domingo, 31 de julio de 2011

Eclipse total


Tengo la impresión de que esta será mi última entrada en mucho tiempo. No sería capaz de dar razones de peso ni de hacer un discurso de despedida para justificar este apagón. A estas alturas cualquier lector podrá encontrar en el contenido del Almanaque razones propias que harán comprensible y sumamente acertado mi abandono. Quizá algún otro día, con la mente un poco más despejada y algún afán nuevo, reanude este intento.

sábado, 30 de julio de 2011

Matriz de imágenes


Escribir a partir de una palabra es dar prueba fehaciente de su fecundidad y rendir tributo a su capacidad para atraer y generar discursos. Visto así, toda definición vendría a ser un homenaje que honra y reconoce en cada palabra su atractivo y potencia. Sumadas todas, el diccionario nos dotaría de una fragmentaria luz con la que adentrarnos en realidades azarosas. Y con ese pertrecho, el discurso rebuscaría entre palabras y sus facetas hasta fijar secuencias de tímidos reflejos allá donde se adivina nuestra imagen.

Donde mudan los usos


Máscara melanesia (s. XIX)
Hood Museum of Art, Darmouth College.
Mi sensación es de profundo desconcierto. Repentinamente algo conocido y familiar pierde parte de su significado y parece sumergirse en un extraño y nuevo contexto. Iré al grano, si puedo. En la entrada ethnography, el Merriam-Webster dice «estudio y registro sistemático de culturas humanas». Ahí el peso de la definición carga indudablemente sobre la difusa idea de cultura. Me pregunto, y no acierto a saber, si encaja con ella un «estudio etnográfico acerca de cómo usa la gente sus calendarios para administrar su información personal». Si así fuera, incluso estas entradas que escribo serían materia de investigación etnográfica. Sería como verse convertido en un espécimen bajo el foco de una invisible y enorme lupa. Una lupa administrada por Google, que podría ser cedida para beneficio de la ciencia a sesudos y curiosos investigadores. Como los del Virginia Tech, firmantes de un reciente trabajo, titulado An Exploratory Study of Personal Calendar Use.

Hasta ahora la etnografía tenía para mí sus fronteras en Papúa, en Madagascar o en Mongolia, y en nuestras proximidades se dedicaba a recoger vestigios de costumbres y ritos ancestrales. El artículo en cuestión me pareció al principio ridículo, por el tema y por el escaso tamaño de muestra estudiada, y más tarde peligroso, como una puerta abierta a futuras exploraciones personales abusivas. Es verdad que no cuento con evidencia alguna de esos abusos y que la deformación del objeto y los métodos etnográficos da a todo este asunto un aire más que exótico. Pero tampoco puedo negarle atractivo a este nuevo análisis de nuestras anotaciones para deducir la compleja relación que mantenemos con el tiempo, ni a un metódico intento de explorar el uso de los calendarios como si fueran mapas de nuestro comportamiento. Quizá no haya muestra más fiel e informativa de los hábitos vigentes en nuestras actuales tribus que el calendario personal, al menos si nos imaginamos contemplados desde el futuro.


viernes, 29 de julio de 2011

De la vida en la granja


Isla de Utoya (Noruega)
El 2 de junio, Anders Breivik sorprende a un turista que merodea por los alrededores de su granja con la aparente intención de hacer alguna fotografía. En su cuaderno anota: «Sus gestos y su lenguaje corporal indicaban que mentía. Mi instinto me indicaba que era un oficial de policía»

El 30 de junio, tras interrumpir sus tareas en la granja, busca el chocolate guardado en una bolsa y encuentra un escarabajo. Al reaunudar el trabajo e ir a ponerse los guantes encuentra otro. En su cuaderno anota: «Claro que me he dado un susto. Después he comenzado a matar a todos los pequeños insectos que veía»

El policía disfrazado, los pequeños insectos... Una semana después, ¿quién no lo recuerda?


Política de los apóstoles trinitarios


Talismán de los tres cuernos
elocuencia, poesía e historia
Los sermones —y discursos— le son dictados por un sabio ángel, en los acuerdos —y contratos— estampa su firma de varón sin mácula, y de las buenas —y más rentables— obras pasa a encargarse personalmente su demonio.

jueves, 28 de julio de 2011

Canto límpido


Maria Stader
El canto debería surcar simplemente el silencio, sin ninguna otra compañía, sin otro aliento, entregando en el suspiro esa onda intensa y fluida que nos sacude por dentro. Si para algunos hasta respirar es difícil, a nadie extrañará que muchos se ahoguen en su propia voz. Son los mismos que reclaman palabras para animar el intento y convocan además a la audiencia para que sostenga atenta su esfuerzo. Con palabras o sin ellas, sigo creyendo que no hay mucho más en origen que ese diálogo entre voces y silencios.

A veces el canto nos suena como si surgiera límpida aquella primera voz que rompió el silencio. Ese es el sonido que evoca este Laudamus te, a pesar de escuchar la voz de Maria Stader acompañada por suntuosas cuerdas y aupada por armónicos bajos. Se diría que nunca tuvo que aprender en qué escala se recibe la inspiración ni qué tono puede alcanzar en su deleite. Nadie podría confundir su voz entre tanto instrumento, cuando como un navío primoroso, cargado de florituras, vibratos, coloraturas y algún que otro desaliento, se abre paso en nuestro oceánico silencio.




