domingo, 19 de diciembre de 2010

En el fondo del valle


Fogón con lumbre viva entre penumbras, a su alrededor todos alargan sus ateridas manos y van arrimando el asiento. El vate permanece en su viejo sillón y la audiencia menuda en una banqueta, en un extremo y esperando al invitado queda una silla vacía. Apenas se mueve el anciano, el calorcillo le ha cerrado los ojos. Hundido en el sopor, mientras el fuego crepita, comienza a susurrar algo. Dijo ayer que hablaría de gente de otros tiempos, de los que vivían allá en el fondo del valle, de los que se fueron... Ya abre los ojos, silencio. Mira fijamente a la bancada, bebe de una tacilla y seguidamente inicia su historia con voz timbrada y profunda:

«A lomos de fuerzas oscuras, sin domeñar del todo siquiera, te verás de ferrón deslumbrado por el ritmo de las llamas; si empuñas sus riendas macabras y atraviesas a creciente galope la temible oscuridad de los bosques, harás carrera sombría, quizá ibas para guerrero y en esta te hagas poeta; pero si vives sometido a la frondosa fuerza, bajo el imperio de héroes siniestros, caminarás siempre temeroso, como todos en esta historia; sólo el mejor de los nuestros, quizás seas tu, el que se revuelve indómito y durante siglos vaga por esa espesura profunda para, llegado el caso, dar rabiosa cornada a esas tinieblas telúricas.».

Desfallecido por la tensión el hombre enmudece. Es entonces cuando el más pequeño de la bancada se levanta y tirándole de la manga le pide: «Abuelo, cuéntanoslo otra vez, que aún no lo entiendo».


sábado, 18 de diciembre de 2010

Arquetipos de cero


Si uno elige el círculo parece asumir simbólicamente el vacío y el horizonte que media entre lo finito y lo infinito. Si uno elige la espiral parece buscar simbólicamente el cambio y el trayecto que media entre el punto original y la plenitud. El círculo tiene algo de estático, hipnótico y absorbente, gira en torno a la propia conciencia y da expresión al ser. La espiral es de curso dinámico, expansivo, modela nuestros ciclos de paso y da expresión al devenir. Para el europeo la alternativa circular, llegada de Oriente, viene a alentar los fantasmas asociados a su ancestral horror vacui, es como la cueva del dragón. Sin embargo, en la alternativa espiral, redescubierta en América, se condena a verse evolucionar sumido en un  retorno perpetuo, es como el pozo de la locura.

Caligrafía de un enso
Más o menos vagamente, algunos de los signos utilizados para el número cero cargan con estas dos simbologías. El cero circular, que sigue hoy en circulación, es para los astrónomos griegos una huella, una señal de la ausencia de cantidad. Sus funciones numéricas le serán otorgadas por indios y árabes. Esa misma idea de carencia, aunque proyectada en nuestro interior, la encontramos en el círculo japonés, en el enso, convertida en caligrafía ritual por los seguidores del zen.

El simbolismo ligado a la espiral aparece de un forma algo más confusa en el signo del cero maya. Los glifos que lo describen tienen forma de concha, de puño cerrado o de flor. En el de la concha, que es quizá el más común, encontramos una imagen de plenitud lograda, cuya ausencia de vida marca el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento, pero en un orden superior. En el sistema de numeración este paso a unidades superiores a través del cero resulta crucial. Este hecho podría confirmar además un principio filosófico por el que el ciclo actúa como factor regulador del crecimiento.
Formas del cero en la numeración maya


viernes, 17 de diciembre de 2010

Silencio


Hay tres o cuatro razones para mantener absolutamente todo en silencio. De poco peso serían si ahora voy y te las cuento.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Tigre y cordero


Tiger and lamb (2008), Reiner Ehrt
El toque Disney ha convertido a las fieras en tiernos peluches. Luego el propio Hollywood se ha encargado de dar réplica a sus historietas almibaradas con toda una serie de películas que convierten a los muñecos en despiadadas fieras. Echando mano de animales, muñecos y autómatas el catálogo de personajes y otras utilidades escénicas se ha venido ampliando para el guionista de una forma tremenda. Una vez admitidas las convenciones con las que se incorporan, a nadie extraña ver a un león citando a Séneca o a una Barbie acudiendo a sórdidos callejones para ejercer de Jacqueline la destripadora.

Esa reversibilidad de ternura y violencia, que se acepta como juego entre animales y muñecos, necesita para las fábulas con humanos un recorrido mucho más complejo. Para interpretar el juego supremo de esos y otros instintos básicos surgieron en el XIX revisores del fabulismo ilustrado. El más notorio, el poeta William Blake, remitía ese arte al sumo hacedor, en cuyos designios vitales cabía a un tiempo la ferocidad del tigre y la ternura del cordero. Del título de una de sus obras deducimos que el hombre se quedaría en mero cantor de esos animales, vistos como emblemas de la experiencia o de la inocencia, en calidad de monstruo y desvalido.

