jueves, 30 de septiembre de 2010

Libros y heridas


Fue hace algunos años. Escribí un libro con el que pretendía dar sentido y concreción, al menos durante algún tiempo, a cuestiones que venía estudiando desde hacía mucho y que me sentía libre de afrontar en probable perjuicio de otras más regulares y reconocidas, toda vez que de éstas apenas llegaba a obtener ni satisfacción ni reconocimiento alguno, más bien lo contrario. El proyecto se convirtió en urgente necesidad, en terapia de choque, a fin de aliviar el daño que, tras esa elección, me dejó una odiosa y gratuita humillación pública. Fue costoso, pero empeñado en sacar la cabeza, en salir a flote, conseguí mantener el impulso hasta el final. El libro tuvo escasa distribución y alguna crítica sangrante. Aún así pude escribir en primera página del volumen editado, en la dedicatoria a un amigo, algo así como «Ya ves, las heridas que nunca sanan pueden ser milagrosas». Creo ahora que esa conclusión, por poco que valiera y valga como sentencia, resumía mejor que las quinientas páginas el valor de aquel libro.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Galarraga, el médico



En su consulta recibe Benito Galarraga, doctor en Medicina y Cirugía, a su viejo amigo Remigio al que acompaña Fermín, un primo del pueblo aquejado de un extraño y persistente dolor, más que nada para sobrellevar con él el penoso trance médico, ayudarle a hacerse entender y de paso saludar a Beni. Con voz débil y entrecortada cuenta que el mal se le presenta «como una sombra aquí delante, en la caja, como a media altura». Mientras el doctor se prepara para explorar al balbuceante paciente, Remigio se coloca detrás de su primo para ir insuflándole ánimos. De los consejos pasa a calentarle la oreja con encendidos elogios y exageradas alabanzas sobre las muchas y reconocidas dotes y buen hacer de Galarraga, que enfrente resopla molesto a medida que se va poniendo los guantes. En esto entra la enfermera empujando un carrito con un descomunal artefacto del que cuelgan tubos de goma y unos cables. Palidece repentinamente Fermín, da un respingo y retrocede.
—No temas— le serena Remigio, —aquí todo te va a ir como si estuvieras en manos de los ángeles custodios.
Al oírle Galarraga, ya pronto a poner la mano en el paciente, se detiene y se dirige serio hacia Remigio:
—Creo que ya puedes irte tranquilo y cederme su custodia. Pero en lo que haga, bien o mal, respondo sólo de mí, no de esos méritos, que son muy pesadas esas alas que me pones.
Tras despedirse de Remigio como quien emprende un viaje incierto, Fermín se extiende como un cordero sobre la camilla y cierra los ojos. Al momento siente una ráfaga, parece el vuelo inconfundible de San Miguel arcángel, y nota que son sus manos diestras y angelicales las que le palpan y exploran.


martes, 28 de septiembre de 2010

Mínima 23


Corren tiempos en que somos muchos y si no le faltas a nadie, lo más seguro es que sobres.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Poesía china


Carácter Han para poesía
Si he entendido bien a mi profesor de chino Wang Jian, el carácter chino 讠 (1) colocado a la izquierda de otros constituye un radical, que deriva del carácter 言 (2) y lo simplifica. Este último refleja pictográficamente a una palabra saliendo de la boca, que está ahí representada con 口 (3). El significado de讠(1) vendría a ser entonces tanto palabra hablada como hablar. Dicho radical puede ir acompañado del carácter 寺 (4), cuyo origen y significado son bien distintos. En el carácter 寺 (4) destaca como componente inferior 寸 (5), que representaría una mano en actitud de ofrenda, por lo que el primero toma el significado de templo o monasterio. Al combinar los dos caracteres, 讠 (1) y 寺 (4), se obtiene el carácter 诗 (6), con el cual se expresan habitualmente nuestras palabras poesía y poema.
A la vista de todo esto, mirando a su raíz etimológica o ideográfica, la palabra china para poema parece tener su origen remoto en las expresiones proferidas con alguna intención mágica o ritual, o en un marco propicio para ello. Entregarse a partir de aquí a conjeturas y buscar alegremente posibles equivalentes occidentales en palabras como oración, plegaria o conjuro sería con toda seguridad un ejercicio arbitrario. No obstante, resulta intrigante que en sus inicios a la expresión poética china -por lo que sabemos no muy alejada de la oda épica-se le confiera ese carácter ritual e invocador que ha quedado transcrito en el ideograma.

Esta concepción se aleja bastante de la que rige tras nuestra palabra poema, o mejor tras poesía y su raíz etimológica. Sabemos que esta última palabra tiene su origen en la griega ποίησις (poiesis) y que para la sabia Diotima, que habla por boca de Sócrates en el Banquete platónico, la palabra tenía algo de múltiple, al poder ser vista con un prisma natural, social o formal, aunque siempre bajo la inspiración del principio de creación. Ya sea con la asistencia de un engendrador o con la de un artífice, lo que cuenta en la ποίητiκή (poietika) es el acto creador. Eso es lo que se nos ha transmitido con la palabra, algo cercano a la fabricación y a la generación a partir de la nada. Gracias a la herencia griega lo que se define mediante la palabra poética tiene más de acto libre y gratuito de creación expresiva que de testimonio o motivo de celebración ritual.


