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jueves, 17 de febrero de 2011

La llegada del relevo


Villa Il Gioiello, Arcetri, Firenze
A última hora de la tarde, entre dos luces, llegaba Evangelista Torricelli a Il Gioiello, una villa situada en una colina de Arcetri, a las afueras de Florencia. Le salió a recibir visiblemente entusiasmado su joven discípulo Viviani. Nada más descender del carruaje, Torricelli fue a su encuentro y le preguntó:
—Vincenzo, ¿qué tal se encuentra el maestro?.
—Luego podréis verlo y conocerlo; ahora mismo descansa, porque luego suele subir al telescopio y, aunque ya no ve, allí se queda hasta bien entrada la noche— le respondió mientras tomaba su equipaje y le acompañaba a la puerta. Una vez dentro de la casa, Torricelli le rogó a Viviani que le mostrara el gabinete de trabajo con el fin de ir dejando sus libros.
—Temo que no sea del agrado del maestro. No le gusta que nadie ande en sus cosas— le respondió algo compungido.
—Bueno, lo dejaremos para luego— resolvió Torricelli. Se oyó un ruido de puertas y apareció por el fondo del pasillo un titubeante anciano, guiado de la mano por el fiel Peri.
—He escuchado el sonido de las caballerías y he imaginado su llegada— le dijo a Torricelli a modo de saludo mientras se movía a tientas hacia él. Este le tomó con decisión ambas manos, al tiempo que le dedicaba una profunda reverencia:
—Maestro, aquí me tenéis, aun consciente de mis enormes limitaciones, sólo aspiro a poder seros mínimamente útil en lo que Vos estiméis.
—A buen seguro lo seréis— le respondió Galileo con desenfado, y a continuación le hizo una seña con la que parecía invitarle a entrar en el gabinete.
—Señor— le dijo Galileo tras pasar al interior, —va para tres años que entregué a las prensas de Elzevir mi diálogo sobre las ciencias del movimiento y buena parte de lo que allí escribí pudo ser contrastado con pruebas empíricas en las máquinas y artilugios que por aquí veis.
A la vez que hablaba, le señalaba una larga canaleta inclinada de madera con graduaciones diversas, provista en su parte inferior de un dispositivo de relojes de arena y agua.
—Leí vuestra obra— continuó, —y se os ve diestro en el arte geométrico de la demostración. Pocos serían capaces de enmendar al gran Arquímedes y de poner a prueba sus métodos. Por esa vía quisiera yo seguir ahora y por eso me alegra tanto teneros aquí—. El silencio le hacía ver entregado a su interlocutor, y así animado siguió con su discurso:
—Últimamente he puesto a punto un péndulo, del que registro y calculo las oscilaciones, y estoy por afirmar que existen tiempos e intervalos que apenas varían.

A medida que hablaba, la callada y atenta presencia de su visitante avivaba su expresión con nuevas emociones, ideas y maquinaciones, llevándole durante un buen rato a dar cuenta de todos sus proyectos pendientes. Por su parte, Torricelli iba asistiendo mudo, pero fascinado, a la sucesiva presentación de todas aquellas demostraciones, dispositivos y aparejos. Cada una de ellas concluía, como en una tácita invitación, con toda suerte de previsiones y cábalas sobre los resultados que estaban por llegar. Muchos temas le resultaban familiares. En realidad, los escritos de Galileo le eran de sobra conocidos. Su mentor Castelli, que lo conocía bien, le había ido poniendo al tanto de los avances científicos que se colaban en sus cartas, aunque con la discreción que le caracterizaba. Pero era difícil de imaginar a partir de aquellas breves noticias el formidable despliegue que acababa de contemplar en el gabinete. Cuando algún tiempo después, ya como secretario de Castelli, tuvo oportunidad de leerlas, lo más patente no eran las invenciones sino su lamento ante el insoportable confinamiento al que se le había condenado y que se prolongaba desde hacía ya ocho años. De hecho la reclusión le había minado seriamente la salud y lo había dejado prácticamente ciego. La ayuda de Viviani durante este último año había resultado providencial, pero había temas geométricos que difícilmente podía resolver con él. Cuando Torricelli recibió del maestro la primera carta, en la que le invitaba a trasladarse a Arcetri, quedó entre halagado y perplejo. Sabía del férreo aislamiento al que se veía sometido y sabía también que más de uno de sus colegas académicos le rehuía por temor a indisponerse ante la omnipotente curia romana o al menos a quedar bajo sospecha. Recordaba bien aquel tono de derrota con el que confesaba a Castelli en una carta: «La edad ha mermado la velocidad y vivacidad de mi pensamiento e intento entender cosas que demostré cuando era más joven». Y sin embargo, fue precisamente por entonces cuando sobrado de achaques y pejigueras se embarcó en la que sabía sería su última obra, de cuya publicación podía asegurar que estaba vetada de antemano. Los años transcurridos habían añadido a las últimas cartas cierto dramatismo y descreimiento. Poco quedaba de la diáfana prosa del Mensajero de las estrellas, del irónico Salviati del Diálogo sobre los dos sistemas o del agudo redactor del Ensayador. Sus palabras, tras ocho años de solitaria reclusión, sonaban en ellas como la petición de socorro de un condenado.

