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viernes, 29 de julio de 2011

De la vida en la granja


Isla de Utoya (Noruega)
El 2 de junio, Anders Breivik sorprende a un turista que merodea por los alrededores de su granja con la aparente intención de hacer alguna fotografía. En su cuaderno anota: «Sus gestos y su lenguaje corporal indicaban que mentía. Mi instinto me indicaba que era un oficial de policía»

El 30 de junio, tras interrumpir sus tareas en la granja, busca el chocolate guardado en una bolsa y encuentra un escarabajo. Al reaunudar el trabajo e ir a ponerse los guantes encuentra otro. En su cuaderno anota: «Claro que me he dado un susto. Después he comenzado a matar a todos los pequeños insectos que veía»

El policía disfrazado, los pequeños insectos... Una semana después, ¿quién no lo recuerda?


viernes, 22 de julio de 2011

Cuatro palabras


A modo de desenfadado homenaje, pero asomándole la emoción, su hermano Carlos nos contaba la despedida. Fue al acercarse a su lado cuando ella entreabrió los ojos un instante, buscó algo de claridad con la mirada turbia y sentenció con mortal fastidio «¡Qué asco de día!». Luego volvió a cerrar los ojos para no volver a abrirlos nunca.

sábado, 16 de julio de 2011

Icarontes


De guiarnos por los periódicos y sus noticias financieras, podríamos acabar creyendo que todo lo que llega a nuestras manos nos es dispensado a cuenta y con retorno a plazo fijo, y que es así hasta para el aire que respiramos. Si de acuerdo con esta impresión la vida es una simple fórmula de crédito, extendida a todo lo que cubre nuestro radio de acción, habrá que concluir que es un negocio ruinoso. Y habrá que empezar a distinguir entre el ánimo imprescindible para disfrutarla y esa invitación a fogueos para mantenerla en caliente —o recalentada, quién sabe—, estímulos que nos hacen ver la realidad como una cruda y permanente disputa con el resto de los vivos por el poder de la ventaja.

No hace falta acatar mandamiento moral para entender que el gasto emocional por hacerse con una de esas posiciones, por auparse con alas hasta hacerse visible a sí mismo por encima de los demás, es un plan a la larga insostenible. Algo recuerda a Dédalo, el arquitecto de vidas laberínticas, sin olvidarnos de su hijo el desfallecido Ícaro. Si con el primero celebramos el vuelo al paraíso, con el segundo reconocemos su dramático coste. Tras la llegada a su destino y la pérdida de Ícaro, seguimos a Dédalo en su destino, caminando bajo el peso de su ingenioso aparejo. Esas alas enormes le acompañarán para siempre, pero no como despliegue de supremacía. Esas alas las arrastrará como grotesco recuerdo del pasado y como muestra de su impotencia para afrontar en su paraíso una nueva vida.


lunes, 4 de julio de 2011

¿Un estilo de vida?


Guerra de Vietnam, foto tomada de The American Experience
Los paraísos por los que peleamos tienen un aspecto tan trivial e inocente que convierten las batallas, por crueles y feroces que sean, en melancólicos intentos de devolvernos la vida perdida y las armas en mansos instrumentos ejecutores de lógicas intemporales y por ello necesariamente justas. Del mismo orden evocador suelen ser los discursos que las justifican, empezando por las propias arengas que empujan al guerrero a contemplar desde el precipicio su ilusorio patrimonio en el pasado, aquel inexpugnable cobijo materno en el que le salieron los dientes. Pero en realidad no es la vida lo que se reclama en esas luchas, sino aquella clase de vida que sentimos en nuestro interior como la más entrañable, como la más valiosa, por devolvernos simplemente a un horizonte familiar y seguro. Esa interesada confusión hace que esa vida con protección perpetua haya pasado a ser llamada el paraíso y debería ser razón de peso para que nadie que se reclame dueño de su vida pueda sentir como propio ninguno de esos paraísos.

