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sábado, 16 de julio de 2011

Icarontes


De guiarnos por los periódicos y sus noticias financieras, podríamos acabar creyendo que todo lo que llega a nuestras manos nos es dispensado a cuenta y con retorno a plazo fijo, y que es así hasta para el aire que respiramos. Si de acuerdo con esta impresión la vida es una simple fórmula de crédito, extendida a todo lo que cubre nuestro radio de acción, habrá que concluir que es un negocio ruinoso. Y habrá que empezar a distinguir entre el ánimo imprescindible para disfrutarla y esa invitación a fogueos para mantenerla en caliente —o recalentada, quién sabe—, estímulos que nos hacen ver la realidad como una cruda y permanente disputa con el resto de los vivos por el poder de la ventaja.

No hace falta acatar mandamiento moral para entender que el gasto emocional por hacerse con una de esas posiciones, por auparse con alas hasta hacerse visible a sí mismo por encima de los demás, es un plan a la larga insostenible. Algo recuerda a Dédalo, el arquitecto de vidas laberínticas, sin olvidarnos de su hijo el desfallecido Ícaro. Si con el primero celebramos el vuelo al paraíso, con el segundo reconocemos su dramático coste. Tras la llegada a su destino y la pérdida de Ícaro, seguimos a Dédalo en su destino, caminando bajo el peso de su ingenioso aparejo. Esas alas enormes le acompañarán para siempre, pero no como despliegue de supremacía. Esas alas las arrastrará como grotesco recuerdo del pasado y como muestra de su impotencia para afrontar en su paraíso una nueva vida.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Labores de costura


Photobucket
Mecanismo del cosido automático
Antes era común ver en casa andar a nuestras madres y abuelas con telas, patrones y vestidos en la máquina de coser. Comparados con los resabiados autómatas actuales aquellos resultan hasta entrañables. Ya pasado el tiempo he empezado a ver aquellas tardes de costura como los momentos incipientes de nuestra convivencia continuada con los autómatas. De esa relación, que quedaba tan a la vista, me intriga ahora aquel estado de aislamiento al que las veía sometidas. Igual tampoco hay que buscarle mucho misterio a todo este asunto. Del lado del artefacto no hay mucho más que su tecnología, pero del otro lado acuden a mi memoria sus rostros ensimismados, con la mirada fija, como de sonámbulas. No era conveniente acercarse, era inútil también preguntarles algo, nada las levantaba de su asiento y de aquel rítmico pedal.

Para ser la simple extensión de un instrumento aquellos autómatas generaban unos estados extraños y dejaban a nuestras madres y abuelas en una suerte de trance onírico del que repentinamente salían con aire triunfal, enarbolando en la mano una falda o unos pantalones y reclamando la inmediata y definitiva aprobación de su victoria, aunque nadie sabía bien sobre qué. Pero lo del período anterior, en el que algo parecía ir gestándose, era el gran misterio. En teoría estos aparatos redimían a quienes los manejaban de tareas repetitivas y penosas, y en definitiva les liberaban. Pero nunca supe en qué mundo quedaban ellas libres con su máquina, tras volar con el pedal en aquel perpetuo vaivén. No me parece francamente que esa liberación les llevara a un estado de enajenación doméstica, ni que la monotonía de esas tareas entrañara, como algunos creen, una especie de esterilidad mental. Había una larga ausencia, cierto, pero tras ver aquellos fulgurantes regresos, uno se quedaba con la impresión de que habían nadado durante un buen rato en aguas profundas y que salían radiantes, llenas de nuevas ideas y con la imagen de extrañas y luminosas presencias aún viva.


Posdata: Mecanismo tomado de http://mytechnologyworld9.blogspot.com

viernes, 8 de abril de 2011

Una tontería


El punto fuerte de las máquinas computadoras, el que lleva camino de conferirles auténtico poder es su mimetización del comportamiento humano. Que por el momento esa imitación no se produzca por propia iniciativa es tranquilizador, aunque sin duda es posible, y temible, que pronto aprendan a imitar el muy humano arte de la imitación. En inteligencia artificial algunos de los programas que gobiernan los aparatos se basan en rapidísimos recorridos algorítmicos por complejos árboles de posibilidades efectivas, pero no creo que sea por ahí por donde nos van a pillar. Lo que está bajo lupa es nuestro lenguaje, con su inagotable y flexible repertorio de palabras, giros y trucos. En realidad, donde hoy se mide la inteligencia de las máquinas es en la sintonía que mantengan con él.

