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domingo, 3 de julio de 2011

Teatros naturales


Bosque de Alkurruntz (Baztan) © autor
Aunque en verano y a mediodía las cosas, casi por regla, acaban pareciendo lo que son, hay ocasiones en que parecen lo que no son. Los que juegan a los sustos ya saben que esa no es la mejor época ni la mejor hora para los fantasmas. Pueden maquinar tremendas amenazas y quedar, al colarlas en ese horario, como amenos bromistas. El juego de las tramoyas necesita siempre la complicidad de la noche entrante o de la caja oscura. A mediodía no hay más tinieblas que las sombras, que a esa hora son lugares apacibles en los que uno se recoge para eludir el castigo del sol. Convertir ese espacio de acogida en escenario de pesadilla es tarea laboriosa. Esta, como cualquier otra, requiere de una secuencia de estudiados pasos. Bien trabajados, podrían valer tres, simplemente.

Debe escogerse algún lugar en que la sombra tenga algún contrapeso que la incomode, eso lo primero. El bosque, por ejemplo, mantiene las sombras sujetas a la incertidumbre y la sospecha de miradas ocultas o de trampas profundas. No todos los rincones valen para ese cometido, pero si se escoge bien, hasta un distraído y alegre pastor puede ser un motivo temible si lo hacemos descender desde lo alto del bosque, a grandes zancadas, envuelto en pieles y con aire depredador. Con un motivo como ése, y animado por esa dinámica, podemos dar un segundo paso, esta vez hacia la inversión del cuadro de apacible descanso a la sombra de los árboles. De lograrlo se tendrá por sobrecogedor lo que hasta ahora era tan acogedor. Pero si queremos el efecto definitivo, incluso con el sol en el zenit, escogeremos la umbría de un monte boscoso. A esa hora el sol rebasa la cresta, arroja la luz a ras de ladera y coloca árboles, rocas, arbustos, el bosque entero, a contraluz del que asciende. En la lejanía iremos distinguiendo de aquel bucólico pastor su extraña figura y poco a poco el contorno de su negra y creciente sombra, acompañada del bronco chasquido de la hojarasca cada vez más próximo. Mejor que no sea risueño, sería terrible escuchar su desatada risa y peor verlo bajar corriendo entre carcajadas como un oscuro monstruo burlón que viene a nuestro encuentro.

Bien se ve, pues, que un escenario frondoso, un actor oculto y el desafecto de la luz, unido todo frente a un sujeto, sea éste sensible o apocado, curioso o imaginativo, puede servir como un virtuoso prisma con el que el mundo deja de ser lo que parece.


miércoles, 29 de junio de 2011

¿Realmente existe nuestro personaje?


Cartel de Valentina Nesci
En el escenario, la cuestión para Hamlet es ser o no ser, pero al salir de él la cuestión se vuelve reproducir si nos planteamos hasta qué punto el propio Hamlet es. Aquí vamos a progresar desde esa dicotomía existencial hasta la paradoja. Y digo progresar, porque en las paradojas siempre encontramos una piedra de toque para nuevas teorías. Para el espectador de teatro la oposición básica es la que existe entre realidad y ficción, como dominios de lo verdadero y de lo falso. Esto sería lo básico, y a partir de ahí habrá que preguntarse si el personaje Hamlet realmente existe o no. De afirmarlo será sobreentendiendo que ese personaje no es el príncipe de Dinamarca sino un personaje basado en él. La idea de personaje queda generalmente muy debilitada frente a la realidad, así que deberíamos ser más explícitos. Siguiendo a James Cargile en su Paradoxes (1979), decir «Realmente hay héroes de ficción» suena a cierto, pero si decimos «Los héroes de ficción realmente existen» la cosa suena falsa. El juego veritativo cambia con la virtualidad del adverbio realmente y depende de lo que éste apoye. Si resalta la cuantificación, dando a entender que existe algo que denominamos héroes de ficción, el propio Hamlet justificaría esa existencia y el enunciado resultaría verdadero. Si, por el contrario, el realmente subraya la predicación de existencia a fuerza de insistir en que realmente existen cosas cuya ficción se reconoce, los propios términos hacen falso el enunciado. Podríamos estirar un poco el asunto e integrar ambos enfoques volviendo al teatro con un enunciado digno de estudio: «Realmente existen obras tales que su única propiedad es que no existen realmente». Llegados a esta paradoja, lo interesante es que su validez respondería la cuestión inicial, porque en obras como esas tendríamos sin duda asegurado un papel.