Laudamus te de la Gran Misa en do menor, W.A. Mozart,
Soprano: Maria Stader;
Radio Symphonie Orchester Berlin. Dir.: Ferenc Fricsay.


miércoles, 27 de julio de 2011

Mundo cruel


El mundo es cruel, hasta que lo doblegamos con nuestro espíritu normativo. A partir de entonces ya sólo es injusto.

Propuestas, preguntas, respuestas


Quienquiera que pregunte sabe que está haciendo una propuesta, por lo que debería de saber también algo sobre el mejor modo de hacerla y tener en cuenta que

-proponer una pregunta exige antes hacérsela uno mismo,
-proponer una respuesta equivale a invalidar la pregunta,
-proponer una consideración previa no es hacer una pregunta,
-proponer una consideración tras otra viene a ser una proclama.


martes, 26 de julio de 2011

Mínima 47


La cortesía y un libro de poemas sólo sirven en caso de emergencia, son el cinismo y un cuchillo jamonero lo que hay que llevar en la mochila de supervivencia.

El corazón se nos va


Nadie se acuerda ya de aquel entrañable corazón que nos enamoraba y que animaba nuestro pecho con suspiros, risas y llantos. Todo aquello es hoy una decadente metáfora que camina imparable hacia su definitiva desgracia. Pudo esa jerga sistémica, que tanto domina y agrada, haberla rehabilitado y conservado para el coloquio concediéndole, a falta de funciones, algún tipo de beneficio histórico. Le hubiera bastado al corazón un título, algo virtual como centro cordial de levedad —un contrapeso al de gravedad que arrastramos—, o quizá mejor, algo más administrativo como sede personal de operaciones emocionales. Pues no, nada de eso ha sucedido, el lenguaje empieza a ser un gobernante demasiado estricto. Con las crecientes exigencias la metáfora ha llegado a nuestros días agotada, convertida en un símbolo residual, gazmoño y ridículo. Y mientras ese corazón, con todo su halo literario, poco a poco se desvanece, vemos renacer uno nuevo en metáforas mucho más rudas y laboriosas. En la discreta categoría de símil funcional, el corazón ha vuelto a las pantallas, pero como una simple bomba de riego corporal. Una severa lección de humildad para aquel corazón en su día omnipotente, que algunos insensibles agravan incluso, al dejarlo en mero recipiente con el que trasegar de un lado a otro del cuerpo los anodinos nutrientes. Avejentado y sometido a fatiga, a nadie debería extrañarle: el corazón se nos va. Hasta la sangre, su imagen consorte de siempre, ha salvado sin problemas el final de la lírica y ofrece su nuevo servicio como metáfora violenta. Puede que eso les haya hecho distanciarse, algo muy natural. Si la sangre finalmente lo repudia, aquel entusiasta corazón, aquel que nos enamoró, tiene contados sus días.

lunes, 25 de julio de 2011

El carrusel



En literatura de circunstancias, como la que aquí practico, los aires del carrusel molestan y confunden, ya vaya el autor o el lector embarcado en el viaje. Con el retorno una y otra vez al mismo punto nos sentimos invadidos por un aburrimiento circular que apunta inequívoco a una lamentable pérdida de tiempo. Cambios de registro en el tono no se inventan todos los días, porque el tono, que al final marca la pauta y la partitura, es fruto del paso de los días. Son los hechos, y no los de los periódicos, los que nos arrancan nuevos registros, con resultado no siempre inteligible. Unas veces suenan como suspiros, otras como quejidos y en algunas ocasiones como desesperados gritos. Darle cuerda a todo eso es más difícil que hacer girar el carrusel y pasear cómodamente montado como un enigmático maestro, como un explorador pasmado, como un mitómano exquisito, como un revenido melómano, como una voz insustancial, como un pedante abatido, como un solemne eco… Y ahí ya me bajo, porque en esta feria no hay más caballitos.

domingo, 24 de julio de 2011

Aquí y ayer


Ensalada de verano
Pamplona/Iruña. Temperaturas registradas ayer: Mínima 13º-Máxima 18º.

Para encontrar entre esos números algo de calor hay que hurgar en la memoria de aquellos veranos en que la luz nos devoraba. Aquellos tiempos en que el sudor lentamente discurría y nos recorría de arriba a abajo sin que ventiladores ni brisas pudieran remediarlo; tiempos en que aterrado tanteabas de noche tus carnes tumefactas, las mismas que a los dos días lucías de un marrón acartonado; tiempos de boca seca, de lengua espesa, de discurso torpe y vocinglero, con voces entrecortadas, ronquidos tremendos, sobrados de espasmos, hipos, carcajadas y risas; tiempos para los conciertos gregarios, para los orfeones espontáneos, para las cuadrillas socarronas, para las insufribles rondallas, para las grandes paradas y desfiles familiares. Y después, para refrescarse, aquellas zambullidas agónicas en playas, en pantanos, en piscinas, en duchas, bañeras, pilas y pilones; y para espabilarse, las acampadas en la fragante jungla con aquellos tufos salvajes a pies, a sobacos, a manos, a entregarras; y para levantar el ánimo de la tropa entera, aquellos cabreos arrebatadores y contagiosos con amigos cercanos y lejanos, con parientes y allegados, con espontáneos paseantes y mirones. En la memoria quedan aquellos fogosas y benditas tardes de tiento y bochorno, de moscas y fiesta, de coitos y sacudidas, de frutas y músicas. Y campando por encima de todo, un cielo generoso: de día ardiente, con un sol siempre vivo, y de noche lúcido, al arrimo de la buena estrella.