miércoles, 29 de junio de 2011

El triunfo ratonero




Los debates al uso en los medios no dan mucho de sí, pero permiten al menos descubrir los tópicos y prejuicios con los que se aborda la mayoría de los temas por quienes seguramente deberían de declararse legos. Un ejecutivo del sector educativo, declarado experto por una agencia de innovación social, daba en la radio su clave con tono pontifical, como una alocución urbi et orbi. Entre toda esa jerga con la que se empastan las soluciones modernas --con las insustituibles nuevas tecnologías así como mucha creatividad, focalización, liderazgo, espíritu de equipo-- me sorprendió oír como en una ráfaga algo más coloquial y un tanto desconcertante. El hombre estaba perorando sobre la desigual suerte de sus compañeros de escuela, sobre la paradoja de que algunos de los más brillantes hubieran desaparecido mientras los «segundones», entre los que se contaba, lograban «triunfar en la vida». Si digo que ese inciso llegó en una discusión sobre «herramientas» de medida de niveles de competencia adquiridos, y en medio de mucha palabrería, se comprenderá mejor el desencaje. Una nueva ráfaga en la que habló de «aprovechar las oportunidades» confirmó la prevalencia de ese pensamiento de fondo tan clásico en su disfraz novedoso. Hecha casi en primera persona, esa declaración colocaba su reconocido oportunismo por delante de todas esas competencias llamadas a medir la excelencia académica, las que él mismo reclamaba ahora con fervor al sistema educativo. Todo este contexto resulta un poco desmesurado, porque esos vaniloquios del experto educativo podrían haberse resumido mejor de haber explicado el sujeto en qué términos medía él su triunfo en la vida.


sábado, 11 de junio de 2011

Somos legión


El acto no carece de intimidad, pero se celebra habitualmente al aire libre, en una zona de soleados bancos, en un parque público. Los asistentes dejan ver sus solemnes calvas al despojarse de boinas y gorras. Uno de ellos se adelanta entonces hacia el de más avanzada edad, que parece llevar la voz cantante y se inicia sin más preámbulos el ritual.
—¿Qué es lo que juras?
—Que acudiré puntual.
—¿Cual será tu hora?
—A las cuatro.
—¿de…?
—sí…de la madrugada.
—¿Qué te lleva a la cita?
—La apremiante necesidad.
—¿Y si no cumples con ella?
—Que me ahogue la marea.
—¿Seguirás después vigilante?
—La noche entera..
El juramentado se aproxima entonces al decano, que tras un abrazo fraterno le dedica estas palabras: 

—Bienvenido, compañero de fatigas, acabas de ingresar como miembro de número en la más venerable y numerosa de las cofradías, en la legión prostática. 
En ese momento el nuevo cofrade se adelanta y le impone en la pechera la preciada insignia esmaltada del orinal, e incidentalmente el decano recuerda al resto: 
—Esta asamblea se reanudará y continuará con los nombramientos en unos cinco minutos. Compañeros, aprovechemos.




sábado, 4 de junio de 2011

Supervivencia y vida


Son poco habituales las menciones al Stevenson ensayista. Por lo menos son raras comparadas con las referidas a sus relatos y cuentos. Sin embargo, el tono de sus ensayos le resultará familiar y directo a cualquiera que haya leído alguno de sus novelas. Con independencia del tema abordado, se advierte pronto su interés, como hombre experimentado y de mundo, en servir de voluntario contrapunto a las cavilaciones de los filósofos, con un discurso más próximo a la anécdota que a las elevadas propuestas metafísicas.

