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viernes, 20 de mayo de 2011

Meditaciones y conjeturas


La profundidad de pensamiento exhibida al hablar, es materia siempre opinable, tanto que se puede confundir fácilmente con la capacidad para especular a base de conjeturas. El silencio, como alternativa, goza de mejor aceptación, porque, si bien hace invisible el pensamiento, también nos ahorra los dramáticos naufragios del discurso convertido en logomaquia. Sin embargo, y pese a su buena reputación, los silencios nunca son garantía de profundidad, ni siquiera de pensamiento alguno. Lo que de ellos nos llega es siempre un relato posterior, en el que se destaca su virtud de ayudar a abstraerse y enajenar el ánimo, tras un ejercicio continuado de meditación. Cuáles hayan podido ser las imágenes, ideas o conceptos que, como estaciones, se han visitado en esos vuelos, es algo que jamás llega a expresarse abiertamente. A flote sólo quedan, como restos del viaje, algunos retazos que los intérpretes se disputan y que someten después a su muy libre consideración.

Círculo, triángulo, cuadrado (s. XVIII), Sengai Gibon,
Museo de Arte Idemitsu, Tokio
Lo que yo veo en el papel es un dibujo a tinta en el que se exponen, con trazo resuelto, tres sencillas figuras. Nada nuevo: un cuadrado, un triángulo y un círculo. Si se prescinde en estas tres figuras de sus cualidades geométricas, la carga simbólica suele ser variable y depende del entorno cultural en el que se exhiban. Aquí estamos hablando de un grafismo, de una obra bastante conocida, perteneciente a la tradición zen japonesa. El autor de este motivo zenga, y de otros experimentos plásticos similares, fue el monje Sengai Gibon allá por el siglo XVIII, según señalan las enciclopedias. Quizá fuera éste uno de esos retazos que sobreviven tras la meditación, pero su empleo como fuente de experiencias similares depende de las interpretaciones que se le den.

Entre las más comunes está una cercana a la psicología, en la que el cuadrado se asocia a la mente, el triángulo al cuerpo y el círculo al espíritu. Hechos al dualismo cartesiano, esa distinción entre mente y espíritu, no deja de ser intrigante. Aquí ese círculo espiritual, el enso, es un símbolo de perfección con el que se ilustra nuestra última aspiración como humanos. La mente, aunque tan inmaterial como el espíritu, correspondería al bagaje intelectual, a los métodos y hábitos aprendidos, algo a lo que poco a poco vamos dando una forma estable, como el cuadrado. Entre ambos, el cuerpo, que les sirve de vínculo, aparece como soporte en cada una de sus vertientes, pero también como un instrumento de intervención, como algo más incisivo.

No han faltado quienes le han dado a todo este asunto un sesgo sexual, con sugerencias que maravillan. Pero siguiendo por la vía de la abstracción, el grafismo aún ofrece nuevos grados. En otra interpretación, por ejemplo, la disposición gráfica es leída como un diagrama temporal. El cuadrado representaría el pasado, con su historia encuadrada en una figura consolidada; el triángulo compondría un presente en el que el vértice superior permanece alerta, mientras los otros dos se asientan en el eje del tiempo; y el círculo, por último, aparecería como el futuro, como un destino marcado por la disolución en el infinito.


Aparte de estas, otras muchas interpretaciones podrían serle encontradas. Existe la idea de que frente al significado dado en otras tradiciones a las conjunciones visuales montadas en torno a estos mismos símbolos, las de la filosofía zen son particularmente penetrantes. Pero, si interpretamos el gráfico zen como expresión del equilibrio de fuerzas presentes en el hombre, algo perfectamente posible, nos vendrá a la mente una imagen familiar para muchos de nosotros, el hombre de Vitrubio. Si apartamos la figura y nos fijamos en la pura geometría, veremos frente al hombre un cuadrado como su asiento, un círculo como su medida y un triángulo como su orientación vital. Aunque se ha insistido en que los motivos zenga nacieron para alentar la meditación, confieso haberme encontrado falto de recursos para emprender uno de esos despegues. Lo he intentado, durante un buen rato he fijado mi mirada en el grafismo y lo he examinado con atención. Quizá sea algún daño típicamente europeo el que me ha impedido entrar en meditación, pero me consuela haber conseguido al menos reunir e hilar estas conjeturas.

