| Principio y fin, Luciano Benites (2004) |
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martes, 21 de junio de 2011
Verano crítico
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lunes, 6 de junio de 2011
El quinto quinto
Se presenta hoy lo que los chinos denominan el doble quinto, el quinto día del quinto mes de su calendario, y el ascendente masculino entra —eso es lo que prometen— en una fase del año decisiva. Entrar en una fase no suena muy resolutivo, y menos cuando ese ascendente va hacia el apogeo, pero aquí estamos hablando en términos meramente simbólicos. En su calendario lunisolar, los chinos celebran en esa fecha la aproximación del sol a su hegemonía, pero lo valoran de manera bien distinta a la nuestra. Como gente sabia, empiezan por rebajar los ardores colocando el agua de por medio. Si tenemos en cuenta que, en su mentalidad, la vitalidad surge del perpetuo equilibrio entre dos principios, este sol habría de asociarse a un creciente yang, que revestido como un fiero dragón navega a golpe de remo sobre las mansas aguas del río, hasta quedar retenido por el yin. Con estas refrescantes imágenes se da cuerpo y color al festival Duanwu, que hoy festejan los chinos de todo el mundo. En sus juegos de regatas, en la boga de sus barcas, enmascaradas como dragones, se viene a reflejar el estimulante encuentro anual de los dos principios vitales, y en definitiva la fecundación solar de la tierra. Si ese amor es aún posible, creo que debemos celebrarlo.
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sábado, 19 de marzo de 2011
Luna dominante
| La luna esta noche en Glastonbury Tor (England). Foto: Ben Birchall / PA, tomada del Guardian. |
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lunes, 20 de diciembre de 2010
Para afrontar la noche
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| Eclipse lunar, Doug Murray (Octubre 2004) |
Como ya anochece, me hago eco de que «Las tinieblas estarán de fiesta durante el 21 de diciembre de 2010, noche de solsticio invernal, ya que un eclipse total de luna gestará la noche más obscura de los últimos 456 años». No deja de ser curioso que pijamasurf.com haya escogido este titular para comunicarnos la efeméride astronómica. Según parece, lo que se anuncia como fiesta de las tinieblas tendrá que ser de entrada una fiesta a oscuras. Así que es mucho suponer que con esas tinieblas llegue la fiesta, salvo por el lado lúbrico. Otros informantes algo más preciosistas, hablan de ese tono rojizo que la luna llena adoptará antes de entrar en la oscuridad, a su paso por la penumbra. Con semejante telón de fondo sólo falta que los más cuentistas hablen de echarse encima la piel de lobo para salir aullando a esperar a Caperucita.
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sábado, 6 de noviembre de 2010
La luz evasiva
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| Telescopio reflector de W. Herschel |
Empezó agradeciendo a la divina providencia los parabienes recibidos, aunque pronto se orientó hacia la moral y la virtud, «nuestro verdadero alimento» dijo, y se mostró confiado en que con su ayuda estuviera cercana la victoria de la luz sobre las tinieblas. Afligido durante los últimos años por una progresiva y prácticamente irremediable ceguera, este tema era en él recurrente, si bien su discurso le llevó en esta ocasión a derroteros algo menos frecuentados. Y así manifestó su deseo firme de que fuera visible en el cielo el rastro perenne de esa luz virtuosa, pero como una luz próxima y bien definida, no como la inabarcable y difusa luz proyectada por la vía láctea. Hubo un momento en que su frágil figura pareció verse arrebatada por tan vehemente deseo, mas pronto retornó a su habitual tono sosegado y complaciente, con el cual cerró su alocución.
Después de dar cuenta de una cena más bien frugal, todos volvieron en animada conversación al salón. Lexell puso entonces al tanto a Euler y Fuss de sus avances en el estudio de la trayectoria del nuevo cometa descubierto en 1781 por Herschel. Habían pasado dos años y, a pesar del convencimiento general, dejó caer la sospecha de que esa trayectoria pudiera ser más cerrada, con lo que la lejana y tenue luz observada por Herschel en el telescopio acaso fuera la de un nuevo planeta. Entusiasmado ante esta posibilidad, Euler solicitó a sus criados que trajeran la enorme pizarra que tantas veces le había servido de apoyo y se dirigió a Fuss para que fuera transcribiendo en ella como secretario las fórmulas. Al cabo de unas dos horas, entre los tres, habían logrado dar una primera expresión formal de la órbita del planeta.
Tan encantado estaba Euler con el resultado de las indagaciones, que pidió a Lexell que le llevara hasta el ventanal, donde apenas se insinuaba entre nubes el leve resplandor de las estrellas. Con la mirada opaca parecía Euler querer adivinar ansioso la situación del nuevo planeta. Agotado por ese cruel e inútil intento, el desánimo le iba haciendo mover a uno y otro lado su cabeza. Lexell puso entonces una cálida mano en su hombro y, conduciéndolo de nuevo a su asiento, le dijo a modo de consuelo: «Conseguís deducir, señor, luces que acaso nunca veais». No fue del todo cierto, porque ese mismo día, el 18 de septiembre de 1783, dos horas después, Euler partía en busca de esa luz tan evasiva.