Ahí cabe siempre la sorpresa. Si podemos sorprender al humano que tenemos al lado, ¿porqué no vamos a poder sorprender a quienquiera que se encuentra al otro lado del tabique?. En esto se basa el conocido Test de Turing. El autor del interesante The Most Human Human, Brian Christian, que participó en una competición montada sobre este Test, cuenta en la obra detalles de la dificultad existente para discriminar efectiva y correctamente entre humanos y máquinas. Cuenta, por ejemplo, que en cierta ocasión, tan convencido estaba uno de los jueces de estar en contacto con un humano, que no dudó en quedar al final para tomarse unas cañas con él, en una salida sin duda algo tonta. Para su sorpresa, al otro lado del tabique su interlocutor se bloqueó y comenzó a soltar lastre algorítmico y retazos lingüísticos en crudo; en resumen, una confusa réplica de incoherentes tonterías. Visto este caso, entiendo que habría que cultivar ese terreno y desafiarles al juego de la tontería. Tenemos aún grandes posibilidades a la hora de hacernos el tonto, o si se prefiere de simular y modular nuestra ignorancia. Sabemos de gente que tiene dotes innatas en este campo y pienso que reuniendo a los mejores no tardaríamos en distanciarnos de las máquinas con sus inteligentes monotonías.

viernes, 4 de marzo de 2011

Aristóteles y los esclavos felices


Hace un año más o menos, bajo el título «Moisés enseña el juguete», publicaba aquí una entrada sobre la presentación de la tableta de Apple por Steve Jobs, mascarón de proa de esa compañía. Pues bien, ha vuelto a hacerlo, a subirse al escenario digo, para presentar una nueva versión del chisme. En aquella ocasión me quedé con la sensación de haber forzado la mano al darle un toque mesiánico al titular. Esta vez me he dejado guiar por la autorizada opinión de la prensa del ramo para no recaer. Pero, al volver en esa dirección mi mirada, encuentro para mi sorpresa al pueblo cautivo de la tableta, y también al pueblo llano, atónito en medio de un tremendo clamor que no llega de los felices o defraudados usuarios, sino de un nutrido corifeo de radicales devotos.

El estado de posesión mental de estas vanguardias snobs (quizá fuera mejor sjobs) es tan preocupante que urge encontrar a todo esto una explicación. Ellos mismos se sienten tan ansiosos que buscan las claves de su incontenible emoción. Sorprende de entrada que no acudan para ello al frenópata sino que prefieran las razones del experto en comunicación. Con el manual de marketing en manos de un orate escuchan arrobados palabras que les suenan a consuelo: «En realidad, con una Stevenote [se refiere simplemente al acto de presentación] como la de ayer estamos asistiendo a un espectáculo, a una representación de la realidad como podría serlo ir al cine, a una misa o a una ópera». Para mejor albardar su engrudo mental van y solicitan una segunda opinión, que abunda en esa línea de interpretación y de la que se deduce que: «lo que vemos [cuando este señor presenta su aparato] es una representación teatral que cumple al pie de la letra los preceptos aristotélicos de la persuasión y que busca crear el máximo de publicidad».

Echó muy bien los cimientos el californiano. Ahora resulta que con el invento y por el mismo precio aprovechas los viejos esfuerzos de Aristóteles, dedicado últimamente por la empresa a explorar beneficios y vender los hipnóticos artefactos en el mercado sublunar, mientras toca al fundador, guiado por un íntimo impulso, proyectar su difusión y penetración en las más alejadas órbitas del mundo supralunar.


sábado, 12 de febrero de 2011

El martillo de Enoch


Con el juicio celebrado en el castillo de York en enero de 1813, se vino a rubricar la derrota de los rebeldes ludditas, que se saldó con el siguiente balance final: cuarenta de ellos murieron en combate con el ejército británico, veinticuatro fueron ejecutados, trentaicuatro fueron deportados a Australia y veinticuatro fueron recluidos en prisión. Se apagaba con ellos el último foco de resistencia y contestación a lo que, con irónica y victoriosa intención, se llamó la primera revolución industrial. Se da en esta página histórica una singular confrontación de dos estilos revolucionarios, el social y el científico-tecnológico. Se dice en esa página que revueltas y sabotajes se produjeron como consecuencia de la introducción en las factorías textiles de nuevos telares que aprovechaban la fuerza del vapor y del subsiguiente licenciamiento de buena parte de la mano de obra artesanal. El cambio llegó además estando Europa en su apogeo napoleónico y con los ecos de la revolución francesa aún en las calles. Con su aplastamiento Inglaterra creyó haber conjurado —y probablemente lo consiguió— el peligro de su inminente propagación a las islas.

Las protestas de los desahuciados acabaron en la mayoría de los casos con incursiones, más o menos espontáneas, en las fábricas. En ellas los sublevados ponían todo su ardor en aniquilar, con el llamado martillo de Enoch en mano, la flamante maquinaria industrial. Este rechazo a la automatización progresiva del trabajo contó en un principio con notorios abogados como William Blake o Lord Byron, y siempre tuvo fieles en un sector de la clase dirigente, asociado generalmente a la aristocracia rural. El movimiento, romántico en sus perfiles, quedó para la historia como germen de los futuros movimientos laborales, aunque con el estigma declarado de su aversión a la aceptación de la máquina como signo inequívoco de progreso.


Sobre la historia y sus ciclos siempre ha habido más frases lapidarias que evidencias palmarias. Vivimos hoy una segunda oleada de automatización, con una imponente corriente que cubre a través de la informática todos los frentes imaginables. No creo que haya signos de un movimiento similar al luddita, al menos en aquellos destructivos términos, a pesar de que la irrupción de hackers pueda dar pie a pensar en estrategias de sabotaje. La llegada de ordenadores y de autómatas inteligentes, no ha producido un desplazamiento de la mano de obra tan evidente como el de entonces y la propia tecnología ha reclamado a cambio nuevos operarios de formación superior. Eso no quiere decir que no exista un malestar latente. Pero ese malestar se ve acallado por la lógica social que reconoce como un axioma la necesidad de la evolución industrial bajo el impulso de la innovación tecnológica.