Al recuerdo de Torricelli vino entonces aquel día de junio de 1633, el día en el que el tribunal de la Inquisición condenó a Galileo Galilei a un período de cárcel a discreción del Santo Oficio, añadiéndole sarcásticamente la obligación de recitar cada semana durante tres años los salmos penitenciales. Y aquella primera acogida en Siena, en casa del arzobispo Piccolomini, que le hubiera mantenido en un ambiente propicio para sus tareas científicas, pero que pronto se vio truncada por una denuncia. Y también aquel primero de diciembre de 1633, en que se le confinó definitivamente en su propia villa Il Gioiello, con la exigencia de «permanecer solo, no llamar ni recibir a nadie, por tiempo al arbitrio de Su Santidad». Fue el propio vicario del Inquisidor quien le aconsejó que desistiera de pedir gracia para su situación bajo la amenaza de verse devuelto en caso contrario a la prisión del Santo Oficio. Supo el prisionero entonces que «su confinamiento sólo terminaría con el que nos es común a todos». Preso de tales recuerdos, mal podía imaginar en aquella velada Torricelli, contagiado con tantas y tan renovadas esperanzas en medio del imponente gabinete, que tres meses después de su llegada a Il Gioiello le cedería el maestro definitivamente su testigo para hacerlo su heredero y continuador.


jueves, 25 de febrero de 2010

La pulga y las tres abejas


Corría el año 1610, hace de esto pues 400 años. Una versión ligeramente modificada del instrumento que le catapultó al firmamento, permitiéndole identificar los satélites de Júpiter, le sirvió a Galileo para observar el micromundo más próximo. El telescopio refractor, hoy conocido por su capacidad para salvar la distancia entre la escala doméstica y la sideral, yendo de nuestro mundo al macromundo, parece un dispositivo unidireccional. Pero nada en realidad impediría que con los mismos elementos el dispositivo cambiara de dirección, e incluso que fuera bidireccional. El aparejo de lentes entubadas que permite atraernos la lejanía, debería de poder hacer lo propio con la diminuta cercanía, porque la óptica que por un lado del tubo sirve como telescopio, si miramos por el otro sirve de microscopio.

Por eso Galileo empleó un dispositivo bastante similar al telescopio para la observación de insectos. Lo que bautizó como occhialino tuvo en sus manos un uso breve pero, al parecer, intenso. Llegó a dejar noticia de sus observaciones en una carta de 23 de septiembre de 1624 a Federico Cesi. En ella muestra su entusiasmo ante la visión de ese nuevo mundo y sobre todo ante las formas con que se revelan algunos de los insectos más comunes.
 “Envío a V.E. un occhialino para ver de cerca las cosas mínimas, del cual espero que sirva para dar gusto y entretenimiento no pequeño, como me lo ha dado a mí… He contemplado muchísimos animalillos con infinita admiración: entre ellos la pulga es horrenda, el mosquito y la polilla son bellísimos… En suma nos es dado contemplar infinitamente la grandeza de la naturaleza, y cuán sutilmente trabaja, y con cuán indecible diligencia…” [1]
 De particular interés para Cesi fueron algunas de las observaciones relativas a la abeja, las cuales se incorporaron a Apiarium (El colmenar), una obra que publicó en 1624. Federico Cesi había fundado junto con unos amigos, en Roma en 1604, la famosa Accademia dei Lincei, a la que Galileo se incorporó como fratello en 1611. Parece que la Academia encontró protección para sus actividades en la figura de Urbano VIII. El cardenal Maffeo Barberini, que con ese nombre llegó en 1623 a la cátedra de Pedro, era miembro de una familia florentina dada al mecenazgo de las artes y las ciencias. La publicación del Apiarium por Cesi quiso ser, un homenaje al Papa, a un año de su proclamación. Al hacerlo "in perpetuae devotionis symbolium”, aludía al escudo nobiliario de los Barberini, en el que figuraba como motivo central un triángulo formado por abejas. De poco serviría a Galileo esa obsequiosidad de la Academia, cuando en 1632, bajo su pontificado, fue obligado a rendir cuentas ante el Santo Oficio.