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viernes, 12 de marzo de 2010
El cometa suicida
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Trayectoria del cometa suicida Solar and Heliospheric Observatory (SOHO) |
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jueves, 4 de marzo de 2010
Bradley visita a Halley
Cometa 17P / Holmes (Foto: Observatorio de Mauna Kea, Hawaii)
Corre el año 1725 y Thomas Bradley, eclesiástico ordinario de Bordwin en el condado de Wintley, mete en un cartapacio sus cálculos, sus tablas y el resto de sus apuntes para dirigirse a Greenwich. Acude allí para ser recibido por Sir Edmund Halley, director del Observatorio. Conducido a su presencia e invitado a tomar asiento, extrae algunos papeles que coloca sobre sus rodillas y comienza sin más dilación a exponer el motivo de su urgente visita.—Vengo estudiando con detenimiento la posible trayectoria que, de seguirse las leyes de Newton, describiría un cuerpo celeste, que creo que es un cometa, aunque todavía lejano. Pero os confieso también que no estoy muy convencido de todos los razonamientos geométricos que gobiernan esas leyes. Vengo observando ese lucero día a día durante meses, y con lo observado creo poder inferir que en 1758 podría entrar en colisión con el sol. Sinceramente, Señor, me temo que estamos en peligro y que debemos de rezar todos para que Dios no permita que esto suceda.
A medida que Bradley expone estas preocupaciones, va entrando en un visible estado de congoja y excitación. Halley, consciente de que el clérigo carga en su bagaje con más angustia y prejuicios que preparación, le responde lacónico:
—Detener un cometa tendría su lógica, acaso divina, temer la fuerza de un argumento no.—Y a continuación añade: —Newton merecerá o no vuestro rechazo, pero no lo echéis cada noche a suertes. Lo de rezar, siempre es propio y más aún en vuestro oficio, pero si albergáis la intención de alertar a la población, será mejor que abráis página y os estudiéis los Principia, y que dejéis el Apocalipsis para mejor ocasión.
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martes, 12 de enero de 2010
El mensajero de las estrellas
Europa, Ganímedes y Calixto protagonizaron hace hoy 400 años una memorable jornada. Orbitaban como siempre alrededor de Júpiter, pero esta vez Galileo los vio y hasta podría decirse que les salió al paso. Lo que hoy son satélites no eran más que simples objetos perdidos en el firmamento, quizá estrellas más o menos brillantes, cuyo movimiento había pasado hasta entonces inadvertido. Apuntar con el telescopio no era común en la época, porque el número de estos instrumentos era muy escaso y su factura artesanal y complicada.
En realidad todo sucedió de noche, la del 7 de enero de 1610. Vigilar y estudiar el paso de los cuerpos celestes había interesado siempre. Era el cometido de los astrónomos, y antes de ellos lo fue de otros sabios. El oficio, durante siglos noble y avanzado, llegó a verse muy maleado por la inquina de la iglesia católica, para la que los astros y su evidencia física competían con ventaja al sagrado dogma y a sus figurantes. Cualquier afirmación desviada del sentido común era puesta bajo sospecha, aunque contara con el crédito de toda la lógica aristotélica. Por otro lado invocar a Aristóteles tampoco era de gran beneficio para el astrónomo. Si estableció que los graves caían a la tierra porque era el centro del mundo, no puede decirse que estuviera por el análisis de órbitas, y quizá por eso se convirtió en credo y guía para toda la filosofía de sacristía.
El desafío a ese credo no era tampoco tan general entre los sabios. El tema de la trayectoria, por ejemplo, no se planteaba. Fuera cual fuera el paso de la estrella la geometría tolomeica parecía simularla sin problemas con un complicado juego de epiciclos y círculos semovientes, siempre con la Tierra como centro. Pero no sólo Aristóteles era una rémora, también el regusto platónico por el círculo como curva perfecta tuvo sus efectos doctrinales. Tontamente se llegó a creer que fuera del círculo geocéntrico no había salvación ni explicación.
Mejor volvamos a la noche en que Galileo dispuso el telescopio, abrió el cuaderno y pacientemente fue observando el firmamento a medida que tomaba nota. Más o menos alineados, entre Oriente y Occidente, registró la posición de Júpiter y tres de sus satélites.
Todo hubiera podido quedar en una observación, en un dato. Ni sabía que eran satélites, ni sabía que había bastantes más. Simplemente tomó nota. Unos días más tarde la disposición había cambiado, como si algunos de los cuerpos se hubieran movido. Algo así como si fueran lunas en torno a Júpiter, que por su brillo se distinguía entre ellos sin dificultad. Así que un segundo registro pasó al cuaderno corrigiendo al anterior.
Comparando ambos no parecía probable que fuera Júpiter el que hubiera mudado su posición, porque estos planetas se mueven de un modo lento y probablemente hasta era conocido su movimiento. Más bien serían los otros astros los que se habrían desplazado en torno a él. Alrededor de Júpiter algo giraba. Quedaba por establecer si regularmente y en tal caso según qué regla.
Hoy conocemos con algún detalle qué se oculta tras esos asteriscos. La primera noche tenía ante sí, de Oriente a Occidente, a Ganímedes, Europa, Júpiter y Calixto. Mientras que en la segunda Ganímedes se había ocultado, pero a poniente de Júpiter lucían Ío, Europa y Calixto. A comienzos de marzo de ese mismo año Galileo presentaba en Florencia un breve tratado, titulado Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), con el fruto de estas y otras observaciones. Júpiter que veía orbitar al menos cuatro satélites era el mejor contraejemplo de un firmamento declarado doctrinalmente geocéntrico.
Nada es casual. La paciencia es un suelo fértil sobre el que se alzan sin temor las verdades. Sólo el malhumor eclesiástico, el hijo más odioso del azar, parece haber sobrevivido, cernido como un monumental nubarrón sobre toda esa deslumbrante arquitectura astronómica.
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