Frente a ese progreso imparable, los problemas ya no residen en el posible desplazamiento y exclusión de los operarios manuales, sino en la obligada reconversión de sectores enteros de tecnologías obsolescentes por el desarrollo de la computación. Forzado por la brevedad, en este apunte sólo quisiera, a modo de conclusión, hacerme tres preguntas sobre la previsible evolución de la informatización. 1) ¿La tecnología, que surgió como instrumento regulador de los fenómenos naturales, se ha impuesto como último objetivo el sometimiento y control de la inteligencia en la que vería el último fenómeno perturbador?. 2) ¿No sería posible que el autómata nacido de esa remisión a la tecnología de nuestra inteligencia comience a no ser visto como un instrumento de liberación de tareas penosas sino como un futuro competidor, quizá en régimen competencia evolutiva?. 3) ¿Si empezamos a sospechar que de nada nos libera la llegada de nueva tecnología, cómo seremos capaces de experimentar en qué sentido discurre el progreso y cómo podremos saber sin liberación a qué hace referencia?.


sábado, 22 de enero de 2011

El ciberoráculo



No es mío el palabro del título sino del redactor de un rotativo. En la noticia que lo encabeza* se nos habla de un proyecto científico que ya en sus preparativos empleará a unos 150 esforzados investigadores, a pleno rendimiento. Lo dirige el profesor suizo Dirk Helbing, experto en simulación del comportamiento de peatones. El propósito es en verdad ambicioso y de indudable tono oracular: «Es hora de revelar los procesos y las leyes ocultas que transforman las sociedades a través de un trabajo conjunto, y un esfuerzo multidisciplinar a gran escala». En los viejos tiempos, sacar del confuso magma la piedra filosofal era el sueño de cualquier alquimista, pero afortunadamente ahora ya no hablamos de eso, hablamos de comportamientos, de modelos y sobre todo de ordenadores.

Se echarán a andar tropecientos mil —póngase una cifra cegadora— ordenadores y sobre ellos cabalgarán hipotéticos modelos de simulación de la actividad terrestre, con el fin de ver si de ese modo, en ese juego, damos de una vez con el ojo oracular, con ese punto desde el que se ve todo todo. La jerga proyectista viste el viejo muñeco con su ropaje convencional:
«Necesitamos desarrollar modelos realistas que reflejen toda la gama de posibles eventos futuros, la probabilidad de que ocurran dado el estado actual del mundo y qué hará que una posibilidad u otra sea más probable. Con esos modelos podemos dibujar conclusiones útiles como qué acciones favorecerán situaciones positivas y qué medidas frenarán o atenuarán el desarrollo de problemas eventuales, como crisis económicas y desastres».

Encomiable, pero merece la pena contrastar esa apelación al realismo y al estado actual del mundo que encabeza la parrafada con las tímidas especificaciones que le siguen. El flamante objetivo es de propósito universal y determinista, pero condicionado a un estudio de posibilidades, a la nitidez de un dibujo, al esclarecimiento de lo que positivamente nos favorece o al hallazgo de atenuantes de problemas. No parece que se pueda ir a un objetivo tan rotundo con ese despliegue de ambigüedad. El proyecto parece afincarse, con firmeza eso sí, en esa nueva alquimia computacional impulsada por la fuerza bruta, que se controla y predica a través de una teoría de modelos, cuyas probabilidades de desviación suelen ser desconocidas.

Todo esto recuerda a la época de comienzos del XIX y a la ola de euforia determinista desatada con la culminación de la mecánica newtoniana. Décadas después, las leyes de la termodinámica y la mecánica cuántica nos sacaron de aquel sueño. Conviene recordarlo, y de paso recordar la bien conocida, pero pertinente al caso, ensoñación en la que Laplace quedó entonces sumido mientras contemplaba la naturaleza:
«Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de todos los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos».

Aún no contamos con esa ley, fórmula o modelo, pero a cambio hoy disponemos, según nos informan, de potentes ciberojos. Con ellos la tarea de formular un oráculo se reduce, por lo visto y por su penetrante visión, a fijar con atención el objetivo y a partir de ahí programarlo. Como siempre, en estas batidas en tierra incógnita atrapamos y mostramos grandes ilusiones, mientras se nos escapan por nimias las verdades.

Posdata: *Un ciberoráculo para vaticinar las crisis, Javier Salas, Diario Público, 22/1/2011.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Tigre y cordero


Tiger and lamb (2008), Reiner Ehrt
El toque Disney ha convertido a las fieras en tiernos peluches. Luego el propio Hollywood se ha encargado de dar réplica a sus historietas almibaradas con toda una serie de películas que convierten a los muñecos en despiadadas fieras. Echando mano de animales, muñecos y autómatas el catálogo de personajes y otras utilidades escénicas se ha venido ampliando para el guionista de una forma tremenda. Una vez admitidas las convenciones con las que se incorporan, a nadie extraña ver a un león citando a Séneca o a una Barbie acudiendo a sórdidos callejones para ejercer de Jacqueline la destripadora.