De todos los recogidos en el volumen Virginibus puerisque y otros ensayos, me quedaría con dos, los dedicados a la muerte, Aes triplex, y a la esperanza, El Dorado. No debe de ser casual que aparezcan en ese orden. Diría incluso que se complementan y que el segundo busca renovar el impulso vital en quienes no aceptan una superación de la muerte como la propuesta en el primero. En este, Stevenson viene a afirmar como un hecho, por encima de las definiciones que circulan sobre la vida, «que no amamos más la vida porque estamos muy preocupados de su conservación», y que «no es la vida lo que amamos sino el vivir». En ese amor a la vida es donde Stevenson ve nacer una dinámica vital ajena por completo a esa vida estática, que en los filósofos se asume como una Permanente Posibilidad de Sensación, y que tan inermes nos deja ante la expectativa de nuestra muerte. Pocos han captado como él esa distinción profunda entre el afán de supervivencia y el amor a la vida, porque el instinto natural no parece apreciarla. Para apreciarla uno debe ponerse en camino. Es la andadura el origen de esa dinámica vital que propugna,, una dinámica de encuentros y desencuentros, marcada por la curiosidad y el deseo. Una dinámica sobre la que es aún más explícito en su segundo ensayo, cuando nos dice: «Extraña figura la que hacemos en el camino hacia nuestras quimeras, marchando sin cesar, escatimándonos a nosotros mismos el tiempo para el descanso; infatigables, aventureros, descubridores. Es verdad que nunca hemos de llegar a la meta; es hasta más que probable que ni exista tal meta siquiera».

sábado, 28 de mayo de 2011

Indeleble huella



Escribiendo a diario, mi principal dilema no gira en torno al valor que pueda tener lo que aquí dejo escrito. Evidentemente me juzgo a medida que escribo, en concreto con cada lectura y relectura (y son muchas, aunque no necesariamente provechosas). Pero eso forma parte de un proceso muy conocido para cualquiera que escriba. Llega luego el momento en que tratas de juzgar cómo será juzgado tu escrito. Ahí puede que ya me distancie de otros, porque no entro mucho en ese tipo de juicios. Es una posibilidad, o una oportunidad, que nace de mi conocimiento casi nulo sobre quienes leen estas entradas. Las dudas más serias me asaltan cuando intento hacer visible el hilo conductor que me ha llevado de asunto en asunto. Al fin y al cabo ese hilo conductor soy yo mismo, por eso no es de extrañar que me preocupe. Debido a su formato, esta mirada al mundo es necesariamente fragmentaria y vagamente discursiva, lo que la hace pecar de dispersa y gratuita. El estilo, que tampoco es homogéneo, no creo que consiga darle unidad a todo esto. No estoy escribiendo un tratado ni una columna de prensa, y lo sé.  Son más devaneos e impresiones que opiniones lo que voy dejando bajo las fechas del calendario, y como todos los devaneos, son muestra de caminos tortuosos y confusos. De ahí que parte de mis esfuerzos se vayan, quizá ingenuamente, en el intento de mantener cierta coherencia. Espero que nadie se confunda con esa coherencia y quiera ver una señal de una férrea voluntad en lo que sólo es un reducto de mi vanidad o una huella difusa de un hábito del que me cuesta desprenderme.

viernes, 29 de abril de 2011

La secundaria



En una ceremonia marcada por el boato y el fasto, el comprometido papel del actor secundario consiste en poner una nota de verdad en la almibarada composición de imágenes. Su irrupción suele ser breve, sin opción a la recreación del personaje. La naturalidad es su mejor baza, la única que aportará una señal de buen juicio en medio de tanta locura. Seguramente a ningún adulto del común le sería permitido posar con un gesto de infinito hartazgo como el mostrado por esa niña en la escena final del beso. Felizmente infiltrada en ese sublime instante, da al cuadro real un punto de discreta pero radical disidencia. Al igual que ella soportamos esa corona florida como si fuera de espinas.