La salida a las pantallas infantiles de animales, muñecos y autómatas parlantes, que combinaban inteligencia e instintos, puso a prueba esa oposición entre ferocidad y ternura, y puso en solfa esa desmañada creación de un bestiario dividido por el bien y el mal. Apuntando a toda su carga emblemática, hace tiempo que esa oposición merecía una revisión menos fabulada y más paródica. La viñeta del caricaturista sólo da para un golpe de vista y tiene que ser certera. En la de arriba Reiner Ehrt da un extraño giro al motivo. Destruye la oposición poniendo al cordero en brazos del tigre y le añade un guiño irónico al dar nueva versión del mítico triángulo con manzana. Gracias a él concluimos que un paraíso bien imaginado siempre puede ser otra cosa.


miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mínima 29


El que hace saber se obliga a saber, o a saber por lo menos lo que hace.

Lord Gagá



Provoca, claro, hasta adueñarse por un momento de todas las pantallas. A fin de cuentas son estos «picotazos» impenitentes los que las mantienen en activo. Este asunto es tan chirriante a la vista, y su análisis tan necesario, que urge sacar al analista que llevo dentro para preguntarle —desde la distancia y como tronado gagá— acerca de quién está tras Lady Gaga. Por manida esa pregunta —para empezar, un poco ingenua y amateur— viene a anunciar que echarle el foco encima poco o nada nos dirá. Hemos conocido fenómenos similares, anunciando casi siempre profundos cambios en la concepción y venta de ferias y espectáculos. Para mal o para bien ella es mero producto y lo que de veras nos diría algo  más es quién está detrás de esas pantallas. Tampoco eso es difícil. El quién no queda muy lejos del objetivo perseguido por los mercados de inventos y truculencias, y supeditado por completo a él.

Otra cosa serán los que están delante, que también importan y que son los pacientes complacientemente provocados. Algunos asumimos la provocación, así en genérico, como una estimulante terapia de choque, como un modo casi lisérgico de remover neuronas y poner al día nuestra capacidad de adaptación, más que nada por darnos curso evolutivo y no vernos disfuncionales en vida. En los devotos, sin embargo, toda esa ventolera parece absorberse con avidez, como una estimulante ráfaga de aire, aire más bien revenido y espeso que nuevo, en un ambiente tirando a asfixiante. Mirando al público de devotos y no devotos en su conjunto, bien se ve que la ganancia común es el estímulo procurado con la provocación. Y ahí es donde el analista de pago da voces de asombro y, tras hacer su cucú en una revista del ramo, profundamente afligido se escandaliza, porque esos estímulos con su desproporcionada medida están también midiendo un estado colectivo, llámesele social o global, de extendido embotamiento y atonía.


martes, 14 de diciembre de 2010

Todos para uno


Tomado de apuntesgestion.com
El aterrizaje de la jerga económica en eso que llaman desarrollo o crecimiento personal no sólo provoca cierta confusión, sino que conduce a malintencionados equívocos. No dudo de que la jerga tenga su sentido a la hora de «anclar emocionalmente» a gerentes e implicarlos en los planes previstos para la institución que mueven, pero entre la resignada comparsa no creo que mejore el ya de por sí complicado equilibrio personal, y mucho menos las aspiraciones a la felicidad o al sosiego emocional.

Cuando uno analiza los llamamientos con expresiones tales como cumplir programas, colmar expectativas, alcanzar objetivos, afrontar retos o socializar afanes, pronto descubre cómo ese encuadre ejecutivo se desliza invasivamente en la órbita personal, de la que se reclaman acciones, cuyo logro, fijado en techos numéricos, apenas entiende de referencias sociales y cuyas exigencias suponen al individuo así «recrecido» la progresiva pérdida de las personales.

Uno de los argumentos que muestra con más claridad el avance y la intimidación ejercida a través de ese tipo de programas de rendimiento laboral, disfrazados de crecimiento personal, es la facilidad con que sentencias tan malévolas como «nos has decepcionado, esto no es lo que esperábamos de ti» trasladan al ámbito de lo personal los resultados de la empresa. Además del mayestático «nos» que convierte al juez en un actor tan decisivo como inidentificable, se coloca ese extraño «lo que esperábamos de ti» en un lugar lo bastante inaccesible como para resultar culpable y como para que te sientas culpable.


lunes, 13 de diciembre de 2010

Fines y mundos


Tsingy de Bemaraha (Madagascar)
A diario sales de casa, te adentras en el laberinto, decides en cada una de las encrucijadas tu camino y, si la suerte te acompaña sin perder el norte y guía, regresas al punto de partida. Allí, sentado tranquilamente al abrigo, tienes la sensación de haber sorteado peligros invisibles pero ciertos y de que igual el fin del mundo no está allá donde creías, sino a la vuelta de tu propia esquina. Si sigues dándole vueltas, puede que te asalte la sospecha de que quizá no sea el fin del mundo, de que no existe tal mito, sino cosas más sencillas como tu mundo o tu fin. Por muy sabedor que te veas de mundos y de fines, no es ese paseo una experiencia con la que puedas fácilmente concluir nada. Desde ese refugio que alimenta sensaciones de peligro y frontera, parecería que tu mundo se acerca a su fin y, sin embargo, mañana mismo, cuando un nuevo laberinto se abra a tus puertas, comprenderás que tu fin está más cerca de ese mundo, tenga o no tenga fin.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Detrás del escudo


Escudo del emperador Tewodros II (s. XIX)
Tesoro de Maqdala (Etiopía)
Presentan el escudo como la más ajustada y sólida defensa personal, sin reparar en que, apostado tras él, el defensor se limita a esperar a ciegas ese embate que no llega, para acabar recibiendo por la espalda el golpe cruel. Algo parecido le sucede a quien interpone en su defensa a un testaferro bien pagado. Jamás quedará del todo a cubierto, ni de denuncias, que aparecerán cuando opte por eludirle el respaldo, ni del ridículo, que le envolverá cuando lo descubran agazapado tras él. Lo menos que puede decirse es que con ese afán de seguridad aumenta proporcionalmente nuestra ceguera. Nada nuevo, porque de siempre hemos sabido que acarrea riesgos contemplar el mundo tal cual es.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Un goce devorador


Zeus y Semele, Grabado de B. Picart (1673-733)
Imagen tomada de Greek Mythology Link
Si uno se atiene a lo que le ofrecen los medios, parece como si la expresión del amor, además de ser única, fuera inequívocamente la que la música actual ha fijado. En conjunto lo que nos llega son  ecos de amores tardorrománticos, con mucho flechazo y poca historia. La última versión de esa corriente, literariamente ya plana, tiene algo de amor empírico, al llevar a puntual registro los valores paramétricos del goce. Es un lance legítimo, porque el goce siempre ha estado ahí, aunque envuelto en velos que lo distanciaban y lo protegían, evitando su banalización y alejándolo del capricho de los experimentadores. ¿Perdía la ciencia su vocación de progreso creando con el amor esa salvedad? Sería una larga discusión. Con la inclusión de la medición, el goce parece venir dado por el grado de mutua posesión, y consecuentemente su expresión suele acabar en un lamento a cuenta de la imperfección. Si por el contrario, llevamos el amor al dominio de lo prohibido, lo convertiremos en transgresión y el goce pasará a tener una elocuente y liberal expresión.

A medida que retrocedemos de madame Bovary o Anna Karenina a los tiempos del barroco, las heroínas del amor pierden nombre propio. Sólo el Olimpo divino retiene y ofrece ejemplo de amores transgresores. Es el caso de Sémele, raptada por Zeus y acogida en su tálamo, en perjuicio de Hera, que despechada fabula su venganza. Para ello inducirá a la ingenua Sémele a pedir a Zeus señas de autenticidad y poderío, de lo que resultará un encuentro amoroso marcado por el fulgor y el trueno, y concluído con su amante reducida a cenizas. Pocas historias reflejan mejor el estatuto amoroso en el régimen antiguo, donde la aristocracia fulmina sin compasión las incursiones de los amores de ocasión. Si dejamos a un lado toda la moraleja, aún nos queda la expresión barroca de la transgresión, y ésta sí que es realmente deslumbrante.

Escribo un poco al son del aria Endless pleasure, endless love de la ópera/oratorio Semele de Händel. Y no sé si podría darse un ejemplo más vivo de esa eclosión barroca de amor. Para su expresión se busca modular la euforia de todas las formas posibles, una modulación que impone recursos vocales nuevos, con un canto colorido, matizado y sobre todo cálido, próximo en lo esencial al estilo sensual propio de la tradición italiana, si bien el brillo final depende del repertorio del que disponga la soprano. En la cita musical que propongo, es Kathleen Battle la que hace gala de su maestría sublime. Se embarca en la gavota de la mano de la orquesta, a la que va ofreciendo chispeante réplica. El derroche de gracia y soltura es palpable en todas las suertes vocales y sin perder en ningún momento el aire de alegre apoteosis. El acabado temple de su voz acoge con gusto alardes, bien sea sofocados vibratos o hipnóticos melismas, en un diálogo que la sitúa siempre por encima del dominio de los violines. Sólo al final, tras un ejercicio límpido e insuperable allá en las notas más críticas, cede el turno, como quien contagia su infinito gozo al coro entrante.



Semele, G. F. Händel
Endless pleasure, endless love, Kathleen Battle
English Chamber Orchestra, J. Nelson
Deutsche Grammophon, 1993.