Esa reversibilidad de ternura y violencia, que se acepta como juego entre animales y muñecos, necesita para las fábulas con humanos un recorrido mucho más complejo. Para interpretar el juego supremo de esos y otros instintos básicos surgieron en el XIX revisores del fabulismo ilustrado. El más notorio, el poeta William Blake, remitía ese arte al sumo hacedor, en cuyos designios vitales cabía a un tiempo la ferocidad del tigre y la ternura del cordero. Del título de una de sus obras deducimos que el hombre se quedaría en mero cantor de esos animales, vistos como emblemas de la experiencia o de la inocencia, en calidad de monstruo y desvalido.

La salida a las pantallas infantiles de animales, muñecos y autómatas parlantes, que combinaban inteligencia e instintos, puso a prueba esa oposición entre ferocidad y ternura, y puso en solfa esa desmañada creación de un bestiario dividido por el bien y el mal. Apuntando a toda su carga emblemática, hace tiempo que esa oposición merecía una revisión menos fabulada y más paródica. La viñeta del caricaturista sólo da para un golpe de vista y tiene que ser certera. En la de arriba Reiner Ehrt da un extraño giro al motivo. Destruye la oposición poniendo al cordero en brazos del tigre y le añade un guiño irónico al dar nueva versión del mítico triángulo con manzana. Gracias a él concluimos que un paraíso bien imaginado siempre puede ser otra cosa.


sábado, 16 de octubre de 2010

Cenizas del clasicismo


El turco autómata del cuento de Hoffmann
Lo romántico como estilo propio no llegó de manera brusca, ni en literatura ni en música ni en las restantes artes, porque el impulso del clasicismo del XVIII tardó tiempo en apagarse. Que un compositor romántico como Franz Schubert pusiera música, entrado ya el siglo XIX, a textos de Pietro Metastasio refleja la pervivencia del estilo clásico, del canon que a través de la ópera italiana se había impuesto en el bel canto. Antes de que el propio Schubert, junto a Mendelssohn y Schumann entre otros, diera en el lied con un estilo cantante propiamente germánico, la tradición clásica italiana había sido frecuentada con mayor o menor fortuna.

En sus Vier canzonen publicadas en 1820, Schubert parece rendir tributo musical a un estilo que en los países germánicos comenzaba a declinar. No sólo los textos son italianos, sino que el título habla de canzonen y no de lieder, sin que esto signifique que su contenido carezca de novedades. Por un momento prestemos atención a la cuarta de ellas, con letra de Metastasio, la que dice


      Mio ben ricordati,                   Recuerda, mi bien,
      s'avvien ch'io mora:                si yo debo morir,
     quanto quest'anima                  cuánto te amó
     fedel t'amò.                            este alma fiel.
     E se pur amano                      
Y si aman incluso
     le fredde ceneri:                     las frías cenizas:
     nell'urna ancora                       aun en la urna
     t'adorerò.                               yo te amaré.

 

En el poema la factura lírica recuerda a la de algún aria de ópera -quizá de La clemenza di Tito mozartiana- y el tema resulta vagamente cercano al espíritu del incipiente romanticismo. A la letra le acompaña un fraseo musical no siempre bien avenido al italiano, pero dotado de una sobriedad y una profundidad que anuncian el rigor melódico de los lieder. No sabemos si fue el tema o cierta resonancia en las palabras lo que indujo a Schubert a escogerlo para ponerle música. Lo curioso es que este mismo poema fue también escogido por E.T.A. Hoffmann como pretexto musical en uno de sus cuentos, concretamente en Los autómatas publicado en 1814. En él una enigmática y bella muchacha entona esta canción en medio de presagios de muerte, que un autómata de feria anuncia a quien se ha hecho depositario y eco de la melodía. Con esos antecedentes literarios, acaso Schubert pretendiera hacer realidad el episodio contado por Hoffmann y lanzar a los vientos una canción cuyas posibilidades fatídicas quedaran ocultas en una sombría incógnita.


Mio ben ricordati, Vier Canzonen D 688/4, Franz Schubert
Cecilia Bartoli (mezzosoprano), Myung-Whun Chung (piano)
http://www.youtube.com/watch?v=cvY60R19TKQ


lunes, 23 de agosto de 2010

Dueños del éter


Ayer, entrada la noche, lancé al éter la anterior entrega e inmediatamente recibí aviso de Blogger de que había sido difundida. Como muchas otras veces, apareció junto al aviso uno de esos anuncios con los que Google cubre gastos. No me sorprendió el anuncio, sino que fuera de una iglesia cristiana haciendo campaña de promoción de la figura de Jesús. Como carezco de fe suficiente, no consigo reconocer en este hecho una sugerencia sobrenatural, algo que deba entender como respuesta a lo escrito en mi anterior Punto de fuga. Tampoco creo que esa llamada publicitaria sea una respuesta aleatoria. Lo más probable es que estemos ante los conocidos repasos y filtrados practicados por Google sobre el contenido de nuestros textos. De lo visto en el anuncio se desprende que sus analizadores automáticos distan mucho de cubrir los recovecos semánticos, pero todo se andará. Lo cierto es que un día vinimos al éter para ser libres y, mira por dónde, tenía dueños.

