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| Chrysina aurigans y Chrysina limbata. Foto: Eduardo M. Libby |
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jueves, 7 de julio de 2011
Los escarabajos metálicos
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Costa Rica,
natural
domingo, 3 de julio de 2011
Teatros naturales
| Bosque de Alkurruntz (Baztan) © autor |
Debe escogerse algún lugar en que la sombra tenga algún contrapeso que la incomode, eso lo primero. El bosque, por ejemplo, mantiene las sombras sujetas a la incertidumbre y la sospecha de miradas ocultas o de trampas profundas. No todos los rincones valen para ese cometido, pero si se escoge bien, hasta un distraído y alegre pastor puede ser un motivo temible si lo hacemos descender desde lo alto del bosque, a grandes zancadas, envuelto en pieles y con aire depredador. Con un motivo como ése, y animado por esa dinámica, podemos dar un segundo paso, esta vez hacia la inversión del cuadro de apacible descanso a la sombra de los árboles. De lograrlo se tendrá por sobrecogedor lo que hasta ahora era tan acogedor. Pero si queremos el efecto definitivo, incluso con el sol en el zenit, escogeremos la umbría de un monte boscoso. A esa hora el sol rebasa la cresta, arroja la luz a ras de ladera y coloca árboles, rocas, arbustos, el bosque entero, a contraluz del que asciende. En la lejanía iremos distinguiendo de aquel bucólico pastor su extraña figura y poco a poco el contorno de su negra y creciente sombra, acompañada del bronco chasquido de la hojarasca cada vez más próximo. Mejor que no sea risueño, sería terrible escuchar su desatada risa y peor verlo bajar corriendo entre carcajadas como un oscuro monstruo burlón que viene a nuestro encuentro.
Bien se ve, pues, que un escenario frondoso, un actor oculto y el desafecto de la luz, unido todo frente a un sujeto, sea éste sensible o apocado, curioso o imaginativo, puede servir como un virtuoso prisma con el que el mundo deja de ser lo que parece.
sábado, 25 de junio de 2011
Un año después
Hace un año aproximadamente se reunían en el corazón de África, en la ciudad chadiana de N'Djaména los mandatarios de los once países que de costa a costa administran las tierras desérticas del Sahara y las semiáridas de su frontera sur, el Sahel. La reunión pretendía dar impulso operativo a un proyecto de larga gestación y de tremenda importancia para África, la Gran Muralla Verde. Probablemente se trata de la iniciativa de intervención ecológica más ambiciosa de las que se hayan puesto en marcha, en África y en el mundo.
Con ese fin se irán creando nuevas plantaciones de bosques de especies autóctonas para apoyar y mejorar la vegetación ya existente. Se pretende igualmente crear zonas de pastoreo, parques y reservas naturales, así como corredores de intercomunicación para la población. En esta columna vertebral se integrará una red para la retención de aguas y áreas de producción frutícola. En la gestión se intentará involucrar a las poblaciones locales, a productores privados y a las administraciones forestales.
Aunque es pronto para hacer balance, parece que tras el primer año los resultados son esperanzadores y los primeros objetivos se van cumpliendo. La memoria del proyecto alerta en su último punto sobre los riesgos que se ciernen sobre él, y los admite de tres órdenes distintos: la ausencia de voluntad de los países, la insuficiencia de la financiación y la situación de inestabilidad política o de seguridad.