sábado, 23 de julio de 2011

Su eco en la red



No estoy seguro de que la oposición entre apocalípticos e integrados arroje luz en la actual fase de la cultura de masas, una fase caracterizada por la implicación de las redes informáticas. Umberto Eco actuó en su día con un doble foco. Las artes que centraron su atención fueron el cine y el comic, por ser aquellas en las que mejor se apreciaba la ruptura con el pasado. El principio que marcó el signo de los nuevos tiempos fue la difusión general e industrial de la cultura, particularmente en esas dos ramas artísticas. Creo que la diferencia entre la difusión en red y la industrial no es una cuestión de grado, sino de otro orden. Creo que hay una marcada diferencia entre Superman y el Neo de la saga Matrix.

La perplejidad ante la nueva situación ha llevado a algunos a adoptar la mirada del Jano bifronte, ora como integrados ora como apocalípticos. La mirada del integrado sigue el curso fácil de lo tecnológico y apunta fascinada a la progresiva creación de una conciencia global a través de las redes. Desde esta perspectiva el integrado, leía en el blog de Berto Romero, «intuye mareas de pensamiento, flujos de opinión y fantasea con la construcción de una mente-colmena que potencie el cerebro humano hasta límites insospechados» y que incluso guíe la Gaia postulada por James Lovelock a un horizonte de autosuficiencia y omnisciencia dichosas. Por contra, bajo su mirada como apocalíptico todo aparece difuso tras una máscara un tanto levítica, que pide a gritos arrepentimiento y retorno a una fe artística en vías de desaparición. Aquella oposición que sirvió de base al análisis de Eco queda, pese al intento de equidistancia de Romero, convertida en un instrumento demasiado asimétrico y caricaturesco, necesitado de profunda revisión.


viernes, 22 de julio de 2011

Cuatro palabras


A modo de desenfadado homenaje, pero asomándole la emoción, su hermano Carlos nos contaba la despedida. Fue al acercarse a su lado cuando ella entreabrió los ojos un instante, buscó algo de claridad con la mirada turbia y sentenció con mortal fastidio «¡Qué asco de día!». Luego volvió a cerrar los ojos para no volver a abrirlos nunca.

¿Has encontrado tu contrarréplica?



Algunas teorías son extravagantes hasta que se confirman y otras lo son incluso después. Son mayoría, sin embargo, aquellas en que lo extravagante es intentar confirmarlas. Mal podría haber imaginado el Dr. Aaron Folger en su provinciana Aachen natal que un siglo más tarde la teoría que él postulaba como gran avance social y científico encontraría el entusiasta apoyo del movimiento serafista de los Hermanos Gemelos. En la sección de información local de un sucinto ejemplar del Pretorian Standard, publicado en Paradise (Nevada) y fechado el jueves 22 de julio de 2010, se recogía la siguiente noticia:

«Los Hermanos Gemelos anuncian una activa campaña de proselitismo, que juzgan definitiva para su destino en este mundo y decisiva para su bienestar en el otro. Desde su sede central, establecida en Bendy Farm hace ya unos veinte años, su portavoz Bill Carrey ha hecho un angustioso llamamiento público en el que ha diagnosticado con sobria precisión los males venideros en un inmediato futuro y ha animado a la población mundial a un examen urgente de sus responsabilidades personales. Seguidamente ha reclamado a todos «un gesto de audacia» para que cada cual busque el contrapeso que permita restaurar, primero local y después globalmente, el equilibrio natural. Sabido es que, según la teoría del Dr. Folger de la que los HHGG son fervientes seguidores, existe para cada individuo, en algún lugar del mundo y durante toda su vida, lo que él calificó como gemelo simpático, una suerte de réplica personal suplementaria que formaría a su lado un sistema de vasos comunicantes y llevaría a ambos a un estado de armonía y paz, fruto de algo parecido a un equilibrio hidrostático de humores. En opinión de Carrey, la teoría de Folger siempre ha tenido convencidos partidarios en América, pero ha gozado de una difusión fundamentalmente académica, y por lo tanto demasiado restringida. La intención de los HHGG con su campaña es promover la masiva presencia e infiltración en las redes sociales de perfiles personales, todo con el honroso fin de ayudar a cada individuo a encontrar su pareja, con independencia de raza, género o religión, y de lograr con ello una evolución personal armoniosa, neutra y correctamente estabilizada junto a su simpático. «De este modo», nos previene, «lograríamos atacar en su misma raíz todos los desequilibrios mundiales y por una vez avanzaríamos seriamente hacia el verdadero nuevo mundo, hacia la América en equilibrio"».