lunes, 16 de agosto de 2010

Futuras lecturas



Hace unos días estaba leyendo acerca de los inminentes cambios que se avecinan en nuestro trato con el libro*. Evidentemente esa revolución no va a pillar a todos los lectores con los mismos hábitos, porque hay cofradías diversas. Son muchas las formas de leer y muchas más las de consultar un libro. Siempre se ha hablado de esa gente que consigue leer a un tiempo las dos páginas abiertas, deslumbrando por su capacidad para la lectura binocular. Muchos más son lo que invierten el orden de lectura empezando por el final, haciendo gala de su lectura inversa, o quienes hojean el libro al azar, en lectura aleatoria. Sin embargo, lo normal es que el lector siga una rutina rigurosamente secuencial a través del orden impuesto en la paginación, porque las modalidades de lectura que rompen con ese patrón lineal complican notablemente la comprensión del texto, o cuando menos requieren cierto entrenamiento.

A veces son los autores, particularmente los novelistas y guionistas de cine, los que alientan o sugieren directamente lecturas alternativas. Existen bastantes casos, pero podríamos poner el de Rayuela, donde Cortázar, además de ordenar los capítulos con su paginación, propone al comienzo una secuencia de lectura alternativa. Muchos otros han usado también de forma creativa la ruptura del patrón lineal, disociando el tiempo histórico del tiempo narrativo a base de entremezclar avances y retrocesos en los episodios. Existen mecanismos bien conocidos y muy presentes en el cine, que sirven para organizar, sobre una base lineal, componendas temporales en la estructura narrativa, siempre y cuando se hayan fijado con cierta claridad las unidades combinables, ya sean secuencias, capítulos o episodios.

En otros casos no es el hilo temporal, o su recomposición, el factor articulador del discurso narrativo. Pueden ser escenarios o personajes los criterios utilizados para enlazar las unidades de la obra, un poco al modo en que funcionan los videojuegos. En estas otras lecturas, que podríamos llamar enredadas, la independencia temática de las unidades narrativas y la diversidad de criterios de enlace multiplican la combinabilidad de los textos o imágenes contenidos en la obra. Hace ya años que la automatización de textos permite regular y facilitar esas combinaciones por medio de enlaces. La navegación a través de Internet nos ha ido familiarizando con un tipo de lectura a medida, y a partir de fuentes de texto (o hipertextos) cuya estructura no es lineal o es simplemente desconocida, si bien con la página siempre como unidad atómica de la estructura. En realidad, son los motores de búsqueda los generadores de una estructura narrativa al integrar en una lista secuencial nuestras demandas, pero nada impide que pasemos de una página listada a otra de una lista distinta y ampliemos con esa derivación la estructura.

La integración de los textos literarios clásicos, de los libros, en un artilugio electrónico nos va a llevar en breve a ese tipo de prácticas. La lectura convencional, la presumida por el autor, quedará como una más entre las múltiples opciones en oferta. Podrá uno leer la obra saltando a través de las apariciones de un personaje, de las palabras esdrújulas o de cualquier otro criterio. La coherencia que se pueda dar al resultado con las unidades enlazadas es una cuestión ajena desde luego al autor. Pero quizá pronto no sea tan ajena y vayan surgiendo nuevos autores, y obras, que intenten sugerir con la ayuda de este tipo de medios nuevas propuestas, como lecturas en planos paralelos, conjunciones de sorprendentes coherencias o novedosas estructuras sintácticas con imágenes
y textos. Hace tiempo que el cine ha empezado a jugar con ello. Para el escritor, puede que la dependencia de programas exploradores, enlazadores y combinadores de texto (con sus técnicos) y la consiguiente pérdida del monopolio creativo sean el precio de ese futuro.

*Marcus du Sautoy, Liked the book? Try the app. The Guardian (3 July 2010).
http://www.guardian.co.uk/books/2010/jul/03/marcus-du-sautoy-apps-books


martes, 20 de julio de 2010

Peldaños gramaticales


Tras el amplio espectro de lo expresable, con su elástica gramática lingüística, estaría el espectro de lo visible, con una naciente gramática icónica reconocible en las artes visuales y cada vez más presente en los canales mediáticos, y detrás de éste aún quedaría un último espectro, el de lo sensible, cuya gramática, tantas veces en ciernes y adivinada, carece aún de estructura conocida. Aprovechar estos tres peldaños para echar a volar la mente con la intención de dotar de lenguaje y poder dominar cualquier tipo de situación es una propuesta ambiciosa pero aventurada, teniendo en cuenta la cantidad de aspectos de los que depende nuestra manera de actuar y que, pese al progresivo alcance de ese triple espectro, están por definir.