Para más información: http://www.grandemurailleverte.org
domingo, 19 de junio de 2011
De pan traer
| Trigales de la Cendea de Galar © autor |
domingo, 5 de junio de 2011
Ya llegan
Vengo de allá arriba. Como si de una negra y siniestra nube se tratara, estos últimos días ellas han empezado a infiltrarse desde lo alto de las montañas y a extenderse por aquel sombrío territorio. Cuando esta mañana contemplaba en la lejanía aquellas alturas, veía el azul del cielo constantemente atravesado por compactas y enjambradas multitudes de impertinentes moscas. Se diría que, un año más, pretenden impresionarnos con esa parada celeste y sobrevuelan nuestros dominios más remotos y descuidados antes de invadir sin miramientos nuestros pueblos y ciudades. A su llegada, que vino anunciada ayer por estruendosas tormentas, nada realmente parece haber quedado fuera de su alcance. Nadie sabe a ciencia cierta dónde han encontrado cobijo ni quién se lo ofrece, pero el húmedo y caluroso ambiente actúa como un poderoso estímulo y las levanta a millones desde lo más profundo de los altos y lejanos bosques. En cerradas formaciones las he visto rondar con vuelo insistente, para adentrarse luego a través de los árboles y dar batidas de reconocimiento cada vez más amplias, ante la despreocupada y algo extrañada mirada de los pájaros. Más tarde han descendido a patrullar por las orillas de las charcas y regatas en busca de animales sedientos sin otro fin que hostigarlos, ponerlos en fuga y hacerse con la posesión de sus abrevaderos. Otros grupos, no tan guerreros pero aún más pegajosos que los anteriores, vigilaban desde el aire al asustado y sumiso ganado, justo allí donde se abren espacios y praderas. Sometidos a esa vigilancia suya, tan completa y penetrante, han quedado también todos nuestros caminos, sendas o veredas. Los toman por vías de penetración enemiga, lo que les lleva a perseguir furiosas a los inocentes viandantes. Algunos de los que hemos merodeado hoy por aquellos parajes estamos ahora aquí para contarlo. Esto quiere ser sobre todo un aviso. Un aviso de que esos oscuros ejércitos de moscas se aprestan en las montañas, seguramente a ensanchar sus dominios de cara al verano. Hoy hemos sido sólo observadores domingueros, presa fácil de sus emboscadas, y hemos salido corriendo sin pena ni gloria, mientras movíamos los brazos como aspavientos. Pero ahora sabemos las zonas donde se han hecho fuertes y conocemos los apostaderos donde aguardan para lanzarse sobre el incauto y tantearlo con sus pringosas trompas. No sé si todos somos conscientes de esta temible amenaza, pero urge darles a entender que volveremos allí como dueños. Si logran salir del reducto montañero y esa inmensa legión de aguerridas moscas se extiende por las llanuras y las anchas riberas, nada ni nadie conseguirá desplazarlas. Si ganan también las ciudades, y asedian nuestros entoldados, nuestros reservados, nuestras bodegas, nuestros salones, nos veremos obligados a salir a la batalla para disputar, para decidir definitivamente quién disfrutará este verano de las mejores y más apacibles sombras. Creemos que es posible la victoria, al menos parcial, pero conviene advertir también desde ahora que quienes sobrevivan al incordio aún deberán enfrentarse a otra feroz y sangrienta carga, la de los mosquitos.
lunes, 30 de mayo de 2011
Entre los juncos
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| Un tritón pirenaico y su presa |
domingo, 8 de mayo de 2011
Verde profundo
| Bosque de Aintzioa (Erro) © I. Marín |
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domingo, 1 de mayo de 2011
Volatines
Durante muchos años los jilgueros —por aquí cardelinas— veían el ajetreo urbano desde jaulas colgadas en las paredes de balcones y terrazas. Para nosotros, entonces niños, el momento más esperado era el del canto. Aunque no lo escatimaban, insistíamos en azuzarles metiendo el dedillo entre los barrotes, con lo que alguna vez nos ganábamos el picotazo merecido. Son recuerdos de primavera, o mejor de verano. No recuerdo a dónde se les trasladaba al entrar el invierno, ni tampoco cuándo decayó la costumbre de tenerlos. Imagino que a los pueblos aún se acercan, pero seguro que prefieren los campos donde disfrutan de su manjar favorito, los cardos. Como ya no hay jaulas a la vista, ni servidumbres canoras, hoy nos devuelven libremente la visita en nuestras ciudades. Sé que merodean por mi plaza, un pequeño rincón herboso con árboles rodeado de enormes edificios. Acabo de ver uno, con su carilla roja, su collar blanco y la franja amarilla en el ala, inconfundible. Sería bueno saber qué le ha traído, pero como anfitrión, ante todo, agradezco entusiasmado su regreso. Sólo un ruego: ya que anda por aquí, espero que el próximo día, además de dedicarme volatines, se suba a una rama y entone alguna de sus melodías.