viernes, 11 de marzo de 2011

Mínima 36


Las escenas cotidianas nos ganan como actores y nos dictan el papel. Luego la vida va estirándose y multiplicando sus argumentos, pero el desenlace es siempre el mismo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Lord Gagá



Provoca, claro, hasta adueñarse por un momento de todas las pantallas. A fin de cuentas son estos «picotazos» impenitentes los que las mantienen en activo. Este asunto es tan chirriante a la vista, y su análisis tan necesario, que urge sacar al analista que llevo dentro para preguntarle —desde la distancia y como tronado gagá— acerca de quién está tras Lady Gaga. Por manida esa pregunta —para empezar, un poco ingenua y amateur— viene a anunciar que echarle el foco encima poco o nada nos dirá. Hemos conocido fenómenos similares, anunciando casi siempre profundos cambios en la concepción y venta de ferias y espectáculos. Para mal o para bien ella es mero producto y lo que de veras nos diría algo  más es quién está detrás de esas pantallas. Tampoco eso es difícil. El quién no queda muy lejos del objetivo perseguido por los mercados de inventos y truculencias, y supeditado por completo a él.

Otra cosa serán los que están delante, que también importan y que son los pacientes complacientemente provocados. Algunos asumimos la provocación, así en genérico, como una estimulante terapia de choque, como un modo casi lisérgico de remover neuronas y poner al día nuestra capacidad de adaptación, más que nada por darnos curso evolutivo y no vernos disfuncionales en vida. En los devotos, sin embargo, toda esa ventolera parece absorberse con avidez, como una estimulante ráfaga de aire, aire más bien revenido y espeso que nuevo, en un ambiente tirando a asfixiante. Mirando al público de devotos y no devotos en su conjunto, bien se ve que la ganancia común es el estímulo procurado con la provocación. Y ahí es donde el analista de pago da voces de asombro y, tras hacer su cucú en una revista del ramo, profundamente afligido se escandaliza, porque esos estímulos con su desproporcionada medida están también midiendo un estado colectivo, llámesele social o global, de extendido embotamiento y atonía.


viernes, 1 de octubre de 2010

Expléndido con k



Indudablemente salir a pantalla es oficio duro. Creo que puedo imaginar la agotadora presión a la que se ven sometidos quienes comparecen ante ella y también los niveles insoportables que a menudo alcanza esa obligación de dar la cara de continuo. Supongo que hay quien mira por ellos para evitar los efectos dañinos de esa tensión continua. Pero al evitar estos efectos mediante el uso indiscriminado de argucias teatrales, como últimamente se viene haciendo, se acaba por transformar el oficio de comunicador en algo cómico. Empiezan a aparecer en pantalla gentes tan sobradas de expresión que además de comunicar confusamente y contagiar escasa convicción, infunden en el espectador una mezcla de perplejidad y extrañeza. El cuadro varía algo entre los que se presentan sentados para ofrecer noticias y aquellos a los que se les condena a merodear bajo los focos con las propuestas que los editores les adelantan. Dando por hecho que estos últimos viven el espectáculo de lleno y que su papel apenas se diferencia del que corresponde a un actor, lo único que cabe deplorar es que estos dramas en pantalla no se declaren como teatrales y que ellos acepten funciones tan extrañas a su vocación escénica.