Nota: Los caracteres o hanji aludidos en el primer párrafo son los que se muestran numerados en la tabla. Para verlos directamente hay que habilitar antes el ordenador para la visualización de los idiomas orientales, en este caso el chino simplificado.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La mano de barniz


—Pero, ¿de quién coño habla este hombre?
—Se supone que de sí mismo.
—Si no para de decir « nos pareció...» y «vimos...».
—Pero a él parece que contarlo así le gusta.
—Sí claro, mientras a los demás nos despista.
—«Mi testimonio sincero y directo» pone aquí.
—Testigo será, pero no hay quien le siga el rastro.
—Bueno, es que a todo le pasa una manita de barniz.
—¿Y no sería mejor que se retratara con su «yo»?
—Lo que pasa es que hay gente que así no se ve favorecida.
—Pues que no escriba memorias, que empiezo a estar harto.
—Sí, ya te veo desde hace días, bien pegado al libro.
—Sí, metido en la pelea con el pegajoso barniz.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Fotogenia


Los fotógrafos advierten de que una pose farruca puede perjudicar seriamente tu saludable imagen a perpetuidad. Pero hay también otras recomendaciones que nadie da y que pueden afectar severamente a tu anhelada proyección de futuro. Ante las cámaras conviene que te quedes con estas dos: La primera, no te busques y evítate sobre todo en falsa armonía; y la segunda, no te ilusiones imaginando ojos cómplices detrás del visor. Por decirlo brevemente, hay gente que en la foto no sale de sí y otros que apenas saben entrar en sí. Cuento entre los primeros, por ejemplo, a aquellos espíritus envarados cuyas rectas convicciones sólo les dan para un gesto, firme por supuesto. Entre los segundos el resultado es más variado y divertido, aunque también los hay patéticos. Sin ir más lejos, el artista que cubre risueño su lujoso diván poniendo cara de exquisito perdedor o la actriz que, aun descabezada, empeña su palmito para ganarse una vida de pantalla.

viernes, 24 de septiembre de 2010

En pasando las furias


Cartel de Le testement d'Orphée
Película de Jean Cocteau (1960)

No quisiera ofender, pero me he sentido bastante ofendido leyendo las innumerables torpezas que ilustran el repertorio con el que se promocionan los músicoterapeutas. Componen su catálogo de primeros auxilios una serie de cortes o extractos musicales a los que, podados de la obra original con intención de brevedad, se atribuyen asombrosas facultades sanadoras. Ya sabemos que hay situaciones en que es muy útil remover y estimular la capacidad del individuo para reconocer y propiciar su propio empuje. La música actúa en esos casos como una sólida palanca que ayuda a levantar el ánimo, o también a hundirlo. Llevar estos vagos principios generales a propósitos clínicos me parece complicado, pedir honorarios por ello lo veo más propio de rufianes. Pero siempre quedan las indicaciones bienintencionadas, esas que por escrito hacen doctrina. En una de esas estaciones de apoyo para espíritus afligidos, veo melodías indicadas para males tan diversos como la anorexia o el insomnio, por haber las hay hasta para la epilepsia. Pasado mi enojo, voy a contribuir a esos benignos propósitos, poniendo aquí al alcance de todos noticia de algo que, según dicen, es mano de santo para los pacientes de alcoholismo y de asma (sic). Se trata de un pasaje del segundo acto de la ópera Orfeo ed Euridice, en el que tras encandilar Orfeo a las furias alcanza los campos elíseos. Todo muy bien traído, y mejor si uno se aplica al oído una buena interpretación de la partitura de Gluck. Aún quedará la melodía más al desnudo —lo que quizá mejore incluso sus virtudes terapéuticas— si se elige la pulcra transcripción al piano que de ella hizo Wilhelm Kempff.


Danza degli spiriti beati.
Orfeo ed Euridice (1762), C. W. Gluck.
Versión piano, W. Kempff. Deutsche Grammophon, 1976.