[1] G.Galilei, Lettera a Federico Cesi, en Il carteggio Linceo, Roma, G. Gabrieli, 1996, pp. 942-943.

martes, 12 de enero de 2010

El mensajero de las estrellas


Europa, Ganímedes y Calixto protagonizaron hace hoy 400 años una memorable jornada. Orbitaban como siempre alrededor de Júpiter, pero esta vez Galileo los vio y hasta podría decirse que les salió al paso. Lo que hoy son satélites no eran más que simples objetos perdidos en el firmamento, quizá estrellas más o menos brillantes, cuyo movimiento había pasado hasta entonces inadvertido. Apuntar con el telescopio no era común en la época, porque el número de estos instrumentos era muy escaso y su factura artesanal y complicada.

En realidad todo sucedió de noche, la del 7 de enero de 1610. Vigilar y estudiar el paso de los cuerpos celestes había interesado siempre. Era el cometido de los astrónomos, y antes de ellos lo fue de otros sabios. El oficio, durante siglos noble y avanzado, llegó a verse muy maleado por la inquina de la iglesia católica, para la que los astros y su evidencia física competían con ventaja al sagrado dogma y a sus figurantes. Cualquier afirmación desviada del sentido común era puesta bajo sospecha, aunque contara con el crédito de toda la lógica aristotélica. Por otro lado invocar a Aristóteles tampoco era de gran beneficio para el astrónomo. Si estableció que los graves caían a la tierra porque era el centro del mundo, no puede decirse que estuviera por el análisis de órbitas, y quizá por eso se convirtió en credo y guía para toda la filosofía de sacristía.

El desafío a ese credo no era tampoco tan general entre los sabios. El tema de la trayectoria, por ejemplo, no se planteaba. Fuera cual fuera el paso de la estrella la geometría tolomeica parecía simularla sin problemas con un complicado juego de epiciclos y círculos semovientes, siempre con la Tierra como centro. Pero no sólo Aristóteles era una rémora, también el regusto platónico por el círculo como curva perfecta tuvo sus efectos doctrinales. Tontamente se llegó a creer que fuera del círculo geocéntrico no había salvación ni explicación.

Mejor volvamos a la noche en que Galileo dispuso el telescopio, abrió el cuaderno y pacientemente fue observando el firmamento a medida que tomaba nota. Más o menos alineados, entre Oriente y Occidente, registró la posición de Júpiter y tres de sus satélites.
Todo hubiera podido quedar en una observación, en un dato. Ni sabía que eran satélites, ni sabía que había bastantes más. Simplemente tomó nota. Unos días más tarde la disposición había cambiado, como si algunos de los cuerpos se hubieran movido. Algo así como si fueran lunas en torno a Júpiter, que por su brillo se distinguía entre ellos sin dificultad. Así que un segundo registro pasó al cuaderno corrigiendo al anterior.
Comparando ambos no parecía probable que fuera Júpiter el que hubiera mudado su posición, porque estos planetas se mueven de un modo lento y probablemente hasta era conocido su movimiento. Más bien serían los otros astros los que se habrían desplazado en torno a él. Alrededor de Júpiter algo giraba. Quedaba por establecer si regularmente y en tal caso según qué regla.

Hoy conocemos con algún detalle qué se oculta tras esos asteriscos. La primera noche tenía ante sí, de Oriente a Occidente, a Ganímedes, Europa, Júpiter y Calixto. Mientras que en la segunda Ganímedes se había ocultado, pero a poniente de Júpiter lucían Ío, Europa y Calixto. A comienzos de marzo de ese mismo año Galileo presentaba en Florencia un breve tratado, titulado Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), con el fruto de estas y otras observaciones. Júpiter que veía orbitar al menos cuatro satélites era el mejor contraejemplo de un firmamento declarado doctrinalmente geocéntrico.

Nada es casual. La paciencia es un suelo fértil sobre el que se alzan sin temor las verdades. Sólo el malhumor eclesiástico, el hijo más odioso del azar, parece haber sobrevivido, cernido como un monumental nubarrón sobre toda esa deslumbrante arquitectura astronómica.