jueves, 21 de julio de 2011

El secreto del poder


Diálogo (1993), José Bedia
Melanio— Y sobre el secreto, ¿dirías tu que quien lo conoce también lo posee?
Progenio— Sobre todo diría que lo hace durar para que intrigue y rinda. Como guardián tiene el deber de cuidar de la palabra oculta, rodearla de misterio y hacer de ella un fulminante. Es entonces cuando siente en sus manos el peso del poder. Oye el clamor de la multitud y complacido ve el cortejo público que se acoge al misterio como si fuera un acto de sumisión a su palabra muda.
Melanio— Dices que es suya la palabra, ¿debemos suponer, pues, que es suyo el secreto?
Progenio— Suyo sería lo más sutil, ese poder tan volátil, las restantes fuerzas no. Con un rayo en la mano y solo frente al pueblo congregado es fácil sucumbir a visiones y creer que también la palabra es suya. Pero se equivoca, el sólo es custodio y representa un punto fijo. Bajo esa señal visible y dominante, un polo secreto sirve de resumidero a la dispersa energía. En su ingenuidad cree que todos le miran, cuando vive al acecho de la ansiedad, la angustia y otros impulsos polares de quienes sin estar en el secreto se saben sus genuinos creadores y dueños.


miércoles, 20 de julio de 2011

Me callo lo que afirmo



Entre afirmar y negar, entre decir y no decir, no hay día que pase en que no veamos aparecer posturas intermedias. Esta polivalencia viene de la mano de una retórica fácil para los falsos pronunciamientos. A modo de ejemplo, podríamos empezar por una  figura tan explícita como el «ni afirmo ni niego», seguida de la también muy común «yo no lo he dicho, tú lo interpretas». Otros, para no parecer a la defensiva, proponen un tono expiatorio, pero con negaciones etéreas, como «no es eso lo que quise decir»,  aunque sin dar pie a nuevo pronunciamiento. Abundan también fórmulas enrevesadas como «si lo dijera más claro, ya no sería cierto» o «cuando lo dije, puede que aún fuera verdad», con las que se exploran nuevos modos, cada vez más opacos, de pronunciarse. Y eso por no hablar de la remisión a «otras fuentes», que suele implicar necesariamente nuevas e imposibles encuestas.

Es verdad que esa ampliación de la bivalencia es iniciativa del actor, del que se pronuncia, ya sea en verdadero o falso. Pero, junto al que declara surgen las interpretaciones, que dependen en buena medida de las reglas de lectura del observador. De estas hay también muchas, casi tantas como observadores, si bien algunas son ampliamente aceptadas. En culturas poco dadas a los silencios y a su lenguaje escuchamos, por ejemplo, aquello de «el que calla otorga». Lo curioso es que este modo de extraer verdades, casi ortopédico, haya pasado a tener curso legal en la versión de «si no lo condenas, tú mismo te condenas». Algo parecido sucede al pasar la garlopa sobre supuestos, ironías y entrecomillados. Podría ser el caso de alguien que, sin remarcar el gesto, suelta «si yo fuera tú, igual me lo creería», y de quien, lejos de recibirlo como insulto, lo entiende como la anhelada confirmación.

Todo parecería un juego entre quienes declaran y quienes interpretan, entre los que quieren «evitar decir» y los que quieren «intentar adivinar», si no fuera porque quienes tienen la obligación de decir se dedican a interpretar su obligación y quienes tienen la tarea de interpretar se dedican a desdecirse en su tarea.


martes, 19 de julio de 2011

El valor de la belleza



Los cuatro caballos de la basílica de San Marcos en Venecia bien podrían servir como emblema de la codicia y la belleza. Napoleon se los llevó a Paris en 1798, donde fueron acomodados hasta su derrota de Waterloo en lo más alto del arco del Carrousel. Su periplo empieza, sin embargo, mucho antes de su estancia en Venecia. Allí llegaron en la Edad Media como botín de guerra, pero anteriormente coronaban un ala del famoso Hipódromo de Constantinopla. Probablemente tiraban de una cuadriga y aparecieron en la antigua Bizancio quince siglos antes, procedentes de la isla de Quíos como regalo de su tirano.

Fuera o no en nombre de la fe, en nombre de la cristiandad latina encabezada por el Papa, los cruzados saquearon Constantinopla en 1204 y la despojaron de sus riquezas. La lista de estatuas que allí desaparecieron debió ser larga, tan larga como la rapacidad de los saqueadores. Su destino nos ha sido referido por Niketas Choniates en su Historia:
Aquellos bárbaros, que odiaban lo bello, no permitieron que las estatuas presentes en el Hipódromo y otras obras de arte maravillosas escaparan a la destrucción, sino que hicieron con todas ellas monedas. Y así fue como grandes cosas se cambiaron por pequeñas, y aquellas obras creadas con enorme esfuerzo se convirtieron en monedas de cobre sin valor.