viernes, 1 de abril de 2011

Cielo azul


Apollon servi par les nymphes (1666-73), François Girardon
Grotte d'Apollon, Versailles
Sólo las multitudes nómadas que acampan regularmente en las playas hacen del azul del cielo un signo de pureza y lo reciben como una bendición. Ese cielo raso ha entrado a formar parte de uno de los ritos obligados de nuestras religiones contemporáneas. En ese rito los devotos se untan con diversos tipos de aceites y ungüentos antes de exponerse desnudos al sol benigno. Cegados por el astro, dejan pasar las horas ajenos a la creciente inclemencia que les va sorbiendo desde el tuétano hasta el seso. A medida que su piel se dora y amenaza con encenderse, vemos levantarse a los mancebos, furiosos como sátiros, galopando, saltando y atropellando todo a su paso antes de zambullirse entre las olas. El rito continúa cuando de las olas resurgen y con lasciva indolencia recrean su estatua frente a un coro de atentas y acaloradas ninfas a las que se presentan como hijos de Apolo. En ese recreo los vemos desperezarse indolentes y estirando sus brazos, como si les poseyera el espíritu burlón de las fuentes y las inocentes aguas se escurrieran para dar brillo a su figura. Llega después el momento álgido del rito con un juego de improvisados contactos y sorprendentes frutos. Avisados los faunos y otros númenes, contemplan divertidos desde los bosques cercanos la burda parodia de estos figurantes en su empeño por fecundar a las ardientes ninfas sin perder su flamante, rígida y apolínea compostura. Les asiste desde el azul el mismísimo Zeus descargando, ante el decepcionante espectáculo, sus rayos sin piedad. Junto a él, el Olimpo al completo ríe el cómico intento y compadece a estas tribus nómadas en su capricho ritual playero. Nadie allí entiende esa pretensión de festejar a Eros todopoderoso en su aventura enviando a pleno sol tras las redomadas ninfas, a una panda de eunucos protuberantes y sudorosos, sin otras dotes que sus relucientes músculos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La despedida de Marisol Aríztegui


Con ella había charlado circunstancialmente, tanto antes como después de saberse de su enfermedad. Los cambios, aunque fueran los que dieron un giro inesperado a su vida, no alteraron del todo su estilo. Realmente, poco más que esos cambios podría yo haber percibido. Pero no, no daba la impresión de vivir amedrentada, a lo sumo afligida por no dar salida a la lista de tareas aplazadas. Aún seguían vivas en ella las huellas de la responsabilidad y del oficio. Por lo demás, en el último encuentro que recuerdo, transmitía naturalidad y afecto sincero, el calor propio de las despedidas. No parecía hecha a evadirse con suspiros o a quedar en suspenso, prefería llevarnos al terreno de las palabras sencillas. No vi ningún ánimo de entrar en evocaciones o de anunciarnos su ausencia, sino un ejercicio de respeto a lo cotidiano, más valioso si cabe en su situación. Una situación de la que a decir verdad es más lo que imagino que lo que realmente conozco. Leí, no obstante, la entrevista que le hicieron en el periódico dos semanas antes de su muerte como enferma terminal de cáncer. Es un gesto para el que hace falta mucho coraje: una cosa es admitir en privado y otra distinta es declarar en público tu final. Con lo que allí contaba, y con lo que previamente de ella había conocido, tuve tiempo para meditar sobre esa llegada inminente de la muerte. Son cosas que uno debería de aprender y que lamentablemente no se enseñan. Tres fueron las que más se me quedaron. Había algo de sistemático, pero poco de artificial, en su organización de la espera, con la cotidianidad como hilo conductor y permaneciendo, en la medida de lo posible, a la escucha de la naturaleza. Había en ella una voluntad de transmitir, al borde del umbral, afecto y comprensión para quienes nos quedábamos y pienso también que quería morir enseñándonos muy humildemente un nuevo camino. Había en esa voluntad de contar, una confianza ciega en las palabras, que para ella serían, junto a otras armas paliativas, un gran consuelo, el último contacto con los suyos, el escenario final de los afectos. Anteayer nos reunimos un montón de gente a modo de despedida en una sala de conciertos. Algunos recordaban con su imagen proyectada en pantalla otros momentos y épocas. Sonó la música de un cuarteto, hubo lágrimas y desahogos. A la salida unos y otros nos quedamos charlando. Por encima de los recuerdos, muchos nos fuimos con la sensación de que gracias a ella algo muy valioso habíamos aprendido.