sábado, 26 de marzo de 2011

Banderas de sangre



Estos días en que la primavera hace aletear a los poetas, habrá que cargar las tintas y colocar en su débito las metáforas entregadas al poder, aquellas que hicieron fortuna al ser difundidas con la pompa propia de los ritos sagrados. De entre todas ellas iré a la que me parece más significativa y odiosa, a la de las «banderas de sangre». De esa metáfora fundacional del tercer Reich, participaban todas las insignias y estandartes del Estado a través de ceremoniales de consagración. Se evocaba en ellos el carácter bautismal de la sangre derramada por los «caídos» en la intentona nazi de Munich de 1923. En aquellas parafernalias simbólicas se acunaron fervores gregarios y se educó la agresividad colectiva de las masas, conviene recordarlo. No es la de las banderas una metáfora aislada, nace junto a otras hasta formar un lenguaje poético con el que se dio aura mítica a la acción política y con el que periódicamente se renovaba con vigor militar el culto a los muertos.

No sé si Goebbels tenía alma de poeta, pero supo ver en ese lenguaje un instrumento de captación y propaganda persuasivo. El pasado reanimado con toda esa imaginería se convertiría en terreno fértil para las organizadas emboscadas de aquel presente. En él se pasaba sin dificultad de la crónica histórica a la epopeya, a base de instalar lo memorable en la edad de los héroes. Algunos de los bardos aposentados en aquel ministerio de propaganda, lejos del papeleo de los comunicados, se entregaron al diseño litúrgico. Con esa consagración de la sangre derramada, la metáfora venía a recrear un nuevo culto a los muertos, que legitimaba, en nombre del mito, las decisiones del primer abanderado, del profeta del imperio venidero. El oscuro papel del poeta como «bengala que ilumina el pasado con sus lúcidas y agudas metafóras», como maestro de ceremonias en las que se «forjó la férrea y decidida voluntad del pueblo», dice poco de esas luces y de ese hierro, pero lo dice todo del que con su juego de palabras cómplices, con su veneno poético, lanzó a un ejército de sonámbulos al atropello.


sábado, 18 de diciembre de 2010

Arquetipos de cero


Si uno elige el círculo parece asumir simbólicamente el vacío y el horizonte que media entre lo finito y lo infinito. Si uno elige la espiral parece buscar simbólicamente el cambio y el trayecto que media entre el punto original y la plenitud. El círculo tiene algo de estático, hipnótico y absorbente, gira en torno a la propia conciencia y da expresión al ser. La espiral es de curso dinámico, expansivo, modela nuestros ciclos de paso y da expresión al devenir. Para el europeo la alternativa circular, llegada de Oriente, viene a alentar los fantasmas asociados a su ancestral horror vacui, es como la cueva del dragón. Sin embargo, en la alternativa espiral, redescubierta en América, se condena a verse evolucionar sumido en un  retorno perpetuo, es como el pozo de la locura.

Caligrafía de un enso
Más o menos vagamente, algunos de los signos utilizados para el número cero cargan con estas dos simbologías. El cero circular, que sigue hoy en circulación, es para los astrónomos griegos una huella, una señal de la ausencia de cantidad. Sus funciones numéricas le serán otorgadas por indios y árabes. Esa misma idea de carencia, aunque proyectada en nuestro interior, la encontramos en el círculo japonés, en el enso, convertida en caligrafía ritual por los seguidores del zen.

El simbolismo ligado a la espiral aparece de un forma algo más confusa en el signo del cero maya. Los glifos que lo describen tienen forma de concha, de puño cerrado o de flor. En el de la concha, que es quizá el más común, encontramos una imagen de plenitud lograda, cuya ausencia de vida marca el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento, pero en un orden superior. En el sistema de numeración este paso a unidades superiores a través del cero resulta crucial. Este hecho podría confirmar además un principio filosófico por el que el ciclo actúa como factor regulador del crecimiento.
Formas del cero en la numeración maya