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martes, 21 de junio de 2011

Verano crítico


Principio y fin, Luciano Benites (2004)
Llega hoy el verano y la estación trae a marchas forzadas un desenlace. No tiene pinta de que sea bueno, más probable es que tengamos que aguantar una funesta pedrea. Esta noche, cuando miremos al firmamento y recordemos a los viejos mitos en su encrucijada, sentiremos bajo su impulso renacer el nuevo ciclo, al tiempo que se nos impone un sublime sacrificio. Componiendo sueños, veremos al poderoso Hércules descuartizado y a Hera recluida de nuevo en su tenebrosa cueva. No sabría explicar todo esto, ni conjugarlo con esa sensación real que se nos viene encima, con esa alargada perspectiva de umbrales que se estrechan. Si de los mitos pasamos a las crónicas, nos vemos entrando en el tercer año de un amargo y crítico recorrido. Mejor sería no aceptarlo como el último acto de un lastimoso drama colectivo, sino como el camino de vuelta a nosotros mismos. De nada nos sirve creer que a falta de apoyo y estímulos estamos huérfanos, o que sobrevivimos a un mundo ya perdido. Frente a esa atonía, un día como el de hoy es el momento oportuno para despertar. Con ese crujido de luces anunciando el empuje vital, podemos aprender a vivir de nuevo, a vivir de los gestos más sencillos, con las verdades más cercanas y recurrentes. Vengan como vengan dadas, no debería ser difícil de lograr. Basta salir a campo abierto y seguirle el rastro a la vida, para entender que a ese fin que amenaza, le acompaña siempre un principio.

lunes, 6 de junio de 2011

El quinto quinto



Se presenta hoy lo que los chinos denominan el doble quinto, el quinto día del quinto mes de su calendario, y el ascendente masculino entra —eso es lo que prometen— en una fase del año decisiva. Entrar en una fase no suena muy resolutivo, y menos cuando ese ascendente va hacia el apogeo, pero aquí estamos hablando en términos meramente simbólicos. En su calendario lunisolar, los chinos celebran en esa fecha la aproximación del sol a su hegemonía, pero lo valoran de manera bien distinta a la nuestra. Como gente sabia, empiezan por rebajar los ardores colocando el agua de por medio. Si tenemos en cuenta  que, en su mentalidad, la vitalidad surge del perpetuo equilibrio entre dos principios, este sol habría de asociarse a un creciente yang, que revestido como un fiero dragón navega a golpe de remo sobre las mansas aguas del río, hasta quedar retenido por el yin. Con estas refrescantes imágenes se da cuerpo y color al festival Duanwu, que hoy festejan los chinos de todo el mundo. En sus juegos de regatas, en la boga de sus barcas, enmascaradas como dragones, se viene a reflejar el estimulante encuentro anual de los dos principios vitales, y en definitiva la fecundación solar de la tierra. Si ese amor es aún posible, creo que debemos celebrarlo.