sábado, 19 de marzo de 2011

En plan de invitado


Es halagador que te dediquen muestras de confianza, que te correspondan con gestos de comprensión y más que te hagan confesiones en una ambiente de franqueza. Todo eso está muy bien: tenemos que vivir abiertos al mutuo entendimiento, que mostrarnos solidarios con nuestros semejantes, que compartir sus alegrías, sus penas, sus proyectos. En voz más alta: aquí estaremos siempre para lo que se nos necesite, somos así. Viene luego el tono menor frente a quien con aire azorado y gesto indeciso te confía: «Escucha, tengo un plan».
Parece obligado suponer que con ese plan se te busca. Y es notorio que nadie te ha tenido al tanto de él. Y es evidente que esa maquinación, de la que probablemente eres pieza vital, se ha urdido a tus espaldas. Y es meridiano que se ha pensado en ti por tu pronta disposición a compartir. Resumiendo: se te reclama para un ambicioso plan del que desconoces viabilidad y beneficios, un plan que llega a ti seguramente tras una larga cadena de rechazos, renuncias y abandonos, un plan devaluado que sólo tú puedes salvar con tu apoyo valioso. Eso es lo que él viene en definitiva a decirte. La respuesta es inmediata: «No entraré en ninguno por menos del cincuenta por ciento».


viernes, 11 de marzo de 2011

Mínima 36


Las escenas cotidianas nos ganan como actores y nos dictan el papel. Luego la vida va estirándose y multiplicando sus argumentos, pero el desenlace es siempre el mismo.

jueves, 10 de marzo de 2011

El marcaje


Marcas para ganado
La elegancia se impone. Ahora de etiqueta, o mejor etiquetados, vamos todos. Lo que dos palabras y un gesto permiten entrever al chismoso, presentado como analista de ocasión, basta y sobra para que te haga vestir de humilde sayón e intuir en tus maneras obediencia, pleitesía y toda clase de reverencias políticas. Con esa etiqueta, con esa pretendida filiación, te lleva de boca en boca sin necesidad de mejor argumento. Porque aquí lo que uno haya escrito, o incluso lo que haya hecho, vale de poco frente a «lo que todo el mundo sabe». Hay larga tradición en esto de etiquetar y hay gente avezada en estas labores de marcaje por cuenta ajena. Sin embargo ahora prefieren ser vistos como observadores extraterritoriales, que alardean de olfato fino y de intuición clínica, o como profesionales competentes, capaces de leer en una cara y sin despeinarse la biografía completa y hasta seis tratados del interfecto con sus correspondientes apéndices. Decir que pululan como animales de compañía, dedicados a amedrentar y mantener en el redil a quienes frecuentan parajes más abiertos, sería dignificar su papel en exceso. Realmente lo suyo es seguir el rastro a quienes se aventuran y mantener al día las listas, para cuando sea menester.

domingo, 6 de marzo de 2011

Flotando


The Wreck Buoy (1847), J. W. Turner,
Walker Art Gallery, Liverpool.
Hay un momento en que descubres pocas cosas nuevas. Descubres más bien el valor de lo que te acompaña, de lo que te ha venido acompañando desde hace tiempo. Aunque quizá no sea descubrimiento la palabra más adecuada para ese reflotamiento de lo que el tiempo ha ido devaluando y creías perdido. Es sorprendente y emocionante ver levantarse al primer roce imágenes, canciones, sabores, lenguas, libros, paisajes de todo ese bagaje fantasma. Sólo estás recordando, me dicen por aquí para traerme a mandamiento, recordando lo que dentro de ti se quedó. Puede ser, puede que haya venido teniendo otra idea de lo que es un recuerdo y que lo haya confundido con uno de esos rescates memorísticos ganados con laborioso esfuerzo pero de muy pálida emoción. Comparado con este tipo de recuerdos, el reencuentro con aquellas sensaciones inmateriales apenas te afianza. Sigues a la deriva y a lo sumo te acompañan, son como los despojos que al náufrago sirven para mantenerse a flote en el temporal, con la cabeza en alto como una boya erguida.