jueves, 23 de septiembre de 2010

La mina de Irazabaleta


Balsa de Iratzetako Larre (Mezkiritz)
Cuando dejes atrás el último caserón de Mezkiritz, debes de atacar con ímpetu la empinada cuesta. El camino va haciendo quiebros entre el follaje hasta que al rato alcanza una pista que circunda como palco de preferencia el amplio fondo del valle. Por allí podrás transitar a pie llano, mientras contemplas un poco más abajo perezoso y recostado todo su caserío. Te intrigarán los pasos que al otro lado se internan en la espesura. Si aciertas con el desvío, te llevará por un bosque prieto hasta una encrucijada despejada, que llaman Iratzetako Larre. El helechal que le daba nombre ha quedado confinado al borde del bosque. Probablemente en otro tiempo el camino llegó hasta la cercana mina de cobre. Lo que ahora queda a la vista desde el punto en que se pierden las huellas es un paisaje algo desfigurado. Debajo de la cumbre, donde se detienen las hayas, una enorme trinchera cubierta por el brezo cruza la ladera desarbolada, que se ve invadida por los helechos. No me atrevería a comprobar si allí, escondida en el fondo de esa brecha, nos espera impaciente una boca de entrada. Si es verdad, como dicen, que esa puerta conduce a las entrañas del monte, al refugio de esos genios fabulosos, que celosos y protectores asaltan al paseante ingenuo, prefiero no saberlo. Hay rastro de escoria que parece haber quedado oculta en una zona aledaña, metida ya en el arbolado, donde el suelo se vuelve más oscuro y con corros muy negros. Quizá la pequeña balsa, a campo abierto junto al camino, sirviera en su día de lavadero. Aunque el claro de alrededor es extenso parece desangelado y solitario, como un verde pozo hundido entre las cumbres. A poca distancia del estanque y la encrucijada se elevan dos pronunciadas vertientes, una herbosa y otra boscosa, y por los extremos contrarios el terreno se desliza a profundas hondonadas, que a la vista se antojan inexpugnables, dominadas por densa maleza y de la que emergen unas rocas grises que dan al paraje un aire de profunda ruina. En medio de todo ello queda lo que fue en su día como un gran patio, un lugar por el que rondarían los carros con sus bueyes, acarreando picos y barrenas, poleas y caballetes. Algún techado habría también para guarecerse y debajo múltiples voces, unas destempladas alzándose a gritos y otras departiendo en alegre compañía. Sólo los pájaros siguen fieles, cantando lo que otros cantaron, trinos viejos, anuncios de tormenta y cantos de alborada. Los demás hace tiempo que se fueron.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Irse de oído


Antes de quedarnos sordos oímos los astros del cielo, como campanas lejanas. Confundidos en ese revuelo los imaginamos pájaros zambulléndose entre cristales. Surgen entonces gemidos que se lleva el murmullo, como en el cuento del amante viajero, mecido por dulce tormento. De repente un trueno ahoga los cantos y nos remueve un tumulto de vísceras. Se oyen unas tripas estridentes, con sus risas, aire chirriando furioso en los pulmones y un terco latido de fondo. Luego la tierra reclama silencio, y el cuerpo acallado le sigue obediente, confiado solamente al eco de su propia voz.

martes, 21 de septiembre de 2010

Géneros caducos


Busto de Fontenelle
por E.Lemoyne
Como secretario perpetuo de la Académie des sciences desde 1697 hasta 1740, Bernard Le Bovier de Fontenelle tuvo ocasión de escribir hasta 69 elogios fúnebres de personajes bastante diversos ligados a la institución, que hoy se presentan reunidos en un volumen de sus obras completas. Repasando la nómina, aparecen en ella matemáticos como Ozanam, Newton y Leibniz, filósofos como Malebranche, médicos como Littre e incluso el Zar de Rusia, Pedro I, en calidad de académico. Como es natural después de haber hecho oficio en ese género no faltan frases de compostura que el muerto haría bien en agradecer muy sinceramente. Si bien junto a esas, atentan otras a su buena memoria sin malicia alguna, lo que resulta aún más perverso. Al final esos dislates tienen la virtud de retratar al redactor sobre ese fondo gris que marca el tono general de sus elogios.

Un primer ejemplo de estos asomos del oficiante podría ser el de Jacques Ozanam, a quien en el trance de buscar esposa, le regala Fontenelle la siguiente entrada: «Era joven, bastante bien formado, bastante alegre, y aunque matemático, le vinieron a buscar aventuras de galanteo». Caso distinto es el de Isaac Newton. En la larga y monocorde exposición que le dedica, apenas hay ocasión entre tanto logro para el sobresalto, salvo en el avieso párrafo final, con el que se apostilla que «deja en bienes muebles alrededor de 32.000 libras esterlinas», y aún añade «setecientas mil libras de nuestra moneda». Con Alexis Littre, acaso por ser médico, adopta tintes sombríos la descripción de su declive senil. Pretendiendo elogiar su fidelidad a la Academia, lo muestra apagado, ido, aunque asiduo a su sillón en todas las sesiones. Tan silencioso lo presenta, que lo convierte en acusmático al decir «parecía un discípulo de Pitágoras».

Tampoco es extraño que estos elogios hayan merecido elogios. El carácter distante del autor, su tono comedido, su aseada presentación convierten estas semblanzas en inofensivos juicios finales y a Fontenelle en un amable Caronte. Para otros, sin embargo, las mortajas que maneja son de tan escasa vivacidad que empiezan a ser hediondas apenas colocadas. Como sin brillo es difícil soportar este género funerario, los académicos han reconvertido al elogiador nombrándolo adelantado promotor de la historia de las ciencias.