martes, 26 de abril de 2011
Cosas del iris
| Baix Berguedà © autor |
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jueves, 14 de abril de 2011
Mercado natural
La naturaleza siempre ha sido un mercado pródigo. Más allá del dominio de hombres, animales y tierras, que es gratuito a la fuerza, estaría el asombro mágico que siempre ha estado en venta. Con él antes se lograba atrapar los confines, en lo que hoy son ya tierras de frontera. Los colonos encuentran a precios de saldo paraísos y los infiernos se alquilan por temporadas a los poetas.
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viernes, 22 de octubre de 2010
El ogro mirón
| Carbonero común (Parus major) |
martes, 12 de octubre de 2010
Follaje
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| Bosque de Txorimilo (Isaba) |
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domingo, 8 de agosto de 2010
El rito de los pies
Los ritos menores son los que, un poco ajenos al fasto litúrgico o protocolario, resultan más placenteros. Salir al encuentro de la naturaleza encadena una serie de actividades, cuyo carácter ritual parece dar sentido al intento de conocernos conociéndola. A cualquiera se le ocurre que no se va al monte como quien va a por el periódico. Tampoco es precisamente como ir a misa, ni siquiera como ir de romería o hacer el camino de Santiago. De hecho, de los ritos que rigen en ese encuentro, los que me vienen a la cabeza son sumamente sencillos. Son cosas que, por ligadas a la naturaleza, acaban girando alrededor de las tres funciones vitales, ya se sabe nutrición, relación y reproducción. Si salvamos del compromiso quizá a esta última, de la que apenas derivan ritos montañeros, nos quedan las otras dos para las que algún tipo de rito casi nunca falta.
El catálogo de ritos montañeros, cuyos detalles menudos dejaré para otro día, no anda inicialmente lejos del que podría observarse para los viajes. Como en estos, todo empieza con los ritos de preparación, que giran fundamentalmente en torno al itinerario y al equipaje, aquí la mochila. Son ritos básicos y muy personales, que se relacionan con nuestro modo de vida habitual y con nuestro estilo de fuga. Después de estos vienen los que exigen un aprendizaje más largo y específico, conocidos en la jerga montañera como ritos de progresión. Como al final un monte es algo tan natural como una playa, que uno se empeñe en subirlo debe estar más relacionado con el estado de ánimo personal que con su particular orografía. Por eso existen métodos y rituales de sostén psicológico que tienen como fin la animación a perpetuidad del montañero. A ellos hay que acudir con frecuencia para evitar que decaiga y para darle un punto desafiante que le haga la ascensión menos penosa. Junto a los psicológicos, completan los ritos de progresión los relacionados con el refuerzo físico y la alimentación, consistentes generalmente en almuerzos, amaiketakos y cuchipandas varias. Con la nutrición definitivamente representada, habría que ir a los ritos relacionados con la meditación, el retiro y la consecución de fines. No sólo son estos ritos de comunión con la naturaleza los verdaderamente esenciales, sino que son además los que se escenifican litúrgicamente en lo alto del monte. Sin embargo, los pasaré en esta presentación por alto, ya que requerirían de un espacio más amplio y etéreo. Por último, pasados esos tensos y decisivos momentos, cuerpo y espíritu caen en la fatiga hasta tal punto, que se hace necesario apoyarlos con urgentes ritos de reparación física y mental. Son estos muchos y de variada gama: la comida pantagruélica es el más convencional, pero hay también sonadas incursiones en la evacuación y sorprendentes retornos del afán reproductor, que, si bien virtuales, por pudor aquí no detallaremos.