sábado, 19 de marzo de 2011

Luna dominante


La luna esta noche en Glastonbury Tor (England).
Foto: Ben Birchall / PA, tomada del Guardian.
Son las siete y media cuando esto escribo. Espero con ansiedad que se haga la noche y caiga ante mis ojos el telón final del día. En breve veremos llegar y envolvernos por completo la ubicua oscuridad. Confío que esos relieves que me atacan la vista de frente se vayan desvaneciendo, y espero sinceramente que esto no tarde demasiado. Hago acopio para escribir, y no lo oculto, de lo más sentido del emocionario crepuscular: imágenes lentas, aburridas, morosas en las que debería acabar estancado cualquier deseo. Concentro ahora mi fe en la escritura, convencido de que si persevero en estas letras tan banales pronto aparecerá la luna. Son ya las ocho menos cuarto, y a duras penas consigo sobreponerme a la tensión de esta espera. Quizá haya pasado ya ese período de estiramiento insistente y agotador del tiempo. Algo parece que se adivina, puede que esté llegando, aunque discurre tan parsimoniosamente que no logro mantenerme en calma. Miro esperanzado al fondo del cuadro donde aún permanecen visibles los tonos anaranjados de un inoportuno y fastidioso crepúsculo. Lo de siempre, el orondo disco luminoso se queda recostado haciéndose querer, y sigue durante un lapso interminable cómodamente instalado en el vago perfil de nuestras dóciles montañas. Cuando aburrido vuelvo la cabeza, veo en el azul flotar un globo de aspecto plasmático, cuyo blanco va cuajando y tomando tonalidades grises ante mis sorprendidos ojos. Al dictado de una repentina emoción, en la que creo haber perdido pie, veo la luna presentarse imponente. Otra vez está ahí, pero muy grande y próxima. Han dicho que hoy está extremadamente próxima, y que se dejará sentir. He esperado durante toda la tarde el preciso momento, para recibir algo de su influjo. Ha habido inquietud, probablemente la de la espera, pero también cierto recelo y temor a que nos alcance su luz y no sepa soportarlo, a que la emoción espectral simplemente se dispare, a que ese espejo esté tan cercano que todo sea realmente distinto.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Para afrontar la noche


Eclipse lunar, Doug Murray (Octubre 2004)

Como ya anochece, me hago eco de que «Las tinieblas estarán de fiesta durante el 21 de diciembre de 2010, noche de solsticio invernal, ya que un eclipse total de luna gestará la noche más obscura de los últimos 456 años». No deja de ser curioso que pijamasurf.com haya escogido este titular para comunicarnos la efeméride astronómica. Según parece, lo que se anuncia como fiesta de las tinieblas tendrá que ser de entrada una fiesta a oscuras. Así que es mucho suponer que con esas tinieblas llegue la fiesta, salvo por el lado lúbrico. Otros informantes algo más preciosistas, hablan de ese tono rojizo que la luna llena adoptará antes de entrar en la oscuridad, a su paso por la penumbra. Con semejante telón de fondo sólo falta que los más cuentistas hablen de echarse encima la piel de lobo para salir aullando a esperar a Caperucita.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La luz evasiva


Telescopio reflector de W. Herschel
Como tantas veces, la cena con Lexell acabó resultando sumamente estimulante. El hombre, un tanto taciturno, acudía con agrado al animado y tumultuoso domicilio de Leonhard Euler, donde hijos y nietos se asomaban de vez en cuando al salón con irrefrenable curiosidad. El joven Fuss, también invitado, había llegado a la cita poco antes y, en el momento de su entrada, le estaba mostrando a Euler las copias pasadas a limpio del último trabajo. Cuando se sentaron a la mesa, Euler hizo que bajaran las lámparas y en un ambiente de general recogimiento inició con visible unción la bendición de la mesa. Pese a los largos años de estancia entre Berlin y San Petersburgo, era en él costumbre, como viejo y devoto calvinista, añadir a la fórmula ritual un breve sermón.

Empezó agradeciendo a la divina providencia los parabienes recibidos, aunque pronto se orientó hacia la moral y la virtud, «nuestro verdadero alimento» dijo, y se mostró confiado en que con su ayuda estuviera cercana la victoria de la luz sobre las tinieblas. Afligido durante los últimos años por una progresiva y prácticamente irremediable ceguera, este tema era en él recurrente, si bien su discurso le llevó en esta ocasión a derroteros algo menos frecuentados. Y así manifestó su deseo firme de que fuera visible
en el cielo el rastro perenne de esa luz virtuosa, pero como una luz próxima y bien definida, no como la inabarcable y difusa luz proyectada por la vía láctea. Hubo un momento en que su frágil figura pareció verse arrebatada por tan vehemente deseo, mas pronto retornó a su habitual tono sosegado y complaciente, con el cual cerró su alocución.