Podemos suponer que los caballos competían en belleza y valor con las estatuas que Niketas cita en su obra e incluso con otras de las que apenas tenemos noticia. A muchos les gusta creer que estos caballos de San Marcos representan, en medio de las vicisitudes, la pervivencia de la belleza intemporal. Lo cierto es que la historia de su disputada posesión no refrenda ninguna belleza moral, pero si aun así fuera, la creencia en esa pervivencia sería equivalente a afirmar que la desaparición de las restantes estatuas, la inmensa mayoría, constituye un sonoro triunfo del dinero. En realidad, ateniéndonos a esa mayoría, más claro resulta este segundo triunfo, que muestra probablemente el valor y el destino natural de la belleza.


domingo, 17 de julio de 2011

Artistas anónimos


Imagen del American Museum of Natural History
A través del tratamiento microscópico la petrografía obtuvo un enorme margen de evolución, que ha contribuido a mejorar la clasificación de las rocas y a conocer su estructura y composición minerológica. El método no es nuevo y se lleva practicando desde hace décadas mediante la aplicación de técnicas cada vez más precisas y discriminantes. Lo relativamente nuevo es reunir resultados petrográficos y presentarlos en un formato más propio de las artes gráficas para dirigirlo a un público general. En la imagen aparecen cuatro cortes de un meteorito, de cada uno de los cuales se ha realizado una serie de cuatro tomas con distintas polarizaciones. Todas ellas se han reunido en un cuadro de dieciséis imágenes y variaciones que dan una radiografía parcial de la roca.

Frente al cuadro, lo que pueda ser científicamente significativo quizá quede fuera de nuestro alcance. Pero eso no nos hace incapaces de observar en él detalles como la granulación, la textura o el colorido, y apreciar su variación y armonía. Decidir si estos factores, que surgen de la simple visión del cuadro, son criterios estéticos, además de distintivos científicos, es algo que requeriría una discusión más extensa. Pero de aceptarse, cuadros como éste seguramente deberían registrarse entre las artes gráficas. Y sería así, pese a la falta de intención o de conciencia estética del «artista».


sábado, 16 de julio de 2011

Icarontes


De guiarnos por los periódicos y sus noticias financieras, podríamos acabar creyendo que todo lo que llega a nuestras manos nos es dispensado a cuenta y con retorno a plazo fijo, y que es así hasta para el aire que respiramos. Si de acuerdo con esta impresión la vida es una simple fórmula de crédito, extendida a todo lo que cubre nuestro radio de acción, habrá que concluir que es un negocio ruinoso. Y habrá que empezar a distinguir entre el ánimo imprescindible para disfrutarla y esa invitación a fogueos para mantenerla en caliente —o recalentada, quién sabe—, estímulos que nos hacen ver la realidad como una cruda y permanente disputa con el resto de los vivos por el poder de la ventaja.

No hace falta acatar mandamiento moral para entender que el gasto emocional por hacerse con una de esas posiciones, por auparse con alas hasta hacerse visible a sí mismo por encima de los demás, es un plan a la larga insostenible. Algo recuerda a Dédalo, el arquitecto de vidas laberínticas, sin olvidarnos de su hijo el desfallecido Ícaro. Si con el primero celebramos el vuelo al paraíso, con el segundo reconocemos su dramático coste. Tras la llegada a su destino y la pérdida de Ícaro, seguimos a Dédalo en su destino, caminando bajo el peso de su ingenioso aparejo. Esas alas enormes le acompañarán para siempre, pero no como despliegue de supremacía. Esas alas las arrastrará como grotesco recuerdo del pasado y como muestra de su impotencia para afrontar en su paraíso una nueva vida.


viernes, 15 de julio de 2011

A la luz de la luna


 Nocturno entre matorrales © autor
En cuanto te acercas a orillas del Mediterráneo, tienes la sensación de enfrentarte a un sol distinto del que conoces, mucho más inclemente y dominador. A sus pies sometido, se extiende el azul profundo del mar, en el que todos buscan eludir los rigores de ese dominio sofocante y severo. Más bien en vano, y no porque falte agua sino porque sobra fuego. A medida que se apagan las luces, afloja en su ardor el día. A medida que se hace de noche, también aquí se abren espacios inciertos. Por ellos vagan algunos danzando como sonámbulos, mientras la mayoría aguarda en su rincón el alivio de la brisa y el sereno. De las noches opacas nadie guarda recuerdo, pero hay otras en que la luna se alza enorme, como un espejismo gélido, que nos anima a explorar y recorrer el paisaje, y a confundirnos con los fríos espectros.