Sólo quisiera detenerme, aunque sea brevemente, en el más modesto de los ritos de este último tipo reparador, en el conocido rito de los pies. El rito es de difícil, aunque no imposible, cumplimiento en invierno. Lo importante es dar con un flujo de agua no excesivamente caudaloso, en el que podamos meter los pies sin vernos arrastrados por la corriente. «Mejor de cuerpo entero» dicen algunos, pero no siempre disponemos de temple para hacernos a las aguas, mayormente si son heladas como suele y nos cubren la tripa. Basta el humilde remojo de los pies tras la caminata para sentirnos reconciliados con la naturaleza ingrata, tanto si se ha culminado en las alturas como si no. Nos deja además este pediluvio la sensación de que no todo ha sido vano, de que si no hemos desatascado nuestra mente, al menos nos vamos a casa con los pies bien limpios.
lunes, 26 de julio de 2010
Harpea
Harpea
Llegamos a un punto en que la niebla impedía saber hacia dónde avanzábamos. Para entonces el camino que nos traía había desaparecido. Frente a nosotros poco más que cuestas y laderas cubiertas de hierba, deslizándose dóciles a un profundo candor, del que subía el murmullo de un arroyo. Todo parecía desfigurado como en un cuadro entrevisto, de contornos imposibles. Bajo unos árboles, al lado de una borda, dos pastores impasibles y ceremoniosos nos vigilaban, mientras con una enorme horca alimentaban una hoguera en cumplimiento de algún aprendido rito. Confundida con la niebla, la nube de humo iba lentamente impregnando el aire con fragancias de esa liturgia pagana. A la escena se incorporaron inopinadamente dos jóvenes resueltos, que sin mediar palabra se lanzaron a una hondonada para seguir lo que parecía un sendero. Como si fueran señuelos, enseguida desaparecieron. Confiados a su audacia, seguimos la senda, apenas un tajo que rasgaba en horizontal la vertiginosa pendiente herbosa. Suspendidos entre nubes, con el gesto concentrado de los funámbulos, marchamos obedientes por la estrecha marca. Afortunadamente no tuvimos que esperar mucho. A la vuelta de una curva apareció empañada por la niebla, en la distancia, quién sabe si próxima, la monumental cueva, Harpea.
Solemos guardar el éxtasis para las catedrales y las obras de los museos, dejando huérfano y sin salida natural nuestro asombro. Aquí ese arrobo te invade de inmediato al ver cómo un tremendo pliegue calizo se riza en una portentosa ola. La ancha faja de estratos que desciende a ambos lados desde su ápice forma una amplia bóveda bajo la que se abre una despejada cavidad. Todo el escenario parece alentar el encuentro con oscuros númenes. No es extraño sentirse en ese ambiente convocado por Basajaun, por Mari, por las lamias o por algún otro duende pirenaico. Ahí está la gruta, por encima la montaña, a sus pies el arroyo, rodeándolos el bosque,… y sin embargo, no hay rastro alguno de ceremonial sagrado. Si lo hubo, algo más que probable, hoy sólo es visible la rutina del oficio: los rediles y las cercas, las cabañas y los prados. Y absortas entre la niebla las ovejas del rebaño.
domingo, 11 de julio de 2010
La higuera
Es inútil, y además debería ser tenido por ridículo, disertar sobre higueras. El que no ha quedado embriagado por ese olor dulzón y veraniego, por esa delicada textura de granitos, no conoce lo más elemental para que esa disertación prospere. Cómo contarle que pese a su atractivo el higo tiene heroico y difícil comer, a la altura quizá del coco, la piña y de las frutas tropicales. Si está en sazón hasta el aprendiz dividirá con un gesto resuelto el higo en dos. Pero eso de entrarle a la fruta recién abierta con los morros henchidos, no es un acto meramente funcional, es oficio artesano lleno de lujuria, y si ya apuras su corazón, granito a granito, envuelto en esa fragancia pecaminosa, la tarea te transporta. A dónde vas, es difícil de saber. Algunos no vamos a ninguna parte, sino que volvemos a las meriendas de antaño, cuando convertido en dulce el higo se colaba en un corrusco de pan. Un escueto plan para merendar, pero de muy complicada ejecución, que acababa casi siempre con el dulce escurriéndose lento y viscoso a la altura del codo. Es así como nos entregaron, a lo que hoy es casi cautiverio, a esa devoción por los higos, que revive y remueve nuestra savia con ese olor penetrante y evocador cada verano.
