiempo que los cofrades se descubren, desde la enramada da el búho las dos notas, con ellas canta el orate la palabra muda, el coro la entona vibrante al unísono y el ave sabia emprende su fantasmal vuelo. Con el ave huye el son a la oscuridad, pero un eco de fondo lo retiene, los cofrades lo envuelven en un silencio de sayones y lo bajan al pueblo como un secreto susurro. Y allí un año más se guarda muda la secreta voz, al abrigo de los vientos, a la espera de que llegue su futuro.

miércoles, 6 de abril de 2011

Emoción e impresión


Si uno escucha la voz de la calle, advertirá que son pocos los que se declaran emocionados. La palabra ha ido desapareciendo del habla, salvo en tono de confesión. Las emociones han quedado afincadas en nosotros como un capítulo reservado, por demasiado revelador. El temor a que, a través de los gestos, demos con ellas señales de debilidad o flaqueza está siempre presente. En consecuencia, ese grado de transparencia personal parece peligroso para cualquiera que se mueva en medios marcados por un ambiente de competencia. Esto ha hecho que en esas mareas ganen prestigio los que sirven como anclas emocionales. Se trata de personalidades muy afirmadas, impasibles a los altibajos de lo que les rodea, a las que su autocontrol les permite emitir en una única longitud de onda, bien sea la del entusiasmo o la de la codicia. La idea de que por sí solos estos modelos transmiten estabilidad e ilusión a su entorno no parece bien fundada. Percibimos las emociones como señales y esos silencios emocionales resultan a la postre sospechosos.

A falta de presencia en esos ámbitos públicos, a la emoción le van surgiendo sustitutos. Para verlo un poco mejor, obsérvese la diferencia que separa al profundamente impresionado, tan común, del visiblemente emocionado, tan escaso. La impresión apenas deja huella externa y la interna es sólo presumible, porque no hay reflejo de ella. Sin embargo, con la emoción uno alcanza a expresar algo madurado internamente en un diálogo consigo mismo. No es casual que uno declare en modo reflexivo que se emociona, pero que nunca pueda decir que se impresiona. Podrá mostrarse, sentirse o verse impresionado, pero no puede impresionarse a sí mismo. Hoy los espectáculos, y el arte residual transmitido en ellos, se venden como algo impresionante. Sería económicamente aventurado anunciar un espectáculo bajo promesa de conseguir emociones. Las emociones programadas en emisiones televisadas nacen tan falseadas que nadie las reconoce como tales. Y cuando surgen espontáneas entre las noticias, la falta de costumbre nos las hace intolerables. Probablemente corresponda al arte preparar en ese terreno emboscadas más sutiles, que no fomenten el sentimentalismo muelle y manipulado, sino que nos empujen a la audacia, a intentar emocionados volver a ser nosotros mismos.


martes, 5 de abril de 2011

Un átomo de desdicha


Átomo feliz, en panoramio.com
Si hemos de fiarnos de las localizaciones fotográficas de Google Earth, la escultura que arriba se muestra se encuentra en la entrada a la central nuclear de Fukushima Daini. Su situación y su nombre, Átomo feliz, subrayados por la cándida imagen de los niños bailando, lo han convertido estos días en una cruel y plástica ironía. No sé si a estas alturas el artefacto sigue ahí o si ha quedado destruido por el maremoto o las explosiones posteriores.
En medio del drama, su desaparición sería un incidente más, pero el único que podría ser visto como un acto de justicia. Sería penoso que sobreviviera y llegara a ser el ridículo e invulnerable icono de estos tremendos días.


Diálogos espaciales


Supongamos el siguiente caso: Un humano común, no un personaje de ficción como Superman, ajeno a tiempo y lugar, con un entorno social estable y su sensibilidad a punto, se ve en la necesidad de construir un discurso comunicativo que llegue a alguien que no conoce reglas comunicativas ni se sabe receptor de mensaje alguno. Parece un problema extremo y, sin embargo, es y ha sido bastante frecuente. El niño autista o Kaspar Hauser son los ejemplos más inmediatos en su enfoque pedagógico, está luego el caso de las corrientes migratorias que ha añadido a la misma cuestión mayor complejidad lingüística, pero es frente al extraterrestre donde nos encontramos sin un elemento básico, el interlocutor.


Como el contacto físico es en este último caso puramente especulativo, la tendencia natural conduce a imaginar un sujeto receptor. Consecuentemente, el diseño que resulte para éste condiciona, si no dicta, las bases del discurso. Un sujeto receptor, diseñado para el diálogo, no puede alejarse mucho de nosotros. El lenguaje elegido no suele ser el de las proteínas, ni el de la comunicación celular, es un lenguaje estructurado en torno a nuestras verdades, aunque esas verdades puedan no ser más estables que el entorno social que las sustenta. Esta suerte de absolutismo veritativo no le impidió a Hans Freudenthal intentarlo. En 1960 creó un lenguaje exploratorio, Lincos (Lingua cosmica), para enviar un mensaje espacial que, siguiendo las prescripciones del organismo demandante, incorporase lo más característico del conocimiento humano. Para esa emisión en busca del extraterrestre se incluían, además de las verdades matemáticas, una serie de conversaciones que ilustraban, con el juego de preguntas y respuestas, la semántica en la que se desenvolvían nuestras estructuras comunicativas.