Si de la estructura que tienen las sensaciones sabemos poco, tampoco podemos ser muy rotundos sobre lo visible ya que nos asaltan numerosas dudas. Para empezar no sabemos con claridad cómo se refleja en las redes icónicas la complejidad expresiva que caracteriza algo tan fundamental como las ideas, ni cómo crecerían o progresarían impulsadas por una lógica visual básica o un sentido común de lo visible, que apenas vemos desarrollado en nuestra conciencia, a diferencia de lo que sucede con las palabras.

A pesar de la incertidumbre en que nos movemos, creo que habrá que resignarse y empezar a aceptar que en la gramática visual venidera el vehículo no serán los conceptos, sino algo más parecido a los modelos gráficos funcionales, y que su lógica dependerá de su capacidad de simulación o de contraste con lo observado. En lo que respecta al tercer escalón, al de lo sensible en general, existen apoyos simbólicos y se habla de lenguaje de los gestos, o de la compleja significación del erotismo por ejemplo, pero los términos estructurales de lo expresado, salvo en la música, diría que todavía están por desarrollarse.


sábado, 17 de julio de 2010

Avances sublimes


 Tony Hayward, BP chief executive

En una reciente entrevista el Dr. William P. Carmot, de la Badomen University, afirma entusiasmado: «Lo bueno es que ahora, gracias a la tecnología disponible, podemos hacer un seguimiento exhaustivo de los desastres naturales y monitorizarlos como si fueran exactamente un espectáculo. A través de los medios de comunicación se puede decir que podemos ya verlo todo». Eso si no llega antes a nuestras puertas, añado.

«Gracias, por ejemplo» añade, «al Parallel Ocean Program (POP, «Programa del Océano Paralelo») podemos actualmente simular el comportamiento de los fluidos en la esfera terrestre. La aplicación ha venido al pelo para la monitorización del caso del vertido de petróleo de BP en el golfo de Mexico. De hecho el incidente ha permitido poner  de manifiesto el increíble potencial de este colosal mecanismo de simulación. Hasta 250.000 horas de cálculos masivos se han empleado en predecir las posibles trayectorias del petróleo derramado». Por unas 100 que hubieran bastado para predecir el deficiente estado de las instalaciones en la plataforma accidentada, añado.

Llevado por estas emocionadas consideraciones, Carmot concluye: «La respuesta del sistema es de tal naturaleza que nos permite anunciar no sólo que el petróleo alcanzará lentamente las costas del Sur sino a qué velocidad lo hará en cada punto, y que llegará también a la propia corriente del Golfo, desde donde se distribuirá a unas 100 millas por hora por el vasto océano hasta los mares de la China». Nos venderán que propiamente no hubo un accidente, que fue un ensayo de los nuevos canales de distribución petrolera, añado.


sábado, 29 de mayo de 2010

Moisés enseña el juguete


Son portada hoy de varios periódicos imágenes de la venta en España de los primeros Ipad de Apple. Sorprende un poco todo ese estrépito informativo, cuando a otros asuntos innovadores como la vacuna de la malaria, por ejemplo, no les acompaña, o directamente se les niega, tal promoción. La historia de ciertos robots empieza a ser una boba historia de amor, a la que seguirá de seguro una secuela de amarga frustración al no verse el pagano usuario correspondido en la medida del entusiasmo desplegado, y que culminará necesariamente con una fase destructiva. En algunos sobrevendrá un melancólico rechazo, que puede llevarles en su desolación a virar de forma radical de la solución Apple Corp. a la más económica de Papel & Lápiz, mientras que con otros, en los que el odio se cebe, asistiremos a golpes, estragos, despieces o el socorrido aplastamiento como fórmula ritual de desahogo frente a los abusos y la mofa de la máquina. Nada nuevo.

Moises Jobs y su tabla para una nueva era

Los medios cazarán con seguridad al primer propietario de un Ipad, que exultante se dirigirá a las cámaras para hacer saber al mundo que «como en New York (sic) se había agotado el stock y llevaba medio año sin dormir esperando hacerme con el invento, decidí hace tres días montar cola ante la puerta de los almacenes para hacerme con el primero que se vendiera en España». Suelen llamar a esto reportaje de calle o contextualización social de la noticia y sirve de lanzadera para mover el mercado. Otro recurso un poco más selectivo, pero con el mismo fin lanzador, consiste en distribuir unos cuantos artilugios entre gentes «del arte y la cultura» para que los «testeen» sin testigos, a solas. La propuesta puede parecer hasta obscena, pero casi siempre finaliza con la salida a los medios del elegido, entregado a cantar virtudes, aunque en privado quizá no haya dado ni con la tecla de encendido. Con esa fe se presentan radiantes como los profetas de la nueva era, luciendo en una mano su contrato de oráculo y con la otra apretando la tabla contra su pecho como el mismísimo Moisés. Para no dejar nada en el aire, estos afirman también que tras su retiro han avistado la tierra prometida.


jueves, 20 de mayo de 2010

Refranes y máquinas


Quizá la máquina represente el futuro, pero no cabe duda de que nosotros constituimos un presente más tangible. Reflexionar puede ser también variar el punto de vista, alterar el enfoque. Partiendo del viejo refrán «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», intentemos hacer pruebas:

      No esperes a conocer mañana lo que puedas suponer hoy.
      No imagines como virtual lo que ya tienes en tiempo actual.