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Sol y sombra
Árbol de la seda o parasol de China
A diferencia del par formado por el sol y la luna, que tienen un sentido escatológico y un reflejo psicológico más o menos activo, entre sol y sombra aparece una dicotomía cuyo provecho final es tan difícil de definir como el que se da entre tener y no tener. Están, por una lado, aquellos que creen que lo mejor es disponer de alternativas simples y fáciles de resolver, y están, por otro, los que las mejoran explorando grados entre los dos extremos, en este caso todos los que van del crudo sol a la tenebrosa sombra. Los que no cuentan con esa elección de grado pronto comprenden que en ella está la auténtica libertad real de elección. Percibir en estas jornadas veraniegas el sol como el bien absoluto, como un sagrado don natural, mostrando como única alternativa la sombría clandestinidad, quizá tenga sentido para quienes asocian esa presencia con la llegada de parabienes, mieses y frutos. Para los demás recibir y aceptar ese fuego inclemente es una muestra de nuestra obligada resignación al orden natural, un orden riguroso al que únicamente algunas sectas playeras se someten de buen grado confiando como fieles creyentes en recuperar a pleno sol los rastros de una belleza que a fuego lento se apagó.
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domingo, 4 de julio de 2010
Nieblas de julio
Subiendo a Leateko Harria, A. Marín, 2010 ©
La mañana tenía algo de fantasmagórica por allá arriba. El hayedo, que reclama a veces nuestra atención con sus delicados matices en verde o con la soberbia envergadura de sus troncos, no se veía brillar. Hoy no era uno de esos días. Hoy era de aquellos en que recorrer el hayedo puede ser una experiencia inquietante. En estos casos todo suele empezar cuando sentimos nuestro peso en el crujir de las hojas y oímos su respuesta quejumbrosa a cada paso. La cadencia resuena entonces como una serie de latidos sosegados, puede llegar envuelta en el rumor de una cercana regata e incluso confundida con el revuelo del aire en las altas ramas. Tampoco nos lleva un fragor sinfónico, simplemente son rumores, en los que reparamos al no distraernos demasiado la luz.
En estos días de niebla, la luz, aunque dominante de mañana, se torna una referencia imprecisa en nuestra marcha. No guiándonos, más parece que nos rodea, que esconde inminencias. Tras la entrada en ese hayedo blanquecino y desfigurado se nos van presentando lentamente las muestras: un haya de copa redondeada se adelanta a darnos la bienvenida; detrás de ella, las restantes una tras otra, se van perfilando como mástiles en su laberinto; al fondo se ve una roca verde oscura con una armadura de ramas. Llaman a este paraje Leateko Harria. Es punto de reunión, por lo que he visto, de corzos, quizá también de ciervos. Nadie peregrina por estos pagos. Pero el verano es la estación de los confiados y de los que en busca de maravillas se pierden. Hay un susurro de madera que se estremece, cosa de brujas y sortilegios, seguramente. Algunos nunca volvieron, ¿quién sabe? quizá el bosque les acogió, quizá sigan en él penando.
