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viernes, 22 de julio de 2011

¿Has encontrado tu contrarréplica?



Algunas teorías son extravagantes hasta que se confirman y otras lo son incluso después. Son mayoría, sin embargo, aquellas en que lo extravagante es intentar confirmarlas. Mal podría haber imaginado el Dr. Aaron Folger en su provinciana Aachen natal que un siglo más tarde la teoría que él postulaba como gran avance social y científico encontraría el entusiasta apoyo del movimiento serafista de los Hermanos Gemelos. En la sección de información local de un sucinto ejemplar del Pretorian Standard, publicado en Paradise (Nevada) y fechado el jueves 22 de julio de 2010, se recogía la siguiente noticia:

«Los Hermanos Gemelos anuncian una activa campaña de proselitismo, que juzgan definitiva para su destino en este mundo y decisiva para su bienestar en el otro. Desde su sede central, establecida en Bendy Farm hace ya unos veinte años, su portavoz Bill Carrey ha hecho un angustioso llamamiento público en el que ha diagnosticado con sobria precisión los males venideros en un inmediato futuro y ha animado a la población mundial a un examen urgente de sus responsabilidades personales. Seguidamente ha reclamado a todos «un gesto de audacia» para que cada cual busque el contrapeso que permita restaurar, primero local y después globalmente, el equilibrio natural. Sabido es que, según la teoría del Dr. Folger de la que los HHGG son fervientes seguidores, existe para cada individuo, en algún lugar del mundo y durante toda su vida, lo que él calificó como gemelo simpático, una suerte de réplica personal suplementaria que formaría a su lado un sistema de vasos comunicantes y llevaría a ambos a un estado de armonía y paz, fruto de algo parecido a un equilibrio hidrostático de humores. En opinión de Carrey, la teoría de Folger siempre ha tenido convencidos partidarios en América, pero ha gozado de una difusión fundamentalmente académica, y por lo tanto demasiado restringida. La intención de los HHGG con su campaña es promover la masiva presencia e infiltración en las redes sociales de perfiles personales, todo con el honroso fin de ayudar a cada individuo a encontrar su pareja, con independencia de raza, género o religión, y de lograr con ello una evolución personal armoniosa, neutra y correctamente estabilizada junto a su simpático. «De este modo», nos previene, «lograríamos atacar en su misma raíz todos los desequilibrios mundiales y por una vez avanzaríamos seriamente hacia el verdadero nuevo mundo, hacia la América en equilibrio"».


viernes, 17 de junio de 2011

El Plan Benjamin



Espero verlo pronto en la pantalla grande con alguna estrella de relumbrón. Es una historia que nos ha sido contada a ráfagas en los boletines de noticias: aquello de la invasión de Irak y las armas de destrucción masiva. Corría entonces el año 2003. Ahora nos enteramos por la prensa de que un año después de sentar plaza militar llegó el desembarco económico. Los Angeles Times lo contaba así hace unos días: «Autoridades del Pentágono decidieron que un avión gigante Hercules C-130 podría trasladar 2.400 millones de dólares empaquetados en fajos de billetes de 100 dólares. Enviaron un primer avión cargado de dinero, seguido por otros 20 vuelos a Irak en mayo de 2004, en un traspaso de 12.000 millones de dólares en lo que las autoridades estadounidenses creen que ha sido el mayor traslado internacional de dinero de todos los tiempos».

Llegados 7 años después a los actuales tiempos de crisis, aquella riada de apetecibles benjamines (por la efigie del billete de 100) subleva la sensibilidad del contribuyente americano, que esperaba que Bush y Rumsfeld hubieran cerrado con aquel dinero un buen negocio. La factura de su aventura milito-comercial debe rondar actualmente los 61.000 millones de dólares. La oficina creada por el Congreso estadounidense para canalizar aquel dinero de choque no encuentra modo de justificar 6.600 millones de aquellos envíos y se empieza a hablar de robo a gran escala, probablemente porque se ve que no hay negocio. La cosa se desencaja un poco, o se complica del todo, cuando leo un poco más abajo que aquel primer dinero «procedía de las ventas de petróleo iraquí y fue tomado de activos y fondos excedentes iraquíes del programa 'alimentos por petróleo' de las Naciones Unidas», lo que ha dado lugar a la amenaza del gobierno iraquí de demandar a esta gente ante los tribunales internacionales.

Con tantas cifras, el asunto es un poco complejo de llevar a un guión, pero el meollo se ve claro, diáfano incluso. Así que la película llegará, no debemos perder la confianza. Lo del dinero lo veo más dudoso, pero siempre pueden mirar en Kuwait, en Dubai o por allí. No andará lejos, y menos para el largo y fornido brazo de su ley.