miércoles, 13 de julio de 2011

En la isla


Higuera en el borde de un acantilado © autor
No quisiera meterme en líos a propósito de lo que pueda ser un país, pero conocerlo requiere recorrer en alguna medida el paisaje en el que se asienta y, si es posible, tomar contacto con el paisanaje que lo representa. En fin, país, paisaje, paisanaje, cuestión de pura etimología. Otra cosa es lo de tomar conocimiento o establecer contacto, porque ahí nos condiciona lo que por tal se entiende en cada país. Sin embargo, algo tan evasivo como el cambio de ambiente es fácil de percibir. Si llegas de un país sombrío, en el nuevo reconoces de inmediato los cambios de luz, y si vienes de un país montañoso, es lógico que llamen tu atención sus horizontes rebajados. Y así, si en una isla no consigues encontrar montañas, mejor será que tu interés se dirija a sus playas, calas o acantilados. Platos menores, quizás, pero suculentos a medida que se paladean. Lo único que hace falta es, como para las montañas, cargar la mochila y empezar a hacer camino, pero sin perder de vista el mar y sus orillas. Y olvídate de las posiciones dominantes, ya sabes de los altozanos, cumbres o cimas, porque no los encontrarás y de los largos recorridos, porque normalmente transitarás entre cercanías. A cambio irás descubriendo rincones de todo tipo, unos soleados y otros sombríos, unos oscuros y otros arenosos, de los que tomarás posesión y disfrutarás a resguardo de indiscretos. Son parajes en que la naturaleza es además de agradecida muy pródiga en fauna. Así que tampoco estarás solo, te acompañarán los pájaros y a buen seguro muchos otros animales, quizá más tímidos. Si te guían, déjate llevar hasta los roquedos, playas, cuevas y miradores que sólo ellos conocen, pero si te pierdes, tampoco lo lamentarás y le pondrás emoción añadida al día.

martes, 12 de julio de 2011

Bandeja china



Entrada la noche el desasosiego me suele hablar con diferentes voces, algunas de ellas muy tercas y, lo que es peor, sin ningún mensaje claro. Una carencia de claridad de parecida medida a la de la insistencia del mensaje. No soy de los que, al callar las voces, amanece como protagonista de dramas oraculares, en los que el cielo del profeta se puebla de presagios y su tierra de infamia y sospechas. Puestos a encontrar parentesco a mis despertares, los veo más cerca de lo que antes llamaban un examen de conciencia. No vienen estos, sin embargo, para aliviarme del estallido de tormentas morales, del clamor de voces que me acusan, de cargas y culpas que entre sueños me atropellan. Con ellos lo único que intento explicarme son esos crueles devaneos que encuentran su refugio final, en cuanto el ensueño se quiebra, en dos o tres palabras sueltas.

La mayoría de las veces no es fácil reconocer el objeto que les corresponde, ni siquiera si ese objeto existe. Pero el capricho con que se conjugan en esos trances voces diversas suele hacer feliz al reconfortado vidente. A base de proyectarlas en semánticas ya muy fatigadas cree dar muestras de lucidez literaria y cumplir con la utilidad pública como poeta. Otras veces, como esta mañana, el despertar sólo me trae a la cabeza dos palabras confusas e inconexas. En concreto, bandeja china. La verdad, no sé responder de ellas. Si acaso, respondería de seguir sumido en aquel oleaje nocturno, que batía las murallas de mi memoria, y del que emergían una y otra vez las dos palabras triunfantes.

Recuerdo, eso sí, que preservarlas llegó a ser un esfuerzo extenuante, un esfuerzo que ahora, tras hacerse de día, parece absurdo sin esa clave con la que cobrarían sentido. Con la vuelta a la luz y a la razón meridiana mi confusión aún ha aumentado más. Me prometía una analítica observación de mi conciencia, con repetidos protocolos y exámenes, pero el resultado es pura impotencia. Ya sé que el motivo de la bandeja china es insustancial, pero anima junto con otros a la duda. Y de ella ha arrancado este último y desesperado intento de revisar páginas y páginas de toda clase de bandejas chinas, con la esperanza de identificar en alguna de ellas un mensaje subliminal, algo con lo que rescatar el desvariado discurso de otra noche perdida.


domingo, 10 de julio de 2011

Explorador


El que habla más de lo que piensa es propenso a perder la sintonía y a confundir las verdades inciertas con las mentiras ciertas.

sábado, 9 de julio de 2011

Bajo el suelo filosófico



Nadie se hace cargo de ese concepto clásico de alma, de raíz aristotélica, cuando se presenta como sede natural del pensamiento y de las pasiones. A día de hoy supondría reconocer la existencia de una misteriosa caja negra emocional con asiento físico desconocido, o peor, perdida por todo el cuerpo. Tampoco las versiones racionalistas, la de Leibniz por ejemplo, parecen dar con la clave, cuando pasa el alma a ser apellidada racional, activando en nosotros un espíritu destinado a discernir las verdades necesarias y eternas, y a distinguirnos de otros animales, aparentemente más simples. En el camino y ajeno a ese espíritu queda, pese al esfuerzo analítico de Burton o de Spinoza, buena parte del caudal de pasiones, particularmente las tristes. El horizonte racional distrae de nuestra atención ese mundo sumergido bajo la razón y nos ofrece una ilusoria firmeza lógica, en un escenario perpetuamente abierto a frecuentes tormentas y regulares mareas emotivas.

A su vez la sociedad, a través de la ciencia, concurre en un modelo de razón que abunda en muy altas y diversas ramas y que más allá del suelo se desentiende de sus raíces. El origen de nuestra lógica no parece que sean los axiomas, a los que podemos tomar, si acaso, por efectos mentales estables, aunque siempre expuestos al ajuste o desajuste de las emociones. Lo peor de perder ese horizonte racional es que esa pérdida se produce sin remisión a ningún otro horizonte. No hay un horizonte emocional inicial en el que sentarse a contemplar el desarrollo anímico de los seres vivos. Esa línea de partida es una idea ilusoria. De lo único que podemos hablar en ese universo emocional, del que los humanos creemos emerger como campeones, es de convergencia y de profundidad. Desde donde nosotros observamos —a veces incluso científicamente—, la convergencia emocional sería el modo en que se van concretando las emociones y capacidades que acabamos viendo desarrolladas en algunos seres. Darwin dejó escritas páginas decisivas en La expresión de las emociones, mostrando las líneas evolutivas que permiten seguir en los seres vivos esos procesos de convergencia.