Por eso me preocupa más el caso de los sentados, que al fin y al cabo adoptan esa pose ritual a fin de dar cierta credibilidad a las noticias. De ellos algunos han optado por dar el noticiero acentuando aquí y allá, de motu proprio o improprio, con la decidida intención de ganarse al espectador por el oído. Queda para los redactores la selección y el orden en las noticias, mientras que ellos cubren su papel impostando la sesión bien sea con la vis irónica o apoyados en muecas chuscas o miradas cómplices. Tanto celo acaban poniendo en su oficio que en ese monólogo gestualizado el mensaje suele acabar reducido a ocasional hilo conductor. Peor les va a quienes carecen de esos recursos faciales e intentan reforzar su escasa credibilidad supliéndolo con técnicas de expresión corporal en la mejor tradición de Stanislavski. Algunos de estos creyendo necesario cargar su mensaje con una plusvalía de emoción, acaban presos de convulsiones y aspavientos, como si nos pidieran auxilio para comunicar su noticia. Tanta implicación emocional hace que veamos con frecuencia noticias de carácter trágico subrayadas por una expresión grotesca, arruinando así el crédito del noticiero y convirtiéndolo en un guiñol tirando a infame.


sábado, 31 de julio de 2010

Arcadia



Pillar butaca de segunda fila y que te flagelen con la entropía, con Newton o con la Ilustración es más de lo que un asiduo al circuito teatral modelo Gran Vía puede soportar. «¡Nos quieren echar de las salas! ¡Quiero mi dinero!» exclamaría airado a la salida. Como otros designios de los programadores son inescrutables, atribuyo a esa insoportable gravidez de la ciencia entre los hispanos enterados el que a día de hoy no se haya publicado ni estrenado el que algunos consideran uno de los mejores dramas del siglo XX, Arcadia de Tom Stoppard. Bastaría el Nobel, su muerte fortuita o un perfil equívoco para que sonaran con insistencia los teléfonos de su representante y lo tuviéramos en una semana en las tablas y en las estanterías. Pero no ha sucedido, y los enterados lo siguen ignorando.

Arcadia es una obra compleja en la que un elenco doble pasa revista a la deriva de la ciencia y de la cultura en general, en su tránsito del clasicismo al romanticismo, tomando como imponente metáfora la segunda ley de la termodinámica, lo que supone un marco de acción que va de la necesidad al azar, del calor al frío, del orden al desorden. La trama avanza con una intriga indagatoria sobre Lord Byron entre unos personajes del siglo XX y  se adentra en las pulsiones emotivas y liberadoras de sus antecesores de comienzos del siglo XIX, en el sereno mundo nacido de la Ilustración.


El controvertido debate da ocasión a alegatos humanísticos como el de Bernard: «No hay que confundir el progreso con la perfectibilidad. Un gran poeta es siempre oportuno. Un gran filósofo es una necesidad urgente. No hay prisa para Isaac Newton. Estábamos muy contentos con el cosmos de Aristóteles. Personalmente, yo lo prefería. Cincuenta y cinco esferas de cristal ajustadas al cigüeñal de Dios es mi idea de un universo satisfactorio». Pero también a las dudas de Hanna, para quien la Ilustración representa «Un siglo de rigor intelectual encerrado en sí mismo. Una mente caótica sospechosa de genio. En un escenario de emociones baratas y falsa belleza ... El declive del pensamiento a la sensación».

Ambos grupos disponen de escenario común en una misma mansión señorial rodeada de frondosos jardines. Miradas oblicuas sobre el pasado, personajes bisagra entre ambas épocas, alusiones explícitas e implícitas a personajes como Byron y Ada Lovelace, y numerosas coincidencias de fondo acaban convirtiendo la obra en una reflexión profunda y oportuna sobre la huella del tiempo en nuestra cultura. Cultura en la que no se evitan, por no importunar o agraviar a los beocios, las cuatro reglas aritméticas y de cuyo debate la ciencia forma parte indivisa, reconociéndose en ella la espoleta que fulminará el hipnótico determinismo del siglo XIX y lo dispersará entre las incertidumbres del siglo XX.