viernes, 7 de enero de 2011

Mínima 31


No siendo perfectos, la verdad apenas nos dignifica, más bien nos ridiculiza.

Líneas de defensa


Diseño de plaza abaluartada
Cuando el pensador áulico en su mansedumbre soberana se confiesa, todo suena a excusa. Sale a primera línea de defensa a adornarse, alegando la necesaria flexibilidad para sus posturas, pero con razones tan fluidas que merecerían ser derivadas al desaguadero. Esa de la flexibilidad junto con otras libertades, muy fáciles de sobrellevar cuando abrigan el lomo, le permiten recular y plantarse cómodamente en una segunda línea defensiva. Así parapetado, no tarda en dar muestras de que excluye cualquier juicio de los hechos que inspiró, con alusiones insistentes a infundios y falsas acusaciones, poniendo siempre lo que pensó, y quizás dijo, por delante de lo que hizo. Al amparo de esa facilidad para la expresión ancha, es normal que el pensador venga a hacerse fuerte y a ganar sitio para su defensa tras la última línea. Desde ella buscará ante todo zafarse de críticas, con astucias dialécticas como tachar de burdos «esos intentos críticos de malentenderme» o de torpes «todas esas comparaciones con autores infames». Pero cuando el público insistente se impone, caen las últimas defensas, llega el cara a cara y los acontecimientos se precipitan. En voz bien alta un lector le llama fatuo a quien se tenía por un espíritu manso, y éste airado le embiste; en el tumulto llaman otros falsario a quien se veía como sublime pensador, y éste espantado lo piensa, y siguiendo en su línea defensiva repiensa que urge abandonar palacio, si nada queda de sus torres y capillas, si nadie acepta por escrito sus disculpas.


jueves, 6 de enero de 2011

Adiós a la magia pagana


Los magos de Oriente con su gorro frigio
Mosaico de S. Apollinare Nuovo (s.VI), Ravenna.
Lo de los tres reyes magos tiene su enjundia. Que fueran tres nadie lo pone en cuestión, sobre todo porque es irrelevante. Que fueran reyes es un modo de elevar al niño a su mismo rango y de sugerir desde su nacimiento su condición de mesías. Sin embargo, que fueran magos es una declaración que tiene múltiples derivaciones. De entrada en otras lenguas, en inglés por ejemplo, se habla de reyes sabios, en una referencia de parecido tono al de los siete sabios griegos. No es exactamente lo mismo magos que sabios. Los magos son en origen los sacerdotes del culto a Zoroastro. Hablamos de la religión de los antiguos persas, una religión no del todo extraña al judaísmo, que al fin y al cabo vivió en cautividad en Babilonia. De ella perviven en el cristianismo, entre otras cosas, la firme contraposición entre el bien y el mal, la creencia en ángeles y demonios como sus agentes, y de un modo más anecdótico algunos aspectos rituales. En su territorio original fue desplazado por el culto solar a Mitra, de gran difusión en todo el oriente del imperio romano, y uno de cuyos atributos sacerdotales sería el gorro frigio que portan los magos en algunas representaciones.

La imagen de estos magos rendidos a los pies de la encarnación del nuevo judaísmo, puede ser percibida como el traspaso de la legitimidad divina. Ahí hace pie la interpretación cristiana, con los reyes ofreciendo simbólicos tributos a Jesús como encarnación del dios superior. Se hace también notar a los más críticos la presencia en esa estampa de los más antiguos creyentes y sabios de Mesopotamia, que acuden, siguiendo sus arcanos astrológicos y el comportamiento de una estrella errática, a ser testigos de un acontecimiento astral, cuyo origen atribuirán a la naturaleza divina de un recién nacido. Sin embargo, y a pesar de las palabras que Mateo pone en sus labios («Hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle»), todo el escenario parece más cercano al relevo de los magos en sus saberes y deberes como mediadores ante el cielo, que a mostrar una adoración propiamente ritual. Aplicándole al episodio un giro premonitorio se puede ver en él a la antigua y desacreditada ciencia de los astros cediendo paso a esos nuevos horizontes de fe. De la escena se podría también colegir la conversión del firmamento estelar en el cielo divino, un cielo sometido al dominio de una estrella y una fe únicas, a esa verdad suprema y absoluta que sobrevuela nuestras miradas inquietas y ahoga nuestras mentes curiosas.