sábado, 5 de marzo de 2011

Vuelta al punto de salida


Máscara azteca que representa
la muerte y el renacimiento
Es complicado hablar del carnaval, de la oportunidad de renacer a través de una máscara, de la necesidad de ir al vértigo de lo imposible para encontrar auténtica vida. A muchos nos resultan extraños e incómodos sus alborotados festejos rituales, aunque nos parezca al mismo tiempo indispensable cualquier remedio que nos revitalice y nos ayude a salvar los cambios. Debería saber, sin embargo, el que por un medio u otro aspire a renacer que en estos renacimientos vitales se enfrenta a un obligado acto de fe que atenúa aún más su ya maltrecha razón. Ha de contar con la creencia imperiosa, con el firme convencimiento —que no se aplica en el nacimiento genuino— de que en el renacimiento hay algún espacio a donde salir. Quizá sea esa la razón por la que el carnaval de máscaras se ve obligado a ganar la calle y a confirmarla como espacio para el renacimiento de los enmascarados en una nueva vida.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Impresión y emoción


Si uno escucha la voz de la calle, advertirá que son pocos los que se declaran emocionados. La palabra ha ido desapareciendo del habla, salvo en tono de confesión. Las emociones han quedado afincadas en nosotros como un capítulo reservado, por demasiado revelador. El temor a que, a través de los gestos, demos con ellas señales de debilidad o flaqueza está siempre presente. En consecuencia, ese grado de transparencia personal parece peligroso para cualquiera que se mueva en medios marcados por la competencia. Esto ha hecho que en esas mareas ganen prestigio los que sirven como anclas emocionales. Nos referimos a personalidades muy logradas, impasibles a los altibajos de lo que les rodea, a los que su autocontrol les permite emitir en una única longitud de onda, bien sea la de la entusiasmo o la de la codicia. Sin embargo, la idea de que estos modelos por sí solos transmiten estabilidad e ilusión a su entorno no parece bien fundada. A los que seguimos percibiendo las emociones como señales, esos silencios emocionales nos resultarán a la postre sospechosos.

Ante la ausencia de emociones en esos ámbitos públicos, poco a poco han ido surgiendo sustitutos. Pensemos, por ejemplo, en la impresión, y más en concreto en la diferencia entre el individuo profundamente impresionado y el visiblemente emocionado. La impresión apenas deja huella externa y la interna es sólo presumible, porque no hay reflejo de ella. No es como la emoción, con la que uno alcanza a expresar algo madurado internamente, en un diálogo consigo mismo. Por eso podemos decir en declaración reflexiva que uno se emociona, pero nunca diremos que se impresiona. Podrá mostrarse, sentirse o verse impresionado, pero no puede impresionarse a sí mismo. Hoy los espectáculos, y el arte residual transmitido en ellos, se venden como algo impresionante. Sería económicamente aventurado anunciar un espectáculo bajo promesa de conseguir emociones. Las emociones programadas en emisiones televisadas nacen tan falseadas que nadie las reconoce como tales. Y cuando surgen espontáneas, por ejemplo entre las noticias, la falta de costumbre nos las hace intolerables. Probablemente corresponda al arte preparar en ese terreno emboscadas más sutiles, que no fomenten el sentimentalismo muelle y manipulado, sino que nos empujen a la audacia, a intentar con ayuda de la emoción volver a ser nosotros mismos.