Algunos hablaron de inconsistencia para descalificar esta construcción comunicativa, a la que tildaron de frágil y discontinua, a causa de su indefinición sintáctica. En su opinión esa falta de definición hacía que se abriera en el artefacto lingüístico una brecha profunda entre las verdades conocidas y los usos previsibles. Freudenthal, muy bregado como pedagogo y estudioso de la fenomenología de los formalismos matemáticos, mostró a sus críticos sin apaños el odioso rigor de las leyes lingüísticas, en concreto de las que ligan formalización y comunicación. «Hay niveles diferentes de formalización» decía, «y en cada caso tienes que adoptar el más adaptable al problema de comunicación particular; si no hay problema de comunicación, si nada tiene que ser comunicado en el lenguaje, puedes elegir la formalización completa». En realidad, ya sabíamos que la lógica por sí sola no crea un discurso comunicativo. Lo que él venía a recordar es que son los márgenes de indefinición, o de adaptación sintáctica si se prefiere, los que pueden dar cabida a distintos usos y perfilar posibles destinatarios. Serían precisamente esos márgenes los que harían del artefacto lingüístico un vehículo de ida y vuelta, capaz de canalizar algún tipo de diálogo espacial.


lunes, 4 de abril de 2011

Génesis del monstruo


Cuando nuestro espíritu amigo no responde, toca a nuestros fieles monstruos hacer de nuestros sueños realidades, realidades que nacen monstruosas, tan naturales como nuestras, tan cómodas como odiosas.

domingo, 3 de abril de 2011

Caminos interiores


Hubo un momento en que el porvenir del siglo XX empezó a ser visible en el mapa formado por los innumerables caminos emprendidos por quienes de mejor o peor grado cruzaron el obligado umbral de 1900. Uno de ellos, el novelista Schnitzler, pronto vio con preocupación la desfiguración de aquellas nobles aspiraciones cuya traza se remontaba a los inicios del siglo anterior, y con ella la de los caminos personales que les daban impulso. Reducidos a claves y consignas, cada vez más engranados y cercanos a los tópicos, casi todos ellos prometían la llegada de un venturoso renacimiento social en un nuevo mundo.

Schnitzler publicó en 1908 la novela titulada Der Weg ins Freie. El propio título jugaba con el destino y significación de ese camino (weg), que lo mismo nos podría conducir hacia el exterior que hacia la libertad. Sobre la auténtica naturaleza de ese camino fue más explícito a través de uno de los personajes. Al hilo de una discusión sobre la salida de los primeros judíos vieneses hacia Palestina, embebidos en la fe sionista predicada por Herzl, el joven Heinrich declara: «Cada uno debe ver por sí mismo cómo salir de su cólera, o de su desesperación, o de su desazón, para ganar algún lugar donde pueda respirar libremente. Quizás haya gente que para eso deba ir hasta Jerusalén… Sólo temo que muchos de ellos, una vez alcanzado ese pretendido fin, se vuelvan a encontrar completamente desamparados». Y añadía: «No creo del todo que tales marchas hacia la libertad se puedan emprender en grupo… pues las rutas que conducen a ella no discurren por fuera, por el campo, sino dentro de nosotros. Y toca a cada uno encontrar en sí mismo su propio camino». En esa búsqueda personal, que casi siempre tenemos pendiente, Schnitzler cree necesario invocar la que debe ser «oración cotidiana para el hombre honesto: La fidelidad a sí mismo».


Paradojas de la danza


Anna Pavlova, NYPL
Para el que baila, seguir los pasos no significa conocer ni aceptar puntos de fuga. Esa llamada al desvarío puede estar incluso pautada, pero ni deja huella, ni fija caminos. En algún momento el que baila deja de ser, está mentalmente fuera de tiempo y lugar, y aunque ajeno a todo, en su cuerpo se pertenece. Su identidad, dinámicamente expresada, rehúye toda nominación; en la armonía de sus gestos esa identidad inconfundible se naturaliza.

sábado, 2 de abril de 2011

Por tu cabeza


Si tu cabeza ha pasado a ser el precio de tus victorias, mejor que la mantengas en alto y aprendas de tus derrotas.

viernes, 1 de abril de 2011

Cielo azul


Apollon servi par les nymphes (1666-73), François Girardon
Grotte d'Apollon, Versailles
Sólo las multitudes nómadas que acampan regularmente en las playas hacen del azul del cielo un signo de pureza y lo reciben como una bendición. Ese cielo raso ha entrado a formar parte de uno de los ritos obligados de nuestras religiones contemporáneas. En ese rito los devotos se untan con diversos tipos de aceites y ungüentos antes de exponerse desnudos al sol benigno. Cegados por el astro, dejan pasar las horas ajenos a la creciente inclemencia que les va sorbiendo desde el tuétano hasta el seso. A medida que su piel se dora y amenaza con encenderse, vemos levantarse a los mancebos, furiosos como sátiros, galopando, saltando y atropellando todo a su paso antes de zambullirse entre las olas. El rito continúa cuando de las olas resurgen y con lasciva indolencia recrean su estatua frente a un coro de atentas y acaloradas ninfas a las que se presentan como hijos de Apolo. En ese recreo los vemos desperezarse indolentes y estirando sus brazos, como si les poseyera el espíritu burlón de las fuentes y las inocentes aguas se escurrieran para dar brillo a su figura. Llega después el momento álgido del rito con un juego de improvisados contactos y sorprendentes frutos. Avisados los faunos y otros númenes, contemplan divertidos desde los bosques cercanos la burda parodia de estos figurantes en su empeño por fecundar a las ardientes ninfas sin perder su flamante, rígida y apolínea compostura. Les asiste desde el azul el mismísimo Zeus descargando, ante el decepcionante espectáculo, sus rayos sin piedad. Junto a él, el Olimpo al completo ríe el cómico intento y compadece a estas tribus nómadas en su capricho ritual playero. Nadie allí entiende esa pretensión de festejar a Eros todopoderoso en su aventura enviando a pleno sol tras las redomadas ninfas, a una panda de eunucos protuberantes y sudorosos, sin otras dotes que sus relucientes músculos.