Después de dar cuenta de una cena más bien frugal, todos volvieron en animada conversación al salón. Lexell puso entonces al tanto a Euler y Fuss de sus avances en el estudio de la trayectoria del nuevo cometa descubierto en 1781 por Herschel. Habían pasado dos años y, a pesar del convencimiento general, dejó caer la sospecha de que esa trayectoria pudiera ser más cerrada, con lo que la lejana y tenue luz observada por Herschel en el telescopio acaso fuera la de un nuevo planeta. Entusiasmado ante esta posibilidad, Euler solicitó a sus criados que trajeran la enorme pizarra que tantas veces le había servido de apoyo y se dirigió a Fuss para que fuera transcribiendo en ella como secretario las fórmulas. Al cabo de unas dos horas, entre los tres, habían logrado dar una primera expresión formal de la órbita del planeta.

Tan encantado estaba Euler con el resultado de las indagaciones, que pidió a Lexell que le llevara hasta el ventanal, donde apenas se insinuaba entre nubes el leve resplandor de las estrellas. Con la mirada opaca parecía Euler querer adivinar ansioso la situación del nuevo planeta. Agotado por ese cruel e inútil intento, el desánimo le iba haciendo mover a uno y otro lado su cabeza. Lexell puso entonces una cálida mano en su hombro y, conduciéndolo de nuevo a su asiento, le dijo a modo de consuelo: «Conseguís deducir, señor, luces que acaso nunca veais». No fue del todo cierto, porque ese mismo día, el 18 de septiembre de 1783, dos horas después, Euler partía en busca de esa luz tan evasiva.


viernes, 12 de marzo de 2010

El cometa suicida


Trayectoria del cometa suicida
Solar and Heliospheric Observatory (SOHO)
Hace unos días, concretamente el 4 de este mes, comentaba la visita en 1725 de Bradley a Halley para ponerle al corriente del inminente alcance del Sol por un cometa. Pues bien, o Bradley tenía finalmente razón o se ha infiltrado en la redacción de El PAIS, Diario Independiente de la Mañana. El caso es que en el ejemplar de hoy un titular nos informa: «Un cometa hacia su destrucción en el Sol». Acudimos a Spaceweather.com y allí se nos anuncia el encuentro con el cometa (confiemos que acabe en absorción), tras observarse una trayectoria que le lleva directo al suicidio. Según parece, la peor parte se la llevará el cometa, mientras que el Sol, contra los augurios de Bradley, soportará incólume el envite.


jueves, 4 de marzo de 2010

Bradley visita a Halley


 
Cometa 17P / Holmes (Foto: Observatorio de Mauna Kea, Hawaii)

Corre el año 1725 y Thomas Bradley, eclesiástico ordinario de Bordwin en el condado de Wintley, mete en un cartapacio sus cálculos, sus tablas y el resto de sus apuntes para dirigirse a Greenwich. Acude allí para ser recibido por Sir Edmund Halley, director del Observatorio. Conducido a su presencia e invitado a tomar asiento, extrae algunos papeles que coloca sobre sus rodillas y comienza sin más dilación a exponer el motivo de su urgente visita.—Vengo estudiando con detenimiento la posible trayectoria que, de seguirse las leyes de Newton, describiría un cuerpo celeste, que creo que es un cometa, aunque todavía lejano. Pero os confieso también que no estoy muy convencido de todos los razonamientos geométricos que gobiernan esas leyes. Vengo observando ese lucero día a día durante meses, y con lo observado creo poder inferir que en 1758 podría entrar en colisión con el sol. Sinceramente, Señor, me temo que estamos en peligro y que debemos de rezar todos para que Dios no permita que esto suceda.