martes, 22 de junio de 2010
Claro en el bosque
Bosque de Urbaran (Valle de Arakil)
Encerrado por el prolongado borde rocoso que cierra la sierra a un lado y más abajo en paralelo por una encrespada línea de estratos verticales, el bosque ha permanecido aislado durante siglos entre estas dos murallas, enlazadas en sus extremos por dos collados a modo de pasarelas. Del lado de la sierra manan fuentes cuyas aguas claras se abren paso en la ladera por múltiples y tortuosos cauces. Todas ellas confluyen en un riachuelo que sale a los llanos del valle por un estrecho paso abierto entre esos paredones de erizadas crestas. De collado a collado un largo sendero cruza toda la cuenca como si de su nervadura se tratara, dejando al descubierto a un lado y a otro muestras y ejemplares de la variada vegetación que cubre el área encerrada. Alcanzan porte descomunal, por ejemplo, algunos castaños solitarios, aunque en la parte de la hondonada abundan sobre todo robles y arces, y a medida que se gana altura predominan las hayas. El repertorio de arbustos y hierbas da también para extenso catálogo, sobre todo en las riberas de las regatas, que parecen discurrir perdidas entre tanta espesura.
El bosque acoge al caminante a la altura del primer collado, dejándole que se adentre por la ancha franja y manteniéndole a la vista las dos crestas protectoras. Poco a poco lo irá viendo descender y cruzar entre umbrías y manantíos hasta el fondo de las regatas. Una de ellas le señalará la salida a un soleado claro, donde se mostrarán sin pudor y con alboroto pinzones y lavanderas, picos y mirlos en el corazón de su acogedora república. Las huellas le harán ver que entre todas éstas es ave de paso y que debe seguir su propia ruta. Encarará entonces lentamente la vaguada estrecha y empinada, y continuará adelante, aunque todo a su alrededor se vaya haciendo más oscuro y severo. Pese a ese ambiente riguroso, pronto se dejará prender por las luces que se entrevén en lo alto de los árboles más lejanos. Y fijando la mirada le irá guiando en su áspera ascensión la creciente claridad que se adivina suspendida al fondo. Llegará el momento en que la pendiente ceda definitivamente y el bosque se abra a un último y recoleto claro. Aunque ahí el sol le asistirá generoso, viendo el aspecto silencioso y olvidado del paraje, debería imaginar que el sueño perseguirá a su reposo, que sobre su lecho se cernirán vigías y que quizá despierte atrapado en plena noche, a solas, como un fortuito cautivo frente al bosque y sus amenazas.
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sábado, 22 de mayo de 2010
Maniobras informativas
Leo en el periódico de ayer día 21 la siguiente nota: «Desde la Comandancia Militar de Navarra se señaló ayer que el día 18 de mayo una unidad militar tipo Compañía, integrada por 45 hombres perteneciente al Regimiento Sicilia nº 67 con sede en San Sebastián, tenía programada una marcha a pie por terrenos de montaña en la provincia de Guipúzcoa limitando con Navarra. "Por algún error de tipo topográfico -precisaron dichas fuentes- se pudo salir de la zona de acción entrando en el municipio de Orbaiceta" y que la marcha tenía duración de una jornada (de 9.00 a 14.00 horas)».
Zona de acción para el programa
Semejante correo oficial obliga a hacer algunas consideraciones y algunas precisiones. La primera consideración debería de ser sobre si la nota emitida se hace con ánimo informativo o con otra intención difícil de adivinar. Si no hay ese ánimo, sería mejor abstenerse de comunicados, y si la hay entraríamos en una segunda consideración. En esta nueva habría que preguntarse si es voluntario o no el menosprecio manifiesto hacia los lectores. Si es voluntario se actúa probablemente de iure, entendiendo que nadie debería de dudar de la alta instancia a la que representan. Si es de facto, estaríamos ante el dilema de tonto yo o tonto tu, por lo que conviene traer al caso precisiones que demostrarán que los tontos son ellos al tomarnos por tales. Vamos a ellas:
1 - Los tiempos corren también para el ejército que parece haberse quedado sin nombres para identificar las nuevas unidades operativas o sin hombres para componer las tradicionales. La unidad militar tipo Compañía, ¿es o no es una compañía? Si lo es, porque lleva un capitán al frente, 45 efectivos se me quedan cortos, y si no lo es, quizá haya que bautizar de algún modo a esta tropa deambulante.