      No maquines con el tiempo si quieres hacerlo tuyo.

A partir de esta serie podría incluso obtenerse alguna norma de uso futuro. Pensemos, por ejemplo, en este recompuesto refrán:
      «No olvides pasado el tiempo lo que puedes resolver
       ni dejes para las máquinas lo que puedas decidir».


sábado, 17 de abril de 2010

El volcán encendido


Fotografía tomada de www.bbc.co.uk

No ha pasado ni un mes desde que di la nota con la erupción del volcán Eyjafjallajökull, al que declaraba candidato al Plinio del año, y las noticias han dado un giro dramático convirtiendo aquel cuadro estético en un nuevo escenario del miedo difuso. La inocente columna de humos y cenizas que ayer atrajo a estudiosos y turistas, amenaza hoy a los aviones que los trajeron. Y ahí siguen, cautivos en tierra y mirando, mientras la flota de autómatas alados de media Europa permanece impotente y recluida en los hangares. 

No estaba en el guión esta humillación, que confunde e intimida a quienes desde el suelo habían comenzado a ver el aire como un medio propio por el que transmutarse de una punta a otra del globo sin conciencia alguna de riesgo. Ahora un viejo personaje ha irrumpido en el cuadro: El miedo priva de colorido a la estampa del volcán y nos hace recular avergonzados hacia el ferrocarril y el barco. Como resultado de esta humillación, pronto veremos a nuestros autómatas dar un salto evolutivo y mudar a una nueva especie que asuma la nube de ceniza en su programa de emergencias. Para eso está nuestra técnica, que es sin duda la más fiel proyección de nuestro miedo, su primera respuesta, nuestra inicial victoria. 

La de la técnica es historia reciente, la del miedo vieja. El miedo genera impulsos de protección puntualmente reflejados en la técnica, pero como generador de vértigo apenas evoluciona. Con cada una de las amenazas rechazadas por nuestras máquinas, con cada nuevo margen de seguridad ganado, sembramos la semilla del siguiente temor, que será además de nuevo, peor y aparentemente insoportable. En esta carrera hemos ido viendo a la técnica ofreciendo un bien, cada vez más relativo, a cuenta de un mal inmediato, y por tanto absoluto. No será ésta, sin embargo, la dinámica futura. En estado de delirio, podemos llevar la lógica hasta las últimas consecuencias, hasta la creencia de que todo son amenazas. Comprenderemos entonces que la naturaleza es amoral, que no es posible distinguir entre bienes y males, ni siquiera entre  conveniencias e inconveniencias. Llegados a ese punto, la técnica no conseguirá ofrecer alternativas desiguales, sólo males menores. Será entonces cuando entenderemos que la única solución es aprender a reconducir nuestro miedo.

sábado, 10 de abril de 2010

Talento homologado


El severo deterioro de mi autoestima me llevó a reconsiderar mi insistente rechazo a pasar el test de Turing. Tras una semana de profundo aturdimiento, ayer finalmente salí decidido a emprender esa dolorosa prueba. Para quien no lo recuerde éste es un test que discrimina entre los organismos o seres inteligentes y los que no lo son. En mi caso, esta cuestión viene de largo y mis últimas indecisiones no hacen sino confirmar los progresos de un modo de actuar entre remiso e ingenuo, que se ha venido agravando con salidas poéticas y otras crisis menores. Caso de no obtener para mi talento el certificado de homologación y, por lo tanto, de quedar social y oficialmente rebajado, tampoco creo que tenga mucho que perder. Sé que no habrá condescendencia y que inevitablemente se me invitará a engrosar el número de inservibles o a exhibirme en ese museo que vienen montando con extintos talentos.

Al llegar a la universidad me dirigí al Departamento de Inteligencia Artificial, donde me recibió el profesor Teo Bin, un hombrecillo de mediana edad y estatura. Aún conservaba una buena mata de pelo lacio y entrecano, y montadas en su generosa nariz, dejaban ver las gafas dos ojos vivaces e intrigados, que me observaban con interés científico. A esa curiosidad inicial pareció seguir cierta comprensión y, aunque no hubo intercambio de palabras, aprecié en la mirada un grado de cercanía propio de quien se veía en mi lugar. Me hizo un gesto para indicarme dónde podía esperar hasta que llegara mi turno. En la salita pude contar dos robots para automoción, uno doméstico de los que andan por la cocina, un afilador desquiciado, una rara especie de cuentacuentos rural y tres prototipos eróticos desvencijados y con señales de maltrato. El ambiente era deprimente y silencioso. A medida que el profesor los iba llamando, se levantaban, se despedían con un silbido y desaparecían por la cercana puerta con aire apesadumbrado.