A medida que Bradley expone estas preocupaciones, va entrando en un visible estado de congoja y excitación. Halley, consciente de que el clérigo carga en su bagaje con más angustia y prejuicios que preparación, le responde lacónico:
—Detener un cometa tendría su lógica, acaso divina, temer la fuerza de un argumento no.—Y a continuación añade: —Newton merecerá o no vuestro rechazo, pero no lo echéis cada noche a suertes. Lo de rezar, siempre es propio y más aún en vuestro oficio, pero si albergáis la intención de alertar a la población, será mejor que abráis página y os estudiéis los Principia, y que dejéis el Apocalipsis para mejor ocasión.


martes, 12 de enero de 2010

El mensajero de las estrellas


Europa, Ganímedes y Calixto protagonizaron hace hoy 400 años una memorable jornada. Orbitaban como siempre alrededor de Júpiter, pero esta vez Galileo los vio y hasta podría decirse que les salió al paso. Lo que hoy son satélites no eran más que simples objetos perdidos en el firmamento, quizá estrellas más o menos brillantes, cuyo movimiento había pasado hasta entonces inadvertido. Apuntar con el telescopio no era común en la época, porque el número de estos instrumentos era muy escaso y su factura artesanal y complicada.

En realidad todo sucedió de noche, la del 7 de enero de 1610. Vigilar y estudiar el paso de los cuerpos celestes había interesado siempre. Era el cometido de los astrónomos, y antes de ellos lo fue de otros sabios. El oficio, durante siglos noble y avanzado, llegó a verse muy maleado por la inquina de la iglesia católica, para la que los astros y su evidencia física competían con ventaja al sagrado dogma y a sus figurantes. Cualquier afirmación desviada del sentido común era puesta bajo sospecha, aunque contara con el crédito de toda la lógica aristotélica. Por otro lado invocar a Aristóteles tampoco era de gran beneficio para el astrónomo. Si estableció que los graves caían a la tierra porque era el centro del mundo, no puede decirse que estuviera por el análisis de órbitas, y quizá por eso se convirtió en credo y guía para toda la filosofía de sacristía.

El desafío a ese credo no era tampoco tan general entre los sabios. El tema de la trayectoria, por ejemplo, no se planteaba. Fuera cual fuera el paso de la estrella la geometría tolomeica parecía simularla sin problemas con un complicado juego de epiciclos y círculos semovientes, siempre con la Tierra como centro. Pero no sólo Aristóteles era una rémora, también el regusto platónico por el círculo como curva perfecta tuvo sus efectos doctrinales. Tontamente se llegó a creer que fuera del círculo geocéntrico no había salvación ni explicación.

Mejor volvamos a la noche en que Galileo dispuso el telescopio, abrió el cuaderno y pacientemente fue observando el firmamento a medida que tomaba nota. Más o menos alineados, entre Oriente y Occidente, registró la posición de Júpiter y tres de sus satélites.
Todo hubiera podido quedar en una observación, en un dato. Ni sabía que eran satélites, ni sabía que había bastantes más. Simplemente tomó nota. Unos días más tarde la disposición había cambiado, como si algunos de los cuerpos se hubieran movido. Algo así como si fueran lunas en torno a Júpiter, que por su brillo se distinguía entre ellos sin dificultad. Así que un segundo registro pasó al cuaderno corrigiendo al anterior.
Comparando ambos no parecía probable que fuera Júpiter el que hubiera mudado su posición, porque estos planetas se mueven de un modo lento y probablemente hasta era conocido su movimiento. Más bien serían los otros astros los que se habrían desplazado en torno a él. Alrededor de Júpiter algo giraba. Quedaba por establecer si regularmente y en tal caso según qué regla.

Hoy conocemos con algún detalle qué se oculta tras esos asteriscos. La primera noche tenía ante sí, de Oriente a Occidente, a Ganímedes, Europa, Júpiter y Calixto. Mientras que en la segunda Ganímedes se había ocultado, pero a poniente de Júpiter lucían Ío, Europa y Calixto. A comienzos de marzo de ese mismo año Galileo presentaba en Florencia un breve tratado, titulado Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), con el fruto de estas y otras observaciones. Júpiter que veía orbitar al menos cuatro satélites era el mejor contraejemplo de un firmamento declarado doctrinalmente geocéntrico.

Nada es casual. La paciencia es un suelo fértil sobre el que se alzan sin temor las verdades. Sólo el malhumor eclesiástico, el hijo más odioso del azar, parece haber sobrevivido, cernido como un monumental nubarrón sobre toda esa deslumbrante arquitectura astronómica.