miércoles, 5 de enero de 2011

Guardianes del vacío



Los ritos de paso de las distintas culturas muestran tantas semejanzas que reflejan una estructura casi geométrica y pueden ser vistos como una especie de invariante antropológica. Creo que Lévi-Strauss hubiera suscrito ese credo. Yo, por mi parte, sólo intentaré aquí actualizar las pruebas. Hoy el diseño de las nuevas versiones corre por cuenta de gabinetes de aventados escapistas y videntes proféticos. Aunque su lenguaje rehuye la tradición religiosa no faltan mundos invisibles y paralelos, alzados esta vez sobre un andamiaje hermético, pretencioso y terriblemente pedante en su deseo de lograr efectos poéticos. Con el titulo de «La senda del héroe sublime» la asociación «Acrópolis celestial» describe en tintadas conceptuales muy confusas los pasos de un renacimiento espiritual a todas luces fallido. Veamos:

«En el programa de módico precio se propone como fórmula de convocatoria sinérgica el tratamiento básico de vigorización mental. En él conviene que el obcecado [léase el pagano] fuerce primero una oclusión de las fuerzas negativas y pase a iniciarse con una sesión de navegación sensorial exhaustiva. Para ello deberá regresar a sí mismo hasta conseguir un estado de recogimiento profundo. En ese momento se podrá ya deslizar sin temor alguno por el túnel de los deliciosos tormentos, donde tomará el pulso a la tentación y conciencia plena de su cautividad sensitiva, traspasando así el umbral exigible a un héroe sublime.

Cuando aleje esos caducos afanes corporales creerá ingenuamente que ha logrado despojarse del mundo exotérico en beneficio del esotérico. Pero el nivel de juego propio de un héroe exige algo más, un lento proceso de activación agonal encaminado a adquirir aquellas destrezas indispensables para competir con uno mismo y para modular a fondo el sufrimiento.
El salto a la heroicidad llegará al final de ese proceso, una vez que el obcecado haya madurado su conciencia cósmica tras ese período oscuro de absorción de la carga vitalizante. Sabrá que está a punto de llegar su despertar y dispuesto para el salto cuando le sobrevenga un gran temor y comience a sentirse internamente sobrecogido. Entonces con la fuerza del tormentoso trueno le sacudirá de repente una gran explosión emocional y al instante verá sus sentidos abrirse a la nueva y más perspicua sensibilidad.

De nuevo solo y frente a sí mismo, irá reconociendo y verá confirmados de uno en uno sus nuevos y heroicos poderes. Ese encuentro con el cuerpo elíptico lo arrastrará definitivamente fuera del espacio tridimensional hasta sumergirlo en una suerte de inducción extática. Ahí tendrá la sensación de que todo lo sucedido en el transcurso anterior le resulta críptico, de que todo ese devenir hacia las luces se resume en un intrincado criptograma. Lo sucedido, sin embargo, es típico de la elevación energética recién alcanzada, de la metamorfosis de aquel obcecado humano, poseído por un espíritu novicio y finalmente transmutado en héroe cósmico, en agente de lo sublime y en esforzado guardián del vacío.»

Hasta aquí la fórmula para acceder a la Acrópolis Celestial en calidad de guardián del vacío. No es probable que Lévi-Strauss hubiera validado esta abstrusa ceremonia como rito de paso, traslado o emancipación a ningún grado, estado o especie en ningún clan, tribu o nación de las hoy aún conocidas. Pero tampoco creo que sintiera ver conculcada en lo fundamental su estructura, pese a que aquí ya sólo la cubre una faraónica mortaja lingüística.


martes, 4 de enero de 2011

Esfuerzo y respeto


Pasó con el rock y también con otros géneros de música  que hoy copan los medios de difusión audiovisual. La década de los 60 fue sin duda un período de eclosión de nuevas ideas y de afortunada revitalización de tradiciones anteriores, pero lamentablemente a ella no sobrevivieron los más sensibles ni los mejor dotados, y puede  incluso que el espíritu de aquella época se vaya con ellos. Por supuesto que oímos todavía a Bob Dylan y que le damos continuidad en Bruce Springsteen, y azuzados por los medios lo hacemos además en comunión, con gran arrobo y hasta con boba unción. Pero ¿quién se acuerda hoy de Gordon Lightfoot?

Ilustración al pastel de Ian Wallace para el libro
Gordon Lightfoot: Canadian Railroad Trilogy: Children's Book (2010)
También yo lo había olvidado, hasta que a final de año apareció un libro que rememoraba una de sus grandes canciones. Por lo que leo, Canadian Railroad Trilogy tiene para muchos canadienses algo de cantar de gesta. A falta de héroes visibles, el cantar rompe con el esquema de las epopeyas antiguas. Hay también otros detalles que suplen con mérito similar aquellas grandezas, a veces algo huecas. Aquí el territorio parece vertebrarse en torno al ferrocarril y a través de ese proyecto cobra vida el trabajo, la solidaridad y el entendimiento de las gentes que llegadas de medio mundo habitan en su estela.

Trabajadores chinos abriendo camino al Canadian Pacific
Railway
por las montañas hacia British Columbia, Ernest Brown (1881)
Al hablar de trabajo solidario, al hablar de territorio fecundado, no se oculta que hubo explotación y saqueo, se pretende hablar de la peripecia y del esfuerzo personal allá donde hubo respeto. Entender esto es hoy necesario: esfuerzo y respeto. Esfuerzo por respetar y respeto por el esfuerzo. La canción habla de esto y por eso tiene para la gente de hoy un desafiante aire de gesta. Aquí el lightfoot que la interpreta no es Aquiles sino Gordon. Mejor que así sea. Aquiles nunca le hubiera dado al cantar ese aire de cuento con el que empieza:

There was a time in this fair land when the railroad did not run
when the wild majestic mountains stood alone against the sun



Canadian Railroad Trilogy, Gordon Lightfoot
Del album The Way I Feel, 1967.


lunes, 3 de enero de 2011

Nota del administrador


Después de un año de perseverante cita con el Almanaque de breves, el amigo AMM renuncia a su puesto que pasa a manos de un nuevo y prometedor redactor, cuya firma aparece en el perfil lateral desde comienzos de año. Se trata de un muchacho al que últimamente le venía siguiendo de cerca y del que me han llegado además los mejores informes. Aunque un poco errático y caprichoso en su temática, consigue hacer la faena sin demasiado ruido. «¿Tiene gancho?» me preguntan los incondicionales. Hombre, si gancho son lectores, no traerá muchos. Pero ya les digo, que al menos es de escritura aseada. A mí me basta con ver las inquietudes literarias que el chico tiene y las ganas con que busca hacerse un futuro en esto.

Como es natural lo primero que hice fue ponerle al tanto del código de funcionamiento de este almanaque. Tiré de cartilla y le hice el obligado comentario acerca de la alta responsabilidad a la que había elegido enfrentarse. Ahí ya empezó a dar alguna muestra de extrañeza y al detallarle los deberes lo vi sorprendido y hasta algo humillado. Acabé la plática en tono de excusa con un «creí que era necesario, y desde luego te será útil». Me miró entonces condescendiente, pero añadió con sorna: «No creo que se me haga raro. Conozco bien a AMM y el almanaque lo tengo visto desde el primer día». La respuesta me dejó escamado. No me gustaron nada, como administrador, esos modos de petulante sabelotodo, así que me pareció oportuno bajarle un poco los humos y recordarle que de momento escribe como meritorio.


Pueblos irredentos


Los tímidos albergan de siempre una identidad emergente y bastante intransigente, como hijos de una gran nación empeñada en su definitiva pero ilusoria emancipación.

domingo, 2 de enero de 2011

Del júbilo bien compuesto


No hablemos aún de muerte sino de retirada, ni de nuestra época sino de nuestra generación, y, apelando a la actualidad, hablemos de dignidad en vez de recuerdo, porque la muerte de nuestra época quizá merezca ser recordada, aunque está por ver si da para tanto, pero más probable parece que el futuro vaya enterrando a nuestra generación sin demasiada estridencia y en lo inmediato parece seguro que su retirada de la escena pública, con sus estirados privilegios y sus amargas hipotecas, no tendrá nada de digna ni de discreta ni de generosa, ni tampoco de memorable.

Gestos de la mano


Caligrafía de Hassan Massoudy
Decir que el pudiente e industrioso Occidente ha perdido en cierta medida tacto, sensibilidad y destreza en sus manos, a cuenta de las apremiantes y aburridas obligaciones que les impone, es una afirmación tan general que reclamaría algún tipo de encuesta o examen. No obstante, hay algo fácil de observar: los que llegan de otras latitudes siempre nos enseñan en este dominio. Al no haber mayor interés en aprender, nuestra relación con ellos, fuera de lo estrictamente laboral, suele iniciarse con una reacción de suficiencia: me viene éste a enseñar lo que por aquí hacíamos hace 5, 10 o 30 años y en lo que ya nadie se molesta. Si la relación sobrevive a ese gesto y la curiosidad nos lleva a volver la vista, puede tenerse por seguro que dará juego. Muchas serán las novedades llegadas a través de conocimientos, costumbres, platos o vestimentas, pero pasarán como una moda. Las que de verdad importan nos revelarán una forma nueva de sentir y puede que cambien el modo en que vemos las cosas.

Mira uno hacia Oriente, a través de sus esforzados peregrinos, y puede redescubrir la escritura como un arte. Un arte que nunca nos parece nuevo sino olvidado, un modo de hacer creativo que rompe el rígido y amanerado protocolo caligráfico occidental. Hablo de lo que se logra a mano, no de la constelación de tipografías creadas para el ordenador. Y hablo de lo manual porque ahí se descubre el nervio y la finura de un estilo, algo imposible de entrever en un abecedario de diseño. Entre nosotros la perpetuación de un estilo de escribir propio pronto se dará por perdida. No deja de ser una cruel ironía que afinemos en nuestra identidad y creamos avanzar en nuestras metas personales, mientras dejamos atrás provincias enteras sin explorar. Sin tanta comezón tecnológica, otros se valen de la pluma, el cálamo y el pincel para dar a la palabra nueva expresión y profundidad. Antes completábamos ese truco acompañando las palabras con cadencias musicales. Hoy carecemos de cultura caligráfica y apenas escuchamos música en lo que decimos. Nos limitamos a ganar significados a fuerza de perífrasis y circunloquios, o intentando competir con las imágenes directas.
Caligrafía de Hassan Massoudy
Pero las palabras también tienen su propia imagen, siempre claro que se intente. He aquí el intento emprendido por el iraquí Hassan Massoudy, en el que las formas caligráficas parecen haber alcanzado nuevas cotas. Sin renunciar a la tradición abstracta islámica, sus caligrafías caminan hacia un grafismo más plástico y abierto. Subsisten en ellas algunos fundamentos clásicos: La unidad de trazo que les da vigor, un uso estricto del color que impone sus códigos y ese esfuerzo formal encaminado a darle rango ritual y proyección moral a la palabra escrita. El punto de partida son sentencias, proverbios y apotegmas de distintas épocas, pero el punto de llegada queda plasmado en una creación visual que al occidental le resulta insólita, y quizá por eso generalmente seductora.


sábado, 1 de enero de 2011

Divisoria de años



Aprovechamos el paso por la divisoria entre años para mirar con curiosidad el futuro que nos espera al otro lado, como cuando culminamos la cresta de una montaña. Justo a nuestros pies reconocemos allanados los meses venideros, prontos a ser recorridos con todos sus retos y compromisos. Un poco más allá de esa agenda inmediata, adivinamos el porvenir ya difuso, vagamente esbozado entre claroscuros. Hay casos en que el contorno que dibujan las sombras es lo bastante preciso como para imaginar la magnitud del obstáculo, pero en la mayoría sólo se vislumbra una grisácea amalgama de naturaleza confusa e imprevisible.

De ese panorama sobre el tiempo venidero se puede decir, con mayor razón aún que para los que se divisan desde un alto, que se abre a una geografía inquietante, no sólo porque alterna lo confuso con lo impenetrable, sino porque nos invade el temor a no saber responder en ese terreno a las inesperadas dificultades y cargas que se avecinan y porque al mirar hacia sus confines presentimos a los escondidos testigos de nuestro futuro, que desde allí nos escrutan con detalle y esperan nuestra llegada para salirnos al paso y forzar, quién sabe en qué sentido, el curso que desde esta divisoria creímos adivinar para nuestros días.