Por lo que se refiere a la profundidad, el camino es, como en el análisis, mucho más tortuoso. Hay que tener en cuenta que el patrón conceptual que hemos socializado y que tomamos como referencia en el pensamiento pierde nitidez al intentar encontrar referencias emocionales que nos puedan poner en relación con el resto de los seres vivos. Lo difícil es entender en qué modo y en qué modelo social viviente estas segundas referencias, las emocionales, sirven de soporte a las primeras, a las conceptuales. Pongamos un sencillo ejemplo final para hacernos una idea de la seriedad de las dificultades. Pensemos, por ejemplo, en la profundidad emocional de un sentimiento no siempre racional y, sin embargo, socialmente elemental y necesario como es la amistad. ¿Cómo reconocer esa amistad y cómo aceptarla, si quien la ofrece no es racional? Y salvado ese umbral, ¿qué sociedad nos invita a compartir?


viernes, 8 de julio de 2011

Nuevos cabezudos


Cabezudo de Thomas A. Edison
Entre la nueva hornada de profesionales se apunta como idea muy prometedora, a fin de lograr la benevolente disculpa de su tontera personal, el presentarse como víctimas inocentes de crueles profesores ineptos, que les dejaron abandonados e inermes en las calles de la vida. A modo de mérito exhiben, con escaso pudor, su rango actual en la manada y la larga lista de las muchas cornadas allí recibidas. Completan la torpe recusación devolviendo la pelota al sistema educativo, al que reclaman en compensación una urgente reparación y algún sonoro título. Son cabezas, no obstante, fáciles de acomodar, más hechas al choque que al rodaje fino. Hay maestros sibilinos que pronto sacan de esos enormes testuces sin duda el mejor partido, manteniéndolos en público como eminencias tremendas y tremendamente cercanas. Y como siempre suenan a hueco, todos las miran sin temor ni complejo, en medio de gran regocijo.

jueves, 7 de julio de 2011

Los escarabajos metálicos


Chrysina aurigans y Chrysina limbata. Foto: Eduardo M. Libby
Lanzar una nueva revista puede ser menos arriesgado si se cuenta con imágenes de portada como la de esta brillante pareja. Eso es lo que debieron pensar los responsables de la Optical Society of America, cuando se aventuraron a lanzar su Optical Materials Express y usaron para su primer número la anterior imagen. Los ejemplares mostrados proceden de los bosques tropicales de una reserva natural de Costa Rica. Lo chocante del caso es que estos coleópteros ocuparan la atención de los ópticos. Pero no se trataba de estudiar en esas especies la extensión de su medio natural o las condiciones para su reproducción, cosas al fin y al cabo de entomólogos, sino las estructuras biológicas y físicas que sirven de base a esa lujosa apariencia. Según parece, algo encontraron y es posible que en un futuro logren descifrar y reproducir los mecanismos que dan lugar a esas coberturas de tono metálico. Como la imaginación es a un tiempo libre y ridícula, puede que tras conocerse el secreto mecanismo se ensanche la gama de brillos entre oro y plata, puede que después se consiga sacar de la cubierta sonidos metálicos, puede que finalmente acabe el invento en el mercado como lustre para seducir a incautos, e incluso puede que con este milagro los pudientes, por monstruosos que sean, aspiren a presentarse en sociedad como joyas de colección.

miércoles, 6 de julio de 2011

El mudo


Le coucou, François-Nicolas Martinet,
grabado en Ornithologie (1773-92)
Encargaron al mudo dar la hora. Una vez llegado el día, se presentó en la sala de espera muy serio, buscó un apartado asiento y en él se mantuvo abstraído y cabizbajo, al tiempo que dejaba enredarse una y otra vez los dedos entre sus largas y venerables barbas. Así estuvo hasta cerca de las doce. Un minuto antes se levantó y se dirigió directamente al balcón. Con su presencia, la expectación en la calle se desató, apuntando todas las miradas a las maniobras del silencioso oficiante. Pausadamente colocó una mano sobre la barandilla, mientras con la otra seguía acariciando sus frondosas barbas. Fue entonces cuando de entre ellas salió de súbito un precioso y azulado cuco. El mudo lo miró sonriente, como quien concede su venia. Cantó con ardor sublime, y hasta doce veces voló.

martes, 5 de julio de 2011

Refundación del privilegio



Si la matemática fuera una pantalla, lo infinito aparecería en ella como una imagen de lo absoluto, de lo que no admite recuento final. Cualquier distinción que se haga entre infinitos podría ser trasladable a lo absoluto y por simpatía a los modos en que se ejerce el dominio. Con cierta extrañeza Aristóteles hacía en su Física una de esas distinciones, señalando que «lo infinito resulta ser lo contrario de lo que se nos dice que es», y continuaba apuntando que lo infinito «no es aquello fuera de lo cual no hay nada, sino (..) aquello fuera de lo cual siempre hay algo». La idea cuestiona ese infinito asociado al dominio, al todo, y que se suele confundir con él.

