martes, 7 de septiembre de 2010

I was there


Festival Woodstock (1969)
Durante el verano nos han venido colando imágenes con muchedumbres presas de euforia, inmersas en fervores de estreno. En realidad es la edad de los implicados lo único que aporta algo de frescura a un ritual que generación a generación se repite sin demasiados cambios sensibles. En conciertos de rock, que es el caso más común, todos asemejan versiones provincianas de aquel mítico Woodstock del 69. Acudir a ellos no pasa de ser un moderno rito de paso para jóvenes crecidos en un jardín de normas fijas y con ganas de alcanzar su punto de arrebato. Las cámaras con sus reporteros deambulan por los agostados prados, complacidas ante la variada galería de entusiasmos y entusiastas, en los que se adivina una suerte de felicidad tan abstracta y perimétrica, que les obliga a vagar de un lado a otro buscando sexo de fortuna o un paraíso en renta. A veces en ese rastreo la cámara se detiene inopinadamente frente a un sujeto anónimo, con pinta de haber sido atrapado, al que se enfoca y se lanza sin compasión a antena mientras es sometido al rigor del cuestionario. Aunque no escuchamos la pregunta ni suele darse a conocer, ardua debe ser al mostrarnos al interpelado llevándose la mano al mentón y quedándose por un momento en suspenso antes de contarnos con entrecortada voz:

---Te digo la verdad. Ahora mismo no somos capaces de asimilar todo esto. Habrá que esperar unos años para llegar a enterarnos, pero enterarnos de verdad. Igual el día que tengamos nietos, les diremos `mira, pues yo estuve ahí'. Y entonces será cuando realmente disfrutaremos.

A mí todo esto de los nietos y de contar cómo de joven nos metimos a celebrar el éxtasis con otros cien mil y del que salimos entonces con el encargo de contarlo ya siendo abuelos para acabar sintiendo de verdad algo, es una fórmula de aplazamiento del pago emocional que no veo del todo clara. Algunos de nosotros este tipo de pagos ya sólo los admitimos al contado. Por otro lado, no veo que participar en acalorados momentos de gloria colectiva, a la espera de vernos providencialmente salpicados por ella, pueda concedernos algún título especial. Sin embargo declaraciones como las del anónimo nos indican hasta qué punto estamos equivocados. Tras su paso por esos festejos algunos cargan con sus encendidas emociones como si fueran una reliquia o un tesoro emocional. Con él dentro, tan sólo necesitarán recitar como una letanía variantes del `yo estuve allí' para conseguir que se ensanche su trivial, pequeño y anodino mundo cotidiano. He ahí lo más fascinante de coleccionar estos cuños festivos, que actúan como salvoconductos en el tiempo y tan pronto nos llevan al pasado como al futuro para desmentir nuestra pesadumbre y aletear gozosos frente a los incrédulos porque un día llegamos a ser felices. En esto también la literatura cinematográfica ha hecho su efecto. Para dar a estas confesiones su matiz escénico son muchos los que se contemplan en la imagen doliente del replicante de Blade Runner cuando en su último trance testamentario recuerda lo de «Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos `c' brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. ¡Es hora de morir!».



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