2 - La actividad consistía en una marcha a pie con punto de partida en algún lugar secreto de Guipúzcoa, probablemente rondando ya Navarra. Podemos suponer la asamblea a las 9.00 a.m. El grupo emprendería camino y se internaría en terrenos de montaña para desfogarse y mostrar sus habilidades en la ‘zona de acción’, con tan mala fortuna que se desorientó. Es probable que el cabo a cargo de las comunicaciones acudiera por error con el equipo de telefonía con hilos. Lo cierto es que no disponían, metidos en pleno bosque, de móviles, GPS, ni comunicación fiable, o quizá que las órdenes obligaban a actuar de incógnito para no alertar a los civiles.
3 - Aunque no consta, es de suponer que este personal en armas marchaba además con el equipo reglamentario, donde siempre hay sitio para una modesta brújula, y que la autoridad al mando completaría la dotación básica, por si acaso, con algún mapa del escenario de la maniobra. Aún así cometieron, por la complejidad propia de meridianos y paralelos, un inevitable y fastidioso error topográfico que los llevó al buen tuntún por los montes navarros, sólo con el desayuno y sin certeza alguna sobre la hora de fajina.
4 - Ante la difícil tesitura planteada y tras examinar hasta el último detalle el manual táctico de soluciones operativas, la opción del mando parece que fue "tirar pa’lante" por valles, ríos y montañas. Y la fórmula cundió. Cundió tanto que a la hora de fajina (las 14.00 horas) los efectivos militares hacían su entrada desde Irati en el mismísimo municipio de Orbaiceta (nombre oficial Orbaitzeta).
5 - Analizados los datos, ni la tropa autóctona de don Carlos hubiera mejorado su rendimiento. Del punto guipuzcoano más próximo a ese municipio median en línea recta unos 55 Km, aunque eso sí pasando por Francia y sin llegar a Irati. De hacerlo estaríamos en los 70 Km por lo menos. Conociendo los usos habituales en estas expediciones, una hora al menos se iría en paradas, almuerzos, consultas topográficas y llamadas a SOS emergencias. Lo que nos llevaría entonces a una velocidad de crucero de unos 5 metros por segundo, o sea cercana a la carrera. Contando con los desniveles pirenaicos y con las tareas guerreras encomendadas, si cumplieron órdenes es más que una proeza. Presentar como un despiste topográfico lo que fue, de creer al redactor, un memorable alarde atlético y marcial es el error más imperdonable contenido en la nota.
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domingo, 2 de mayo de 2010
El vigía
¿Qué puede significar una roca enhiesta en medio del denso follaje? Los escritores de los que aprendí me dirían que es una muestra acabada de la voluntad o una imagen de la fuerza telúrica. Pero suele haber también algo de exhibición gratuita, de insinuación en ese empeño. Por eso me resultó más grato suponer que esperaba mi llegada, y que tras el avistamiento casual vendría el asombro y el recreo. Incluso puede ser que, tras nuestro repentino encuentro, azorada, hubiera preferido confundirse entre el hayedo, decidida a que nadie más supiera de ella. De ser algo más que una mirada seductora y mágica lo que hubo, nunca vi detrás a faunos o duendes. Ni sentí que el regalo de la roca me fuera dedicado, ni lo entendí como un mensaje críptico. Acababa simplemente un tranquilo paseo por el bosque bajo la lluvia, así que su descubrimiento se pareció más a un premio final añadido.
Un poco tonto que ahora lo diga, pero la roca lleva ahí ya un tiempo, y en esa acrobática postura. Al menos desde que se formó la falla de Lizarraga en cuya ladera se asienta, allá arriba en Urbasa. Épocas muy antiguas, tanto que hasta ha conseguido ganarse un nombre: Zaizuri, algo así como el vigía blanco. Tampoco muy conocido, una clave como de iniciados, ya sean pastores, carboneros o leñadores, ya sean brujas, monjes o herbolarios. Pese a su encanto, un nombre seguramente siniestro para quienes frente a la roca perdieron sus pasos en tardes de niebla y espesura.
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