sábado, 21 de mayo de 2011

Parada en City Hall


Hace unos días me contaba mi amigo Rafa Guastavino cómo, estando de maravillado viajero en Nueva York, cogió la línea 6 del metro para ir hasta el puente de Brooklyn, al Sur de Manhattan. Como era la última estación se acomodó junto a la ventanilla para ver pasar las lucecitas en los largos y oscuros túneles del trayecto, hasta que quedó sumido en un insoportable sopor. El vagón fue despoblándose a medida que la gente descendía en las sucesivas paradas. Finalmente el tren llegó a la estación terminal de Brooklyn Bridge, donde seguramente alguien debió de dar por megafonía la voz de «last stop». Pero Rafa no la oyó, y continuó en su plácido sueño sin que nadie le advirtiera del nuevo viaje que emprendía. Cuando el tren empezó a recular, el traquetreo se agudizó y un extraño ruido de raíles le despertó. Miró entonces por el cristal: ni la dirección era la de antes ni el camino parecía el mismo. Sin embargo, poco a poco fue haciéndose la luz al entrar en lo que parecía ser una estación desconocida. Allí los conductores se bajaron y desaparecieron rápidamente por una de sus salidas. Como parecía que la parada iba para largo y habían abierto las puertas para ventilar, decidió salir al andén y echar una ojeada. Sobre el arco que cubría la salida principal, un rótulo daba nombre a la estación, City Hall. Ese mismo nombre y una fecha borrosa figuraban en uno de los billetes que recogió del suelo. La estación formaba una amplia curva, a la que los vagones del convoy se adaptaban con dificultad. El espacio semejaba a una larga cripta tubular, compuesta por una sucesión de bóvedas cubiertas de ladrillo y baldosas de colores a la catalana, que acababan formando en las paredes laterales elegantes arcos de medio punto. En la zona central, la luz se filtraba tímidamente a través del techo por una franja de vitrales decorados con delicadas geometrías, lo que unido al leve resplandor lateral procedente de las bocas de salida daba al decorado un aspecto recogido, casi íntimo. Al lanzar la mirada hacia el túnel del fondo, el progresivo achicamiento de los arcos abovedados iba creando una tenebrosa perspectiva en la que se confundía la profundidad con el vértigo de lo desconocido. La atmósfera estancada, el aire denso y dulzón, hacía pensar en una estancia olvidada, poco visitada, como anclada en tiempos pasados. En medio de aquel ambiente, creció en él la sospecha de que el tren se había estacionado en la sala de un antiguo palacio gótico, cuyas salidas conducían directamente a Gotham City y en la que el mismísimo Batman tenía su discreta y exclusiva estación. No hubo tiempo para muchas más cábalas, porque escuchó algunas voces por las escaleras. Se introdujo rápidamente en el vagón y tomó su asiento. Las puertas se cerraron y el tren arrancó sin destino conocido. Aún pasmado por su incursión en aquel subterráneo gótico, se dejó llevar por el cansancio hasta que amaneció avisado por un empleado. Llevaba éste un extravagante uniforme, revestido con una larga y oscura capa, y cubría su cabeza con un raro tocado rematado en dos curiosas puntas, que por delante le ocultaba parte del rostro. Somnoliento todavía, Rafa le preguntó que adónde se salía desde City Hall. Con aire sombrío, el empleado le respondió que no recordaba ninguna estación con ese nombre. Fue entonces cuando él metió la mano en su bolsillo y sacó el billete. El de la capa sacó una pequeña linterna, dejando ver una insignia amarilla en el pecho, y miró el billete con suma atención. Al rato torció el gesto y se dirigió a él para comunicarle: «Señor, este billete ya no es válido, es de 1945. Debo de dar parte de esta infracción». No parece que a Rafa le importara demasiado pagar la multa. Cuando volvió a casa, a Barcelona, la colgó en un bonito cuadro junto con el billete de City Hall. Y a todos nos contaba que fue Batman en persona quien le puso esa multa.

Antigua estación de City Hall, New York,
diseñada por Rafael Guastavino, abierta en 1906 y clausurada en 1945

sábado, 14 de mayo de 2011

El algoritmo sensible


Muro con la lista de 248 víctimas del atentado de Nairobi de 1998
En los símbolos de nueva creación compiten la obligada, y cada vez más acentuada, estilización con la trasmisión de un significado que debe ser inequívoco. El asunto se agudiza en aquellas obras en las que el simbolismo quiere ser la última expresión de una enorme y variada carga emocional. En Europa los monumentos conmemorativos de posguerra optaron con frecuencia por figuras basadas en los estereotipos nacionales. Posteriormente, en un esfuerzo de abstracción, se evitó la figuración, que se vio sustituída por un anónimo al que una llama perenne custodia. En el caso del monumento, actualmente en construcción, a los muertos del 11 de septiembre en Estados Unidos, nos encontramos con que en su definición simbólica ha adquirido singular relevancia un elemento poco discutido con anterioridad, el listado de los muertos.

La idea era llevar los dos mil novecientos ochenta y dos nombres a dos placas de bronce, que se instalarán presidiendo el espacio conmemorativo. No siempre la sensibilidad y el orden se corresponden, así que el reto era crear un orden que no lastimara sensibilidades de por sí ya bastante atormentadas. Son cosas que para los extraños a la situación entran dentro de un afán de corrección sentimental demasiado sutil y quizá desmedido. Pero lo cierto es que ninguno de los métodos de ordenación convencionales, empezando por el alfabético, el cronológico, y pasando al reagrupamiento por su localización o por su destino aquel día, parecía satisfacer plenamente el deseo de sus familiares. Temerosos de que estos detalles, aparentemente menores, pudieran desvirtuar el delicado simbolismo resultante, los organizadores intentaron nuevas soluciones.

Una encuesta, emprendida por los diseñadores del espacio, proporcionó, junto a muy diversas ideas, un complejo mapa de afinidades personales entre las víctimas. Respetar como un mandato ese régimen de adyacencias o proximidades representaba un desafío tan importante que hubo de recurrirse al apoyo matemático y computacional para resolverlo. No era fácil compaginar y trasladar a los bronces esas relaciones de pareja, de camaradería, de filiación u otras coincidencias aún más abiertas. Así que se tuvo que crear un algoritmo de ordenación con vistas a reducir todo ese denso mapa gráfico de afinidades personales al simple régimen lineal. Parece que el algoritmo ha logrado asumir todas las sensibilidades y ha tenido éxito.