Cuando me llamaron no me reconocí por mi nombre. Quería creer que no era a mí a quien reclamaban, aunque ya no había nadie en la salita. El profesor Bin me dio algunas explicaciones sobre el desarrollo del proceso. Yo estaría en una habitación incomunicado, salvo por un dispositivo. Al otro lado un ente ‘inteligente’ iría dando réplica a mis mensajes hasta finalmente decidir sobre la idoneidad de mi inteligencia. Hasta donde recuerdo nunca tuve la sensación de estar desbarrando, pero sí me sorprendió el estilo y contenido de algunas de las cuestiones tocadas en esta especie de chateo. Que si Forster, que si las abejas de Galileo, que si las sombras, que si el obispo de Roma… Francamente, no conseguí encontrarle el hilo a todo aquello. De repente sonó una bocina sorda y sobre la puerta entreabierta se encendió un piloto verde. Salí directamente al exterior del departamento y vi cómo el profesor Bin marchaba a trompicones tras el afilador de la salita dando toda clase de explicaciones a izquierda y derecha a dos fornidos compañeros que lo escoltaban. Justo antes de llegar a un furgón, conseguí alcanzarlos y me dirigí al profesor para saber si tendría mi certificado. Uno de los compañeros me disuadió: «Por favor, Teo necesitará un tiempo de reposo». Entendí entonces que a mí se me daba por homologado.

sábado, 27 de marzo de 2010

RAE 2010 enmudece



El reluciente autómata de la academia, un RAE 2010 llamado a añadir si cabe mayor esplendor a la institución, se quedó el otro día perplejo. Fue el mismísimo Maimónides el que tras acudir en su ayuda, descubrió en su complejo entramado conceptual un fulminante cortocircuito. El incidente sobrevino cuando el androide se exhibía ante el pleno de la academia ofreciendo sin desmayo respuesta a cualquiera de las voces autorizadas por el diccionario. Sin pestañear, obviamente, evacuaba información sobre la palabra demandada, así como de las que de esta derivaban. El juego, algo estúpido, imponía a los académicos vocear la palabra. Recibían entonces, a plena pantalla y en el fondo de la sala, la imagen de un denso árbol inverso con las ramas generadas al reiterar la demanda de definición a través de las derivadas hasta descender diez niveles. Potencialmente el invento permitiría hasta cincuenta, pero Maimónides alertó sobre el riesgo de que, en tiempo de pruebas, tanta avidez condujera, como dicen los informáticos, a un dramático colapso. Corría el turno, y alguien sin mayor malicia exclamó con ese aire retórico del regusto de los académicos: «Ejercicio magistral». A partir de ahí el autómata mostró un semblante sombrío y, como si hubiera sido avergonzado, enmudeció. Ante el revuelo e incomodo en los sillones de las letras, Maimónides se vio obligado a explicar que la red semántica solicitada con la palabra podía entrar en ciclos como en trampas y que de caer a uno de estos abismos, el androide quedaba atónito y perplejo. Para subrayar la explicación apuntó a pantalla, donde una rayita ligaba dos nodos en los que se leía:

Ejercicio 1. m. Acción de ejercitar o ejercitarse.
Acción 1. f. Ejercicio de la posibilidad de hacer.

Como en un campaneo insistente, ejercicio llamaba a acción y acción a ejercicio, sin que el autómata pudiera recurrir para salir de su letargo a su inmenso caudal de saberes y sin que las redes le pudieran aliviar de ese péndulo maldito. Con el salón ya vacío y próximo a ser desconectado, en el aire quedaban sus destellos, toda su labia y su fabuloso despliegue de ecos. Atrás quedaba y ya nada valía todo ese dominio conceptual con el que, unos segundos antes, se exhibía ante el mundo de las letras. Finalmente Maimónides se acercó al interruptor zaguero y procedió. La imagen en pantalla se esfumó, apagó las luces del salón de actos y lo abandonó.

lunes, 18 de enero de 2010

El hombre caduca, el buen juguete no


En Los Ángeles a 17 de enero de 2010, y por boca de James Cameron director de cine, oímos textualmente a propósito de su película Avatar: "Los árboles, las plantas, las criaturas, el aparato motor y el esqueleto de los personajes principales... todo llevó mucho tiempo de creación como para tirarlo todo a la basura".

En su revisión testimonial del entonces incipiente mundo de la inteligencia artificial, recogida en Computer Power and Human Reason (1976), Joseph Weizenbaum, uno de los padres de la criatura, venía a alertar sobre lo que denominaba el síndrome del demiurgo fallido, que veía presente en la mayoría de sus colegas. Según su teoría, en la que se reconoce el ascendente freudiano, el hombre varón lleva mal su notoria limitación y su periférica intervención en la gestación de las nuevas vidas. Según  Weizenbaum, sería este vacío de fondo el que buscaría colmar al impulsar por otras vías nuevas formas de vida. Hemos visto habitualmente al varón en el origen de muñecos, autómatas y robots, así como en la emulación de todo tipo de fantasías e inteligencias virtuales. La mujer, mientras tanto, parecía contemplar esa incontrolable pulsión masculina con una mezcla de indulgencia y asombro. Estas obras, que en un principio se aceptaban como un juguetes a la medida del ego varonil, han ido quedando como una muestra rídicula muestra de presuntuosa autoría vital. La mayoría de los frutos concebidos por esas vías han acabado produciendo cierta repugnancia cuando se ha calibrado su estatura moral y terror cuando se ha hecho patente la de sus creadores.