Al poner el punto de mira en lo que queda fuera, en lo que no se domina, lo infinito ya no depende del todo, y lo absoluto tampoco consigue encontrar ese tipo de soporte unitario. Nace a partir de ahí un absolutismo nuevo, que ya no se centra en el espacio que se domina, sino que al situarse fuera de él se reserva el poder de negar ese todo. Ese modo de rebasar el estilo clásico de lo absoluto, el reflejado en un infinito dominante, recuerda un poco a lo que cuenta Sciascia de la percepción siciliana del poder: «El privilegio no consiste tanto en la libertad de gozar de determinadas cosas, como en el gusto de prohibirlas a los demás».


lunes, 4 de julio de 2011

¿Un estilo de vida?


Guerra de Vietnam, foto tomada de The American Experience
Los paraísos por los que peleamos tienen un aspecto tan trivial e inocente que convierten las batallas, por crueles y feroces que sean, en melancólicos intentos de devolvernos la vida perdida y las armas en mansos instrumentos ejecutores de lógicas intemporales y por ello necesariamente justas. Del mismo orden evocador suelen ser los discursos que las justifican, empezando por las propias arengas que empujan al guerrero a contemplar desde el precipicio su ilusorio patrimonio en el pasado, aquel inexpugnable cobijo materno en el que le salieron los dientes. Pero en realidad no es la vida lo que se reclama en esas luchas, sino aquella clase de vida que sentimos en nuestro interior como la más entrañable, como la más valiosa, por devolvernos simplemente a un horizonte familiar y seguro. Esa interesada confusión hace que esa vida con protección perpetua haya pasado a ser llamada el paraíso y debería ser razón de peso para que nadie que se reclame dueño de su vida pueda sentir como propio ninguno de esos paraísos.

domingo, 3 de julio de 2011

Teatros naturales


Bosque de Alkurruntz (Baztan) © autor
Aunque en verano y a mediodía las cosas, casi por regla, acaban pareciendo lo que son, hay ocasiones en que parecen lo que no son. Los que juegan a los sustos ya saben que esa no es la mejor época ni la mejor hora para los fantasmas. Pueden maquinar tremendas amenazas y quedar, al colarlas en ese horario, como amenos bromistas. El juego de las tramoyas necesita siempre la complicidad de la noche entrante o de la caja oscura. A mediodía no hay más tinieblas que las sombras, que a esa hora son lugares apacibles en los que uno se recoge para eludir el castigo del sol. Convertir ese espacio de acogida en escenario de pesadilla es tarea laboriosa. Esta, como cualquier otra, requiere de una secuencia de estudiados pasos. Bien trabajados, podrían valer tres, simplemente.

Debe escogerse algún lugar en que la sombra tenga algún contrapeso que la incomode, eso lo primero. El bosque, por ejemplo, mantiene las sombras sujetas a la incertidumbre y la sospecha de miradas ocultas o de trampas profundas. No todos los rincones valen para ese cometido, pero si se escoge bien, hasta un distraído y alegre pastor puede ser un motivo temible si lo hacemos descender desde lo alto del bosque, a grandes zancadas, envuelto en pieles y con aire depredador. Con un motivo como ése, y animado por esa dinámica, podemos dar un segundo paso, esta vez hacia la inversión del cuadro de apacible descanso a la sombra de los árboles. De lograrlo se tendrá por sobrecogedor lo que hasta ahora era tan acogedor. Pero si queremos el efecto definitivo, incluso con el sol en el zenit, escogeremos la umbría de un monte boscoso. A esa hora el sol rebasa la cresta, arroja la luz a ras de ladera y coloca árboles, rocas, arbustos, el bosque entero, a contraluz del que asciende. En la lejanía iremos distinguiendo de aquel bucólico pastor su extraña figura y poco a poco el contorno de su negra y creciente sombra, acompañada del bronco chasquido de la hojarasca cada vez más próximo. Mejor que no sea risueño, sería terrible escuchar su desatada risa y peor verlo bajar corriendo entre carcajadas como un oscuro monstruo burlón que viene a nuestro encuentro.

Bien se ve, pues, que un escenario frondoso, un actor oculto y el desafecto de la luz, unido todo frente a un sujeto, sea éste sensible o apocado, curioso o imaginativo, puede servir como un virtuoso prisma con el que el mundo deja de ser lo que parece.


sábado, 2 de julio de 2011

Mínima 46


Lo admirable parece siempre lejos de lo que tenemos, lo amargamente admirable es lo que tenemos y no vemos.

viernes, 1 de julio de 2011

Ala solitaria


            No hay amor que sostener pueda
            el ala solitaria en vuelo.
            No hay aliento posible,
            ni relato que mitigue su caída,
            Ves de lejos
            cómo la gravedad la arrastra,
            ves de cerca
            ese último e interminable giro
            y el vértigo desolador que la domina.