sábado, 26 de febrero de 2011

El arte de fatigar jornadas



Las normas que uno se da a sí mismo siempre parecen llenas de buen sentido, aunque con el tiempo pequen de indulgencia y todo el buen sentido quede reducido a buena fe. Es normal que nos dejemos llevar por ese amañado guión, y más si nos eleva el espíritu. Con esa ingenuidad, con esa ligereza, acabamos volando muy alto y hay quien con ella llega a ver mundo. Todo adquiere, si la altura es la adecuada, proporciones generales, así que no faltan visionarios que desde allí se sienten en el secreto de un arte. Metidos a artistas estos ingenuos emplean toda su arrogancia en enseñarnos a vivir, queriendo hacer vivir en vida ajena lo que desconocen de sí. Demasiada necesidad de por medio, como para no resultar sospechoso. De existir algo parecido a un arte de vivir, no creo que nos venga de otro, seguramente será un arte íntimo y puede que un arte sencillo. De concretarse en algo sólo podría hacerlo en el paso de los días, como el arte de quien gobierna un flujo. Un flujo bien conocido, un flujo que hemos visto siempre pasar, compuesto de días felices, aciagos o anodinos, alineados en una larga cadencia de tiempos monótonos, sucesivos, indeterminados pero en definitiva finitos. El sentir, que es obligado en todos nosotros, nos ha enseñado lo primero a contarlos, después a distinguir entre la mañana y la tarde, y más tarde a retener con firmeza algunos momentos fugaces. Dando esto por aprendido, poca renta parece como para llamar arte al intento de eludir la fuerza de esa corriente. Con arte o sin él nadie debería renegar de ese paisaje fugitivo. Si uno no logra amarrar lo cotidiano, al menos debería intentar hacer valer su futuro con palabras, por escrito. Es como si al escribir, lo futuro y lo cotidiano acabaran fundiéndose en uno. Todo antes que verse arrastrado hacia esa corriente silenciosa en la que, además de arriesgar su lucidez, se iría con la huella de cada día la emoción depositada en él.

martes, 18 de enero de 2011

Cabeceo público


«Fue una velada agradable, con gente muy divertida, inolvidable»
según confesión de uno de los premios Nobel
Para lucir galones académicos en una buena mesa y llegar como triunfador, y bien alimentado, a los postres, todo el truco está en tu cabeza. Muéstrala despejada y altiva, que a todos agradará verla, esperando ansiosos de tu boca una palabra siquiera. Te atraerán con lisonjas y te citarán con intrigas. No entres en esas, mejor que te lleves bocado y evites retos o polémicas. Si te pillan de vacío, échate un buen trago y das luego un «sí» mirando al plato ensimismado. Por repetida no será menos acertada esa misma aprobación cuando llegue lo suculento en asados y pepitorias. Eso es lo importante, que con naturalidad asientas como el que cabecea y cabecees como el que asiente. Incluso dormido, mejor si despierto, poco importa que sigas mudo si te muestras de sano apetito y de cabeza removida. Ya te lo dije, ahí en la cabeza está el truco, no vayan a pensar los que pagan el convite que con ella sólo piensas.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Turno de paralíticos


Bosque de Arriaundi (Larumbe)
Llegué a un punto en que la nieve ocultaba todas las salidas y la luz abriéndose paso creaba la vana ilusión de que por el cielo se podía.

En una encrucijada hay veces que no sabes a ciencia cierta cuál será la dirección correcta. Esas veces suelen repetirse y en todas ellas las direcciones parecen siempre demasiadas. Reconforta un poco saber que para ayudarnos a elegir tenemos cinco sentidos, si bien resulta decepcionante carecer de un órgano de decisión infalible para estas urgencias. Al paso nos salen para salvar la situación augures y guías que con su sexto sentido prometen sacarnos airosamente del apuro. De estos también hay demasiados y todos se aplican a apurar en nuestro apuro. Pero apurarse con una decisión de la que nunca sabrás a ciencia cierta si fue correcta, a menos que discurras hacia mundos paralelos, es ceder a una enfermiza especulación sobre futuros. Para eso mejor que te valgas de tu propia intuición y, en vez de trazar tu futuro a tiralíneas, te atrevas a despejar el azar y a afrontar, con aciertos y equivocaciones, la historia que compartes con los demás, y con tus cinco sentidos intentar sentirla como tuya.