Fue hace algunos años. Escribí un libro con el que pretendía dar sentido y concreción, al menos durante algún tiempo, a cuestiones que venía estudiando desde hacía mucho y que me sentía libre de afrontar en probable perjuicio de otras más regulares y reconocidas, toda vez que de éstas apenas llegaba a obtener ni satisfacción ni reconocimiento alguno, más bien lo contrario. El proyecto se convirtió en urgente necesidad, en terapia de choque, a fin de aliviar el daño que, tras esa elección, me dejó una odiosa y gratuita humillación pública. Fue costoso, pero empeñado en sacar la cabeza, en salir a flote, conseguí mantener el impulso hasta el final. El libro tuvo escasa distribución y alguna crítica sangrante. Aún así pude escribir en primera página del volumen editado, en la dedicatoria a un amigo, algo así como «Ya ves, las heridas que nunca sanan pueden ser milagrosas». Creo ahora que esa conclusión, por poco que valiera y valga como sentencia, resumía mejor que las quinientas páginas el valor de aquel libro.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Libros y heridas
Fue hace algunos años. Escribí un libro con el que pretendía dar sentido y concreción, al menos durante algún tiempo, a cuestiones que venía estudiando desde hacía mucho y que me sentía libre de afrontar en probable perjuicio de otras más regulares y reconocidas, toda vez que de éstas apenas llegaba a obtener ni satisfacción ni reconocimiento alguno, más bien lo contrario. El proyecto se convirtió en urgente necesidad, en terapia de choque, a fin de aliviar el daño que, tras esa elección, me dejó una odiosa y gratuita humillación pública. Fue costoso, pero empeñado en sacar la cabeza, en salir a flote, conseguí mantener el impulso hasta el final. El libro tuvo escasa distribución y alguna crítica sangrante. Aún así pude escribir en primera página del volumen editado, en la dedicatoria a un amigo, algo así como «Ya ves, las heridas que nunca sanan pueden ser milagrosas». Creo ahora que esa conclusión, por poco que valiera y valga como sentencia, resumía mejor que las quinientas páginas el valor de aquel libro.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Galarraga, el médico
En su consulta recibe Benito Galarraga, doctor en Medicina y Cirugía, a su viejo amigo Remigio al que acompaña Fermín, un primo del pueblo aquejado de un extraño y persistente dolor, más que nada para sobrellevar con él el penoso trance médico, ayudarle a hacerse entender y de paso saludar a Beni. Con voz débil y entrecortada cuenta que el mal se le presenta «como una sombra aquí delante, en la caja, como a media altura». Mientras el doctor se prepara para explorar al balbuceante paciente, Remigio se coloca detrás de su primo para ir insuflándole ánimos. De los consejos pasa a calentarle la oreja con encendidos elogios y exageradas alabanzas sobre las muchas y reconocidas dotes y buen hacer de Galarraga, que enfrente resopla molesto a medida que se va poniendo los guantes. En esto entra la enfermera empujando un carrito con un descomunal artefacto del que cuelgan tubos de goma y unos cables. Palidece repentinamente Fermín, da un respingo y retrocede.
—No temas— le serena Remigio, —aquí todo te va a ir como si estuvieras en manos de los ángeles custodios.
Al oírle Galarraga, ya pronto a poner la mano en el paciente, se detiene y se dirige serio hacia Remigio:
—Creo que ya puedes irte tranquilo y cederme su custodia. Pero en lo que haga, bien o mal, respondo sólo de mí, no de esos méritos, que son muy pesadas esas alas que me pones.
Tras despedirse de Remigio como quien emprende un viaje incierto, Fermín se extiende como un cordero sobre la camilla y cierra los ojos. Al momento siente una ráfaga, parece el vuelo inconfundible de San Miguel arcángel, y nota que son sus manos diestras y angelicales las que le palpan y exploran.
martes, 28 de septiembre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
Poesía china
| Carácter Han para poesía |
A la vista de todo esto, mirando a su raíz etimológica o ideográfica, la palabra china para poema parece tener su origen remoto en las expresiones proferidas con alguna intención mágica o ritual, o en un marco propicio para ello. Entregarse a partir de aquí a conjeturas y buscar alegremente posibles equivalentes occidentales en palabras como oración, plegaria o conjuro sería con toda seguridad un ejercicio arbitrario. No obstante, resulta intrigante que en sus inicios a la expresión poética china -por lo que sabemos no muy alejada de la oda épica-se le confiera ese carácter ritual e invocador que ha quedado transcrito en el ideograma.
Esta concepción se aleja bastante de la que rige tras nuestra palabra poema, o mejor tras poesía y su raíz etimológica. Sabemos que esta última palabra tiene su origen en la griega ποίησις (poiesis) y que para la sabia Diotima, que habla por boca de Sócrates en el Banquete platónico, la palabra tenía algo de múltiple, al poder ser vista con un prisma natural, social o formal, aunque siempre bajo la inspiración del principio de creación. Ya sea con la asistencia de un engendrador o con la de un artífice, lo que cuenta en la ποίητiκή (poietika) es el acto creador. Eso es lo que se nos ha transmitido con la palabra, algo cercano a la fabricación y a la generación a partir de la nada. Gracias a la herencia griega lo que se define mediante la palabra poética tiene más de acto libre y gratuito de creación expresiva que de testimonio o motivo de celebración ritual.
Nota: Los caracteres o hanji aludidos en el primer párrafo son los que se muestran numerados en la tabla. Para verlos directamente hay que habilitar antes el ordenador para la visualización de los idiomas orientales, en este caso el chino simplificado.
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domingo, 26 de septiembre de 2010
La mano de barniz
—Pero, ¿de quién coño habla este hombre?
—Se supone que de sí mismo.
—Si no para de decir « nos pareció...» y «vimos...».
—Pero a él parece que contarlo así le gusta.
—Sí claro, mientras a los demás nos despista.
—«Mi testimonio sincero y directo» pone aquí.
—Testigo será, pero no hay quien le siga el rastro.
—Bueno, es que a todo le pasa una manita de barniz.
—¿Y no sería mejor que se retratara con su «yo»?
—Lo que pasa es que hay gente que así no se ve favorecida.
—Pues que no escriba memorias, que empiezo a estar harto.
—Sí, ya te veo desde hace días, bien pegado al libro.
—Sí, metido en la pelea con el pegajoso barniz.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Fotogenia
Los fotógrafos advierten de que una pose farruca puede perjudicar seriamente tu saludable imagen a perpetuidad. Pero hay también otras recomendaciones que nadie da y que pueden afectar severamente a tu anhelada proyección de futuro. Ante las cámaras conviene que te quedes con estas dos: La primera, no te busques y evítate sobre todo en falsa armonía; y la segunda, no te ilusiones imaginando ojos cómplices detrás del visor. Por decirlo brevemente, hay gente que en la foto no sale de sí y otros que apenas saben entrar en sí. Cuento entre los primeros, por ejemplo, a aquellos espíritus envarados cuyas rectas convicciones sólo les dan para un gesto, firme por supuesto. Entre los segundos el resultado es más variado y divertido, aunque también los hay patéticos. Sin ir más lejos, el artista que cubre risueño su lujoso diván poniendo cara de exquisito perdedor o la actriz que, aun descabezada, empeña su palmito para ganarse una vida de pantalla.
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viernes, 24 de septiembre de 2010
En pasando las furias
| Cartel de Le testement d'Orphée Película de Jean Cocteau (1960) |
Danza degli spiriti beati.
Orfeo ed Euridice (1762), C. W. Gluck.
Versión piano, W. Kempff. Deutsche Grammophon, 1976.
jueves, 23 de septiembre de 2010
La mina de Irazabaleta
| Balsa de Iratzetako Larre (Mezkiritz) |
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Irse de oído
Antes de quedarnos sordos oímos los astros del cielo, como campanas lejanas. Confundidos en ese revuelo los imaginamos pájaros zambulléndose entre cristales. Surgen entonces gemidos que se lleva el murmullo, como en el cuento del amante viajero, mecido por dulce tormento. De repente un trueno ahoga los cantos y nos remueve un tumulto de vísceras. Se oyen unas tripas estridentes, con sus risas, aire chirriando furioso en los pulmones y un terco latido de fondo. Luego la tierra reclama silencio, y el cuerpo acallado le sigue obediente, confiado solamente al eco de su propia voz.
martes, 21 de septiembre de 2010
Géneros caducos
| Busto de Fontenelle por E.Lemoyne |
Un primer ejemplo de estos asomos del oficiante podría ser el de Jacques Ozanam, a quien en el trance de buscar esposa, le regala Fontenelle la siguiente entrada: «Era joven, bastante bien formado, bastante alegre, y aunque matemático, le vinieron a buscar aventuras de galanteo». Caso distinto es el de Isaac Newton. En la larga y monocorde exposición que le dedica, apenas hay ocasión entre tanto logro para el sobresalto, salvo en el avieso párrafo final, con el que se apostilla que «deja en bienes muebles alrededor de 32.000 libras esterlinas», y aún añade «setecientas mil libras de nuestra moneda». Con Alexis Littre, acaso por ser médico, adopta tintes sombríos la descripción de su declive senil. Pretendiendo elogiar su fidelidad a la Academia, lo muestra apagado, ido, aunque asiduo a su sillón en todas las sesiones. Tan silencioso lo presenta, que lo convierte en acusmático al decir «parecía un discípulo de Pitágoras».
Tampoco es extraño que estos elogios hayan merecido elogios. El carácter distante del autor, su tono comedido, su aseada presentación convierten estas semblanzas en inofensivos juicios finales y a Fontenelle en un amable Caronte. Para otros, sin embargo, las mortajas que maneja son de tan escasa vivacidad que empiezan a ser hediondas apenas colocadas. Como sin brillo es difícil soportar este género funerario, los académicos han reconvertido al elogiador nombrándolo adelantado promotor de la historia de las ciencias.
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