jueves, 9 de diciembre de 2010

Rastro oscuro


Al fastidio de la solina se añadía lo que llevaba a rastras. Aquel rumor sordo que implacable le perseguía, le hizo volver finalmente la cabeza, aunque nada vio de provecho. Con semblante cariacontecido retomó la marcha. Un leve suspiro vino a aliviarle mientras sentenciaba: «Desde luego, he conocido sombras mejores, y menos cargantes».

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El premiado


Con el premio entre manos se dirigió hacia la tribuna acompañado por el cálido y rendido aplauso del selecto público asistente. Una vez allí permaneció por un instante entretenido en sacar unos folios del bolsillo y en acomodarse las gafas. De repente su gesto se endureció y echó hacia atrás la cabeza con los ojos entrecerrados. Al volver en sí su mirada parecía extraviada en algún oscuro rincón del fondo de la sala, pero pronto la atrajo hacia el atril, donde fue extendiendo con paciencia sus papeles. Agarró con firmeza sus estribos laterales y ensayando un mohín de cortesía hacia autoridades, focos y cámaras comenzó a hablar. Quiso entrar en tema haciendo mención —porque así convenía al asunto, según dijo— a un afamado poeta sueco, cuyo nombre por sobrentendido obvió, el cual en el ocaso de su carrera sintiéndose como escritor en el papel de gran director de asuntos universales, tuvo a bien escribir estos humildes y luminosos versos:
                 «¿Sabes tú aire que yo soy la luz?
                 ¿Sabes tú cielo quién te viste de azul?»
Al oírlo me sentí interpelado como una vulgar mota de polvo cósmico y sometido al imperio de los intérpretes clarividentes. Creí probable incluso que no existiera poeta sueco, que todo formara parte de una soberbia puesta en escena. Los versos parecían alentar la entrada de Dios todopoderoso en el escenario. Más pompa que belleza, demasiada, desmedida para quienes entreven a lo sumo inciertas auroras. Tanto sabía el poeta o el premiado que me sentí ajeno a su mundo, y opté por la retirada de inmediato. Todo hacía suponer que, si ese hombre se había sentido luminaria en medio de esas galas boreales, lo venidero no podía ser mucho mejor.


martes, 7 de diciembre de 2010

El estilista paranoico


—Corro grandes riesgos.
¿Porqué lo dices?
—El otro día, sin ir más lejos, alguien en el Facebook comentó que yo escribía greguerías.
¿Se sabe ya?
—¿El qué?
Pues que escribes tonterías.
—No, no, que escribía gre-gue-rías.
Ahhhh, ya. ¿Y escribes eso?
—Bueno, a veces, igual, así en corto, pero me salen sin querer.
Entonces mejor que dejes la pluma, y sobre todo, cuídate.


lunes, 6 de diciembre de 2010

El bosque mudo


Vaivén de hayas. Bosque de Seanbe (Beruete)

La mañana no era excesivamente fría. Por el camino la nieve se ha ido haciendo poco a poco visible. Primero en las cunetas, luego en los prados cercanos a la ruta, poco después empezamos a hollarla y un rato más tarde nos rodeaba casi por completo. A su lado el bosque parece un testigo mudo contemplando nuestros devaneos. Por el camino nevado lo que impresiona no es tanto la estampa candorosa de los claros, sino el velo brumoso que mantiene visible y distante el arbolado, y sobre todo la gradual entrada en el silencio del bosque. Un silencio apenas distraído por las pisadas de nuestro pausado y rítmico paseo.

No ocultaré que estas entradas en el bosque, ahora en invierno, tienen un efecto algo sobrecogedor. Te sabes en dominios ajenos, las huellas que cruzan tu camino te indican otras rutas, otros usos, seguramente la búsqueda de alimento, huellas del afanoso instinto de supervivencia. En ese marco a lo sumo eres un merodeador malvenido. Tu te impones libremente, al límite de tus posibilidades y ventajas, sobre el territorio. Ahí está tu esfuerzo, dices, por banal y gratuito que sea, sin darte cuenta de que con tu banalidad y su exclusión construyes aquí tus ritos.

El silencio de estos parajes te empuja de manera natural a caminar al ritmo de tu fuelle, aunque un tanto ido y concentrado en tu murmullo interior. La costumbre te ha enseñado que al acompasarlo con el sonido exterior, con el de tus pasos, eludes la ansiedad y el cansancio. En la nieve las pisadas suenan de un modo inconfundible, un poco quedo, como un frotado más o menos profundo, rematado por el chasquido del calzado en la tierra firme. Que nadie busque en estos andares ningún eco musical y menos los aires marciales de un desfile. Aquí el que marcha normalmente mira, tantea, escoge y por encima de todo recoge sensaciones. Cultivadas más tarde, en el recuerdo, aportan algo de templanza, son provechosas.


domingo, 5 de diciembre de 2010

Retrato en blanco y negro


Pamplona, Spain.  Alvaro Barrientos/AP para The Guardian.
Al grito de «salimos en la tele», la tropa entera, ávida de imágenes, acude a contemplarse en el aparato. «Todos nos están viendo, ¡qué fuerte!» se oye, mientras a su ritmo y con su  cuento sigue la secuencia. Al final decepción, no sólo por la brevedad sino por el retrato, ingrato e injusto «cuando además nos podían haber sacado sin ese aire de paletos». Pues a ver, hoy salimos en The Guardian en esa preciosa estampa, de riguroso blanco atrapado entre sólidos muros, qué digo muros, atrapado por nuestras ciclópeas murallas. Como cándidos figurantes paseamos, haciendo compañía al perro, y poniendo la frágil huella en esa historia de claroscuros, al fin y al cabo tan amarga como nuestra.

Mínima 28


Juego de voces impostadas y un espejo: Es el teatro, y basta para componerse una vida.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Jericó y sus astrónomos



Vuelve la montaña al silencio y un ejército de espíritus inunda con el trueno las llanuras. Dice el Señor a Josué: «Si en Jericó nadie escucha tus trompetas, tomarás en mi nombre tu martillo, sin piedad hasta que los sometas». Han llegado corazones intactos batiendo con su locura tambores, arrecia al unísono el aullido de las trompas y tras ellas aún se escucha el paso rastrero de las bestias. Allá arriba gentiles y luminosas les esperan las cabezas, alzadas sobre picas relucientes, con sus ojos vagabundos confundidos por los cielos. Siguen ahí desde el alba, sobre las torres, escrutando el vuelo de los astros, ancianos de escaso pertrecho, sin más ropaje que su tortuosa lógica y sus tablas, sin más arma que el báculo en el que gravitan. Del sidéreo azul su mirada desciende fatigada sobre las tercas montañas y descubre afligida el oscuro creciente en el llano. La sombra es tan sorda y certera como el golpe del martillo divino. Un Josué ensangrentado asienta al espíritu dominante, guardado en el arca hermética, y declara sagrada la plaza. Su Señor cruza sigiloso el crepúsculo, elude aquellas escrutadoras miradas y en la oscuridad profunda se pone a salvo de su asedio.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El vuelo clásico


In the Shadow of Saturn (2009)
Cassini Imaging Team, NASA

                Orillas del amor que las frías aguas separaron,
                espejos que se entregaron, con tan ansiado fervor,
                a soñar un día reflejos en aquel tenue verdor.

                Cuanto más profundo el sueño, más oscuro se hizo,
                sin dueño el pálido mundo a lo lejos se desdijo,
                y ya nunca el espacio puro quiso ofrecerle reposo.

                Animado por la corriente, en glorioso vuelo ascendía,
                mas al paso por un cielo silente cautivo aún proseguía
                entre las órbitas tenaces del vértigo más furioso.


jueves, 2 de diciembre de 2010

Cosas que tiene el círculo


Además de mantenernos informados, el tinglado multimedia suele aportar su estrábico punto de vista para generar conocimiento sorpresa. Como medium idoneum para entrar en contacto con el conocimiento hermético destaca entre los demás la hipnótica televisión, que hoy mismo nos ofrecía imágenes de un colosal cilindro de 8 metros de largo, cuya sección circular, de la que se mostraban imágenes evidentes, tenía 6 metros de alto y también 6 de ancho. La vidente de turno, dando cuenta a pie de cilindro, no salía de su asombro y nosotros tampoco. Pero aquí debajo se disipa la confusión.
Teorema circular:  ancho = alto

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Estuve perdido


El fantasma de la transparencia recorre las cancillerías del mundo y una ola de desconfianza se abalanza sobre sus tribunas. La vieja jerga del amago y la amenaza, aquel tupido juego de embustes y empellones, y el nuevo lenguaje académico del chantaje y el acoso, todo lo que ya suponíamos salta ahora a la vista. Esta cruda e higiénica visión me trae a la memoria al venerado Cínico del Gran Poder cuando instruía a la parroquia regalando sus bífidas palabras. «No puede haber confianza entre nosotros» decía el prohombre, «si previamente no hay de tu parte franqueza». Perdido entre el «nosotros», allí estaba yo. Gracias a su desconfianza hoy he recuperado la confianza, porque empiezo